La Viña

Atribuyen a Rilke, el poeta, la expresión “Mi patria es mi infancia”, que causó después fortuna entre otras mucha gentes. Yo ampliaré la mía a la adolescencia y primera juventud, tiempos de flores abiertas a la vida, descubrimientos, ilusiones y torbellinos emocionales. En medio de todo ello, hubo espacios que cobraron una trascendencia singular en nuestras vidas. Uno de ellos se me va ahora. Se va, como se fueron y se van otros trocitos de corazón, con el transcurrir de los años: los edificios, los lugares, las personas…La nostalgia se abre paso con andar poderoso.

Nuestros primeros vinos (antes que la cerveza), las partidas de cartas, el refugio de las piras de clase, el lugar de reunión y, sobre todo, la música. La emoción intensa a través de la jukebox de la esquina, junto a la ventana, entre humos de tabaco y sabores etílicos. Descubriendo la vida al son de Lou Reed, Dylan, Chicago, Cat Stevens, Pynk Floyd o Benito Lertxundi. Fue un espacio mágico durante los años del gran vértigo individual, grupal y social. Más adelante, siguió siendo el remanso tranquilo para la charla, la buena música o la juerga con el baile, cuando la ocasión era propicia.

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La sombra del abnegado trabajo, a lo largo de más de cuarenta años, de Fernando, de Edurne, de Pantxi, de MariLuz, de Sara y de Nandi desaparece físicamente de la esquina donde lucía para los demás. Ahora me queda el consuelo de que jamás se borrará del corazón de tantos llodianos como hemos tenido el privilegio y el placer de incorporarlo a nuestra pequeña patria vital.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 21 de octubre de 2015.

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Jerusalén: una ciudad dividida por la derecha que la quería indivisible

Por su gran interés, me permito reproducir un artículo escrito por mi amigo Meir Margalit,de quien ya he hablado en alguna ocasión en este blog. Judío de origen argentino, que lleva viviendo décadas en Israel, donde primero combatió en el ejército hebreo y posteriormente, tras resultar herido y precisamente durante su periodo de convalecencia, abrazó con entusiasmo la causa pacifista. Un hombre comprometido con la política de su país, Israel, desde una perspectiva netamente de izquierdas, en franca minoría, lo que le lleva a experimentar de manera permanente el ejemplo del predicador en el desierto. Meir convive con las dudas que, el sinsentido de la política israelí y las injusticias que la misma provoca, le generan permanentemente en su conciencia de paz. La tentación de otras respuestas diferentes siempre está ahí y esa tensión sin fin brinda una mayor autenticidad y honestidad a sus pensamientos y sus actitudes. Un grandísimo tipo, que con esta reflexión nos ayuda a comprender mejor lo que está sucediendo en este mismo momento en Jerusalén. El artículo ha sido publicado en http://www.sinpermiso.info

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Como un deja vu angustiante, como una tormenta que no deja de azotarnos, vuelve a estallar esta nueva ola de violencia. Y nos deja perplejos y avergonzados por la impotencia kafkiana de quien sabe lo que habría que hacer para acabar, de una vez por todas, con esta violencia endémica, pero nadie lo escucha.  Esto era de esperar, en particular en épocas de festividades judías, cuando religiosos derechistas se empecinan en subir a la Explanada de las Mezquitas, exasperando los nervios palestinos, que ya están tensos al máximo sin necesidad de estas provocaciones. Era de esperar, pero, por obra del diablo, estas irrupciones de violencia siempre nos toman por sorpresa, nunca se está lo suficientemente preparado para enfrentarlas.   

Sin embargo, a pesar de esa sensación de haber ya presenciado la misma película, podemos notar algunos rasgos propios de esta revuelta.  Por primera vez en muchos años, se produce un acontecimiento perturbador en el que los jóvenes palestinos de Jerusalén se vuelcan a las calles en forma masiva, espontánea, sin apoyo de ningún movimiento organizado, apedreando todo símbolo israelí que se cruza en su camino, atropellando civiles israelíes y atacando con cuchillos de cocina, hasta llegar a su máxima expresión la semana pasada cuando un niño palestino de 13 años atacó a cuchillazos a otro niño israelí de la misma edad, lo que convirtió automáticamente a cada niño palestino en “terrorista activo” a ojos israelíes. 

Este modelo de rebelión ha dejado a la policía israelí perpleja, ya que este estilo de  ataques son imprevisibles e imposibles de prevenir. Mucho mas fácil para los servicios de seguridad israelí es combatir células terroristas organizadas que enfrentarse a civiles armados con cuchillos caseros  que, en un momento de ira, deciden acuchillar al primer israelí que se cruza en su camino. Esta nueva estrategia popular palestina ha producido un cambio sumamente significativo en el desarrollo del conflicto. Hasta tal punto, que por primera vez en muchos años podemos declarar que la calle palestina en Jerusalén oriental ha logrado un triunfo contundente, aunque no sea más que como un “gol en contra” del gobierno israelí.

La imposición de un estado de sitio en Jerusalén oriental -o lo que Giorgio Agamben denomina “un estado de excepción“-, que incluye la utilización por primera vez desde 1967 de fuerzas militares como refuerzo a la policía local y de bloques de cemento que separan los barrios palestinos de los israelíes, es sin duda alguna uno de los triunfos mas contundentes de los jóvenes rebeldes de Jerusalén oriental. Ello requiere una lectura atenta de los significados simbólicos que representa, ya que a primera vista pasan desapercibidos.

Lo primero que resalta es, por encima de todo, el estado de pánico en que esta sumergida la sociedad israelí, la incapacidad para controlar la situación, y el grado de cinismo con que el gobierno manipula la opinión publica israelí, apoyándose en que nadie conoce la geografía del lugar: da igual cuantas vallas instale la policía en Jerusalén oriental, siempre habrá un hueco por el que unos terroristas dispuestos a todo podrán infiltrarse a la parte occidental de la ciudad. Pero lo mas significativo es que al declarar el “estado de sitio”, el gobierno israelí ha dividido de facto la ciudad de Jerusalén.  

La izquierda israelí aduce desde hace 46 años, sin mayor éxito, que el modelo de ciudad unificada no tiene futuro y es necesario dividirla: ahora lo ha llevado a la práctica la derecha israelí sin mayor remordimiento de conciencia. El despliegue de soldados y bloques de cemento en las rutas que conectan a los barrios palestinos con la parte israeli es sumamente simbólico porque nos remiten a los Territorios Ocupados de Cisjordania. Los transforma en un claro significante de la anulación de distinciones entre Jerusalén y los Territorios Ocupados, o lo que  podría denominarse la “Cisjordanización de Jerusalén”.  Nunca Jerusalén oriental ha estado tan cerca de los territorios ocupados y tan lejos de Jerusalén occidental.

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Y este “gol en contra” llega a tiempo. Durante los últimos años, y a medida que la situación económica ha ido mejorando, la población adulta de Jerusalén oriental comenzó a acomodarse o a resignarse a la ocupación. A partir de ahora esta percepción colapsa y la gente vuelve a recordar que están bajo una ocupación militar que, por mas beneficios económicos que pueda conllevar, es y será insoportable.  Durante los últimos años, gracias a una política de gestos implementada por el actual alcalde israelí de la ciudad, la ocupación perdió su fachada opresora y su imagen se volvió mas light, hasta tal punto que los últimos sondeos demuestran que mas de la mitad estarían dispuestos a adquirir la ciudadanía israelí.    Este proceso de doblegamiento a la ocupación ha colapsado estruendosamente, ha sido literalmente quebrado por los jóvenes. La dosis de relativa prosperidad que el alcalde Barkat  suministro a sus padres, no les atañe: están en esa edad en la que la dignidad y el orgullo son factores decisivos en la consolidación de su identidad, mucho más importantes que la prosperidad económica que persiguen sus padres. 

La idea de tranquilizar al publico israelí gracias a las barreras no es nueva en nuestra región.  Durante la segunda Intifada, fue Ariel Sharon el primero en promover en 2002 la construcción de la muralla de separación a fin de calmar a la población israelí.  Siguiendo esta lógica escapista, Netanyahu introduce vallas de cemento armado con el mismo objetivo. Construir otra muralla seria demasiado exagerado pero, salvando las diferencias, en ambos casos el resultado es el mismo: Sharon y Netanyahu dividen la ciudad de facto.

Diez años después de construida la muralla de separación, que dejó fuera a extensas partes de la ciudad y a más de 50.000 residentes palestinos, el gobierno actual separa Jerusalén oriental en una serie de enclaves cerrados que, mas que afectar la vida cotidiana, producen un cambio total en la mentalidad palestina respecto a la ocupación.  Netanyahu les ha vuelto a recordar que viven bajo ocupación militar, y ha reavivado de esa manera el ansia palestina de liberación.

La tensión generada por estos disturbios ha corroborado que el modelo de la “Jerusalén unificada” es insostenible, que por debajo de la tierra ruge un volcán. La tenacidad con la que la población joven desafía al sistema israelí es la prueba contundente de que este régimen de ocupación esta destinado a enfrentar periódicamente alzamientos violentos que, a largo plazo, acabaran desmoronándolo. Toda represión es temporal por definición y la actual represión policial esta sembrando las semillas de la próxima rebelión. Los jóvenes palestinos arrestados, cuyo numero ronda los 2.500, llevarán en sus venas por siempre el ansia de revancha. Y el folklore local ya esta fertilizando la próxima generación de jóvenes que aspira imitarlos, porque en el imaginario local esos son los pequeños guerrilleros que, poniendo en jaque a la policía,  salvaron la dignidad nacional.

Todavía es prematuro saber si estamos ante la tercera Intifada. Sea cual fuere el futuro,  el valor intrínsico del levantamiento juvenil  consiste en haber puesto de relieve la patología del sistema municipal de Jerusalén y, más allá de sus logros a corto plazo, los acontecimientos han dejado claro que una estructura de esta índole podría perdurar, pero no tiene derecho a existir. 

Un proverbio hebreo dice que la labor de los santos es realizada por gente común.  No se si será cierto. Pero lo que esta claro es que el objetivo de la izquierda lo está llevando a cabo, a su brutal manera, la derecha.   

www.sinpermiso.info, 17 de octubre 2015

Carácter: una seña de identidad

Corría el año 1972 y el Colegio La Salle, los “frailes” de Llodio, dejaba de ofertar la recién implantada EGB para centrarse en la Formación Profesional, así que quienes estudiábamos allí tuvimos que emigrar a los colegios entonces llamados “nacionales”. Lamuza, en concreto, nos acogió a todos durante unos meses, hasta que terminaron las obras de los nuevos “Gregorio Marañón”, en Ugarte y “Ortega y Gasset” y Menéndez Pidal” en Lateorro. Al comienzo de aquel curso, nos plantearon en el colegio la posibilidad de apuntarnos a algún deporte y, claro, todos al fútbol, única práctica deportiva conocida en el patio de los frailes, aparte de pelota en el frontón. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no había opción a fútbol en Lamuza, solo baloncesto, balonmano y balonvolea. ¡Toma ya!. De los dos últimos apenas sabíamos nada, así que la familiaridad que el inolvidable Torneo de Navidad nos brindaba con el primero, hizo que la cuadrilla de amigos nos apuntáramos al deporte de la canasta. De esta curiosa circunstancia nació mi pasión por el basket.

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El paso del torneo inter-escolar al equipo juvenil del Llodio BC, la edición veraniega de los partidos en La Plaza, con equipos de primera división (Kas, Águilas, Caja de Álava, Askatuak…), los años del sénior en categoría provincial, el fin de mi etapa como jugador y el inicio de la de entrenador, el ascenso a Tercera, mi alejamiento del Llodio, BC, las primeras visitas a Mendizorroza a ver al Baskonia, la cuadrilla de Amurrio con las gabardinas como embrión de peña, el primer título del club en Villanueva de la Serena, el espectáculo de “superbeltza” Hollis …

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Todos ellos fueron eslabones de una cadena que fue consolidando mi afición a este hermoso deporte. Cierto es que, poco a poco, mi relación con el baloncesto fue circunscribiéndose al seguimiento del Baskonia. El crecimiento de este Club era evidente. El traslado de Mendizorroza a Zurbano, la llegada de Herb Brown, siempre de pie en los partidos, con su canuto de papel en la mano, la era del inolvidable y entrañable Sheriff Manel Comas, con su peculiar forma de ser… Mis visitas al pabellón se hicieron cada vez más frecuentes.

Un hito inolvidable para mí fue la primera final europea del Baskonia, en Lausanne, año 1994. El desplazamiento de unos tres mil seguidores baskonistas el 15 de marzo a la ciudad suiza constituyó un acontecimiento espectacular, con un carácter festivo y una manera de animar que caló entre todos quienes tuvieron la fortuna de estar presentes en el pabellón e incluso en las calles, incluida expresamente la policía suiza, que aplaudió a la afición por su magnífico comportamiento, al término del partido. Rubén Gazapo recoge en su estupendo blog baskonistas.com, entre otras cosas, lo siguiente: “Un apoyo que tuvo mayor  mérito cuando tras el final del partido y el resultado desfavorable (91-81) que indicaba que la Recopa se iba a Eslovenia, todos los seguidores vitorianos nos quedamos durante una hora animando, cantando y apoyando a nuestros equipo pese a la derrota. Está final comenzó a colocar al Baskonia y sus aficionados en el escaparate del basket FIBA y marcar las bases para aspiraciones mayores en Europa.”

Llegaron después más finales y, por fin, el título de la Recopa 1996. El Baskonia seguía creciendo y su afición comenzaba a mostrar algunas características con las que se hizo acreedora del reconocimiento y la admiración de una gran parte del mundillo baloncestístico español y europeo: incansables en la animación, fieles al equipo en la victoria y en la derrota, respeto y reconocimiento al rival y espíritu lúdico y musical. Las copas del Rey fueron el mejor escaparate para lucir esta manera de ser baskonista. En pabellones y calles de varias ciudades españolas aún recuerdan el paso de la marea azulgrana, especialmente a los sones de la incansable txaranga.

Tras el susto que nos brindó Scariolo “casiganando” aquella primera liga, que finalmente se fue a Manresa, y tras algunos sobresaltos en el banquillo, llegó la época Dusko Ivanovic. Para entonces, a finales de siglo, yo me había hecho ya abonado del Baskonia, por supuesto sin la más mínima intención de transmitir mi afición a este deporte a Markel y muy lejos de pretender influencia paternal alguna, claro, claro. Bueno, que fuimos los dos abonados.

Con Dusko se inició la década prodigiosa. Seguía con el club un patrocinador importante y comprometido como pocos en el mundo empresarial, TAULELL, de Castellón, frente a cuya fidelidad, 22 años, por mucho que respondiera a motivos comerciales y económicos, hay que quitarse el sombrero. Su apoyo económico permitió a Saski Baskonia disfrutar de un potente estatus económico y ello le permitió competir con dignidad en el mercado de fichajes, aunque es verdad también que el acierto en el mercado de futuros ayudó lo suyo en la cuestión económica, al tiempo que contribuía al crecimiento deportivo, toda vez que se inició una dinámica de inversión rentable con el desarrollo de jugadores fichados muy jóvenes cuya madurez baloncestística permitió una salida ventajosa para el club.

La presencia en las finales de las competiciones que se disputaban comenzó a ser casi una costumbre. Grato recuerdo de aquella final de la primera edición de la euroliga, en 2001, el play off contra el mejor Virtus de Bolonia de la historia.

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Y, con las finales, los trofeos. Ligas y copas engrosaron la vitrina del club y convirtieron en familiar la imagen de la Plaza de la Virgen Blanca abarrotada de seguidores celebrando los logros del equipo con sus componentes. La primera Final-four para el equipo, en mayo de 2005 también fue un acontecimiento que viví personalmente y de manera muy intensa. Inolvidable la perplejidad de los seguidores macabeos cuando, tras recibir ellos el trofeo de campeón y celebrarlo debidamente, observan que los seiscientos baskonistas presentes seguíamos incansables con nuestros gritos, canciones y bailes, apoyando a nuestro equipo. Más de uno pensaría que si así celebrábamos la derrota, qué habríamos hecho en caso de haber ganado.

Tales eran los éxitos, que la afición creció. El Buesa Arena se llenaba varias veces a lo largo de cada temporada y, entre la idea de continuar con el crecimiento del club y la de organizar algún día una Final-four, Querejeta se marcó como objetivo – y consiguió – ampliar el pabellón hasta las 15.500 plazas con que cuenta actualmente.

Pero llegó la crisis y sus consecuencias se hicieron notar en la capacidad económica de un club que, a diferencia del Real Madrid y el FC Barcelona, no tenía el paraguas de una estructura futbolera y dependía de los patrocinios públicos y privados, ambos claramente menguantes. Baskonia volvió a vestir sus ropajes más modestos a la hora de fichar jugadores y, para más desgracia, tampoco ayudó mucho el resultado de los realizados como inversión, donde llevamos unos años de sequía. Y con esa disminución de capacidad económica también llegó el bajón en los resultados deportivos. Y ahí andamos hoy en día.

Este fin de semana comienza una nueva edición de la Liga ACB y este es el motivo de esta reflexión. A nadie se le escapa que el ambiente en el Buesa Arena ha cambiado mucho en los últimos años. Es probable que la llegada de nuevos aficionados, muchos de ellos atraídos por el calor de los triunfos, haya provocado incorporaciones que desconocen la historia, la trayectoria y, sobre todo, el espíritu originario y original de este club y de su afición. Crecer es imprescindible y hacerlo en masa social es uno de los pilares básicos del futuro, pero tan importante como lo cuantitativo es, en este caso, lo cualitativo. Hay que crecer bien y eso implica mantener la filosofía de marca Baskonia.

Por encima de todo, hay que valorar en su justa dimensión la década que vivimos a comienzos de siglo. Algo que muchos llegaron a considerar como normal, a base de repetirse, pero que constituyó un auténtico milagro, aunque obraran manos terrenales en su materialización, como el propio Querejeta, Alfredo Salazar o Dusko Ivanovic. Codearse con lo más granado, florido y poderoso del baloncesto continental durante diez años no está a la altura de cualquiera. Y menos de un club de ciudad pequeña, como Vitoria, con un radio de influencia poblacional tampoco excesivamente grande. Nuestra historia nos dice que Baskonia era un club modesto. Con aspiraciones de ser grande, pero siempre modesto por posibilidades y capacidad. Llegó a la cumbre con sacrificio, trabajo y su correspondiente dosis de suerte y allí se mantuvo durante años. Un auténtico lujazo. Pero eso acabó. Ahora es ya historia y volvemos, en cierto modo, a otro momento pasado, el de la lucha por estar entre los mejores, aspirando a ganar a los grandes pero, sobre todo, a no perder nuestra seña de identidad: competir siempre con carácter.

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La afición tiene que recuperar ese espíritu de apoyo incansable al equipo, donde no caben murmullos desaprobatorios durante los partidos, referidos a nuestros jugadores (de los pitos ya ni hablo). Hemos de resituar nuestros objetivos y ser capaces de volver a ilusionarnos con metas más asequibles y al alcance del equipo confeccionado para esta temporada: entrar en la copa y pelear en ella, llegar a semifinales de liga, al Top 16 en la Euroliga….Y digo ilusionarnos, que no conformarnos. Aspirar a lo más no es incompatible con volver a sentir ilusión y valorar otros logros que tiene su enorme mérito para un club como es el Baskonia.

La exigencia para los Causeur, Adams, James, Hanga, Corbacho, Tillie, Bourousis, Planinic, Blazic, Bertans, los Diop y el propio Perasovic, debe ser una: preservar la identidad de la que hablaba antes. La demostración de ese carácter indomable que debe aportar al equipo un plus de competitividad. Las ganas, la pelea, el coraje, la moral irreductible, la comunión con la grada. Estar en competición con hambre siempre, aunque vengan mal dadas. Los jugadores y los aficionados. Carácter Baskonia. Todo eso, y no los títulos, constituye nuestra identidad. Con ella lucharemos por todo, pero sobre todo, con ella, disfrutaremos más con nuestro equipo y con nuestro deporte.

Son, como ves, amable lector, unas líneas muy personales y hasta emotivas. Por ello, tal vez de interés muy relativo. Pero reflejo de esa parte tan importante para mí, como es la pasión. En este caso, la pasión por el deporte de la canasta y por un equipo singular: el Baskonia.

8.10.15