Cuarenta años no es nada

“¡25 años! ¡Twenty five years!

Pero sí, señores y señoras, amigos todos, lo hemos conseguido. Ha transcurrido un cuarto de siglo desde que comenzamos con la primera cena. Uno más desde que entramos la mayoría al insti. Y es que aquel sacrosanto edificio ha supuesto mucho para todos nosotros. Dejemos aparte los derroteros profesionales por los que, a partir de entonces, nos dirigimos cada uno. La mejor aportación que nos ha dado el INB Canciller Ayala ha sido, sin duda, la amistad que aún hoy, 25 años después, seguimos conservando. Una amistad que se cimentó en aquellos cuatro años, del 75 al 79 y que después, año tras año, hasta llegar hoy a 25, ha continuado revitalizándose en cada cena. Un acontecimiento que muchos esperamos cada año. Es el conjuro, la catarsis, la queimada en la que todos participamos; en donde renuevas tu fe en una cuadrilla de gente que estudió contigo y que ahora es tu amiga y cómplice de una época fundamental. No importa que siempre salgan las mismas anécdotas y los recuerdos de siempre, porque todos los esperamos…”

Así empezaba el editorial de la revista COU NEWS (Edición especial) que un grupo de amigos con pasado estudiantil compartido publicamos el mes de junio de 2002. Entonces celebrábamos 25 años de fidelidad a un encuentro anual gastronómico-festivo que mantenemos desde que, en el año 1977 organizamos el primero de ellos, al finalizar nuestro curso de segundo de BUP en el instituto de Llodio. Formábamos parte de la promoción que abría el nuevo plan de enseñanza, el de la EGB y el BUP y siempre que me refiero a esta etapa de nuestra vida repito fascinado una misma reflexión: al vértigo propio del cambio que experimenta cualquier persona entre los 14 y los 18 años, se sumó, en nuestro caso, el vértigo del cambio social de colosales dimensiones que se produjo en nuestra sociedad entre 1975 y 1979. Nuestros tornados personales circularon a través de un ciclón colectivo. En cierto modo, puede ser hasta curiosa nuestra “normalidad”.

Complicidad ha sido la palabra clave, el sentimiento central de esta historia compartida. Hace 15 años veíamos mediada ya esta loca carrera hacia sabe dios dónde, que es la vida y aún nos encogíamos en postura fetal refugiándonos en el recuerdo presente de un tiempo pasado que nos marcó a cada uno de nosotros. Por eso, porque quedó esa huella imborrable, porque lo sabemos y lo admitimos así y porque lo reconocemos en los demás, nos sentimos cómplices.

Mary Shelley, pseudónimo de una colaboradora de la revista mencionada, escribía en 2002:

Lo cierto es que recordar…recuerdo pocas cosas. Me acuerdo, eso sí, del principio y del final. El primer día, tan pequeños, tan poco intimidados por aquel mundo nuevo y por la mirada entre curiosa y burlona de los veteranos. Y las últimas semanas: la lenta despedida, aquella cuenta atrás vivida con la aguda conciencia de que cada día era irrepetible, de que estábamos construyendo un recuerdo futuro. Apurábamos la copa atenta, minuciosamente. Después serían el adiós y la diáspora. En medio, cuatro años atravesando un embudo inverso, expandiéndonos, haciéndonos más nosotros mismos.”

Morrison&Batiatto, otro colaborador de la revista, recogía así sus impresiones, contribuyendo a ese minitratado de la nostalgia en que se convirtió la publicación:

“Yo recuerdo el día de la selectividad como uno de los más tristes de mi vida, porque cuando volvimos de Vitoria y me despedí de todos, me senté en las escaleras del portal de casa y comprendí entonces que todo se había acabado, que estaba más solo que la una y que así seguiría estando toda mi vida…porque, aunque os parezca exagerado, lo que vives a los 17 años es la esencia, el jugo de tu existencia…y después no hay más…es una contínua búsqueda, un contínuo querer volver a entonces…

Aquel día en Vitoria fue un comprimido de lo que habíamos sido y vivido en el instituto, pero It’s the end, my friend, me dije parafreaseando a Jim Morrison.

Por eso, la nostalgia me sigue invadiendo cada vez que paso junto al instituto y por eso sé que toda aquella época es irrecuperable y que todas esas sensaciones que se agolpan en mi cabeza y que resisten al implacable acoso del tiempo serán siempre solo eso, sensaciones y nada más…”Cuando pienso en cómo he malgastado mi tiempo, que no volverá más…”

Y acabo las citas con este otro fragmento nuevamente del artículo de Mary Shelley:

“Entonces…¿A santo de qué tanta nostalgia? ¿Qué tienen ellos que nosotros hayamos perdido en el camino? La añoranza, cumplidos los cuarenta, es el deseo de tiempo por delante, de futuro, de camino largo e incierto por construir, visto desde las certidumbres del presente. Por paradógico que sea, la nostalgia mira en realidad hacia delante, rebota en un espejo roto y cambia de sentido. Andamos en busca de un futuro abierto, no de ese ayer ya clausurado, impreciso, reinventado (¡Nuestro!).”

Este viernes, 9 de junio, volvemos a reunirnos el grupo de amigos excompañeros del insti. Son 40 años ya. El valor simbólico de las cifras redondas. Volverán las sonrisas y los saludos cómplices y se repetirán los ritos, las chanzas, los recuerdos, la música… la vida está ya más que mediada y aún mantenemos la ilusión del encuentro. Brindaremos porque no desaparezca nunca, con más nostalgia de futuro, tal vez, que nunca.

8.6.17

 

 

 

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