Cuatro días de julio y el espíritu de Ermua

Xabier y yo esperábamos en una sala pequeña. Estábamos citados a las 18 horas y habíamos llegado con algo de adelanto. Sin embargo, sobrepasada la hora de la cita en varios minutos, la secretaria del ministro se acercó para pedirnos disculpas y comunicarnos que había surgido un problema de última hora y que el ministro nos recibiría enseguida. Así fue, poco después de las 18’30, Jaime Mayor Oreja nos hizo pasar a su despacho. La Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria había acordado un tiempo antes, transmitir al ministro del Interior su posición sobre la conveniencia de modificar la política penitenciaria, especialmente en lo que hacía referencia a la necesidad de proceder a un acercamiento de los presos vascos a centros penitenciarios próximos a sus lugares de origen, por razones humanitarias. Así que, con tal fin, Xabier y yo viajamos a Madrid la calurosa tarde del día 10 de julio de 1997.

Al sentarnos en el despacho del ministro, fue él mismo quien nos informó del motivo de su demora, siendo así, de su mano, como conocimos que ETA había secuestrado a un joven concejal de Ermua llamado Miguel Ángel Blanco. Sea cual sea la distancia política e ideológica que me separe de Jaime Mayor Oreja – que es mucha -, siempre reconoceré el detalle que tuvo de habernos dedicado aquel tiempo, en circunstancias realmente extraordinarias y complicadas. Ni qué decir tiene que el motivo de nuestra visita se esfumó y todo el tiempo que compartimos lo dedicamos a valoraciones especulativas sobre la situación y, sobre todo, a pensar en la necesaria respuesta de la sociedad vasca y el conjunto de las instituciones democráticas al enorme desafío que se había planteado. En aquel despacho ya hicimos ver a Mayor Oreja que Gesto por la Paz de Euskalherria estaría en primera línea, poniendo toda su capacidad de movilización al servicio de la reacción ciudadana, como había hecho siempre. El encuentro no dio mucho más de sí. Regresamos a Euskadi compungidos y sobrepasados por la responsabilidad de lo que se nos venía encima.

De lo que ocurrió los días siguientes no voy a hablar. Es bien conocido. La confirmación del secuestro por parte de ETA, con el chantaje como único planteamiento; la convocatoria de manifestación del sábado por la mañana, en Bilbao; la desbordante asistencia a la misma; el asesinato y las reacciones sociales posteriores, presididas por la indignación, la rabia y por su carácter masivo. Y, en fin, el inicio del llamado espíritu de Ermua.

En la edición de este pasado domingo de “El Correo”, José Luis Zubizarreta abordó con su reconocida maestría analítica,  fortalecida, en este caso, por su conocimiento directo del asunto, como asesor del Lehendakari Ardanza, el trasfondo político existente ya en aquel julio de 1997. Recordaba cómo el paraguas político bajo el cual la sociedad vasca había reaccionado frente a la violencia terrorista desde enero de 1988, el Pacto de Ajuria Enea, navegaba con extrema dificultad, en condiciones cada vez más complicadas y promisorias de una zozobra segura. La movilización producida en Euskadi y Navarra aquellos días de julio constituyeron una suerte de espejismo; un paréntesis que no pudo impedir el cambio producido en los meses siguientes, con consecuencias que se extendieron durante demasiados años. Es importante el recordatorio que hace Zubizarreta porque la movilización social de Ermua se produjo en un contexto político muy especifico y eso marcó su devenir.

Pero ¿qué fue el espíritu de Ermua? Hago mías las palabras con las que Mario Onaindia se refería a tal cuestión, recogidas en el impagable “Ermua, 4 días de julio” coordinado por la periodista María Antonia Iglesias y con la colaboración especial de Ana Rosa Gómez Moral:

Y entonces se produjo el espíritu de Ermua. Lo que unía a todos los vecinos de este pueblo no era solo la rabia contra ETA, ni el hecho de que fueran convecinos. Arropaban con sus aplausos a las autoridades. A todas por igual. (…)  Es decir, que durante estos años no todo habían sido diferencias y enfrentamientos sino que también había habido algo más que había hermanado a gente de ideologías, procedencias y culturas muy distintas. (…)

La gente de Ermua no hizo caso a lo que dicen los partidos políticos en los mítines de fin de semana, y tuvo más en cuenta lo que han construido en veinte años de democracia: no la convivencia de dos comunidades nacionalistas, sino una única nacionalidad plural, democrática y tolerante. Y actuaron como una nacionalidad. Se movilizaron en favor de la democracia. De esta democracia. (…) Las cosas estaban claras, por fin. A un lado, los demócratas. Al otro, los fascistas, que, por serlo, utilizan la violencia. Resucitaron en sus gargantas los mismos gritos que contra Franco.”

Sin embargo, como todo el mundo sabe, esa reacción social duró muy poco. En apenas semanas fueron brotando a la superficie dos intereses y planteamientos tan rotundamente contrapuestos, como llamativamente convergentes en sus intereses, que dinamitaron ese sentido del espíritu de Ermua, definido como lo hizo Mario Onaindia.

Surgieron voces nuevas en el ámbito de la sociedad civil que reivindicaron una filosofía de movilización social mucho más política, alejada del pacifismo al uso hasta entonces, de bases estrictamente éticas. No queremos la Paz, sino la Libertad, decían. Luchamos no solo contra la violencia terrorista, sino contra el nacionalismo obligatorio que la alimenta. Foro de Ermua o Basta Ya fueron los exponentes máximos de este movimiento, en el cual, salvo contadas y muy honrosas excepciones, tipo Savater o Calleja, no abundaban caras conocidas en las movilizaciones contra la violencia en tiempos anteriores. Creció el bloque denominado constitucionalista, al abrigo del pacto tácito y no tan tácito entre PP y PSE, Mayor Oreja y Redondo Terreros. El primero, convertido en el adalid de la nueva versión del espíritu de Ermua. La que convenía a sus intereses. Dispuestos al choque de trenes con el nacionalismo, en pos de una victoria política que permitiera acabar con la hegemonía de éste en Euskadi. Un fin políticamente lícito, escudado tras un fin éticamente exigible, vinculando ambos y excluyendo a quien no lo hiciera.

Jon Juaristi fue uno de los primero en verbalizar este nuevo planteamiento. Esta es una parte de su testimonio en “Ermua, 4 días de julio”, que creo que se comenta por sí solo:

La reacción de la ciudadanía fue una verdadera muestra de civismo, pero a los pacifistas empezó a alarmarles la acelerada merma de su protagonismo que supuso la recuperación de la calle por la mayoría hasta entonces silenciosa y trataron desesperadamente de frenar el movimiento con insinuaciones apocalípticas. (…) Absolutamente inoperantes fuera de sus condenas abstractas y testimoniales del terrorismo, estas organizaciones (pacifistas) han introducido aún más confusión en la sociedad de la que ya habían sembrado los partidos nacionalistas. (…) Hasta ahora, sin embargo, sus únicos logros incontestables han sido  la promoción de una suicida cultura del desarme (a la que denominan eufemísticamente “cultura de la paz”) (…) El terror de los pacifistas a perder el control del movimiento y su propio predicamento social quedó claramente expresado en la sorprendente denuncia que alguno de sus más significados dirigentes hizo de las supuestas salvajadas de los manifestante. A los pacifistas les interesaba cortar el ascenso del movimiento, y lo hicieron bajo el pretexto de impedir una guerra civil.

Por otra parte, no necesitó mucho tiempo el nacionalismo institucional, especialmente el PNV, en experimentar temblores ante la posibilidad de que aquella marea humana de julio pudiera derivar en una tsunami de cariz político que arrastrara a su paso el ideal nacionalista. Hubo quien no acabó de digerir la ausencia de ikurriñas en el número al uso en las manifestaciones, los gritos de “libertad” y otras expresiones nuevas en el paisaje habitual de las movilizaciones en Euskadi.

Tuve la ocasión de volver a representar a Gesto por la Paz de Euskalherria en una ronda de reuniones con partidos políticos poco tiempo después de julio del 97 y no olvidaré jamás las rotundas y categóricas palabras que Joseba Egibar pronunció ante nosotros: “No volveremos a compartir la calle contra la violencia con el PP”. Sin ambages ni medias tintas.

El movimiento de repliegue del nacionalismo fue paralelo al crecimiento del bloque constitucionalista, asomando ambos a la superficie del mar, como dos monstruos rugientes dispuestos a una pelea sangrienta por la supervivencia y abriendo uno de los períodos más oscuros y dramáticos de la vida social y política de la Euskadi democrática. Los asesinatos de ETA pasaron a ser respondidos con la esperpéntica imagen de dos concentraciones separadas, cada una de las cuáles agrupaba a representantes de cada uno de los bloques políticos confrontados. La desunión alcanzó el paroxismo a finales de febrero del año 2000, con la penosa imagen de la división en la manifestación de repulsa por el asesinato de Fernando Buesa y Jorge Díez.

En septiembre de 1997, José Antonio Zarzalejos ya sentía el pálpito del futuro, cuando atinó certeramente con su prospección, al escribir:

La emergencia del movimiento cívico de julio de 1997, en lo que tiene de ético y, por lo tanto, de rompedor de esquemas anquilosados, es un dato para la esperanza. De momento, solo para la esperanza. No, sin embargo, para el optimismo. El hecho de que unos hayan querido manipular esa expresión popular, y otros reducirla, disminuirla, e incuso despreciarla, augura que el mensaje resulta molesto para quienes deben escucharlo y demasiado claro y contundente para quienes deben traducirlo en decisiones coherentes. Puede que el impulso de julio del 97 llegue incluso a frustrarse. Pero, en todo caso, permanecerá como referencia de una oportunidad histórica que se perdió”.

Y esto es lo que ocurrió. Aquella oportunidad se perdió y ya nunca se volvieron a llenar las calles y plazas de Euskal Herria como se llenaron aquellos días de julio de 1997. Sí, el impulso en la concienciación y en la movilización de la sociedad vasca quedó ahí y tuvo su reflejo posterior, pero la sensación de haber perdido un tren que nos podría, tal vez, haber acercado antes al final de la violencia, es difícil apartarla de esta reflexión.

12.7.17

 

 

 

Cuarenta años no es nada

“¡25 años! ¡Twenty five years!

Pero sí, señores y señoras, amigos todos, lo hemos conseguido. Ha transcurrido un cuarto de siglo desde que comenzamos con la primera cena. Uno más desde que entramos la mayoría al insti. Y es que aquel sacrosanto edificio ha supuesto mucho para todos nosotros. Dejemos aparte los derroteros profesionales por los que, a partir de entonces, nos dirigimos cada uno. La mejor aportación que nos ha dado el INB Canciller Ayala ha sido, sin duda, la amistad que aún hoy, 25 años después, seguimos conservando. Una amistad que se cimentó en aquellos cuatro años, del 75 al 79 y que después, año tras año, hasta llegar hoy a 25, ha continuado revitalizándose en cada cena. Un acontecimiento que muchos esperamos cada año. Es el conjuro, la catarsis, la queimada en la que todos participamos; en donde renuevas tu fe en una cuadrilla de gente que estudió contigo y que ahora es tu amiga y cómplice de una época fundamental. No importa que siempre salgan las mismas anécdotas y los recuerdos de siempre, porque todos los esperamos…”

Así empezaba el editorial de la revista COU NEWS (Edición especial) que un grupo de amigos con pasado estudiantil compartido publicamos el mes de junio de 2002. Entonces celebrábamos 25 años de fidelidad a un encuentro anual gastronómico-festivo que mantenemos desde que, en el año 1977 organizamos el primero de ellos, al finalizar nuestro curso de segundo de BUP en el instituto de Llodio. Formábamos parte de la promoción que abría el nuevo plan de enseñanza, el de la EGB y el BUP y siempre que me refiero a esta etapa de nuestra vida repito fascinado una misma reflexión: al vértigo propio del cambio que experimenta cualquier persona entre los 14 y los 18 años, se sumó, en nuestro caso, el vértigo del cambio social de colosales dimensiones que se produjo en nuestra sociedad entre 1975 y 1979. Nuestros tornados personales circularon a través de un ciclón colectivo. En cierto modo, puede ser hasta curiosa nuestra “normalidad”.

Complicidad ha sido la palabra clave, el sentimiento central de esta historia compartida. Hace 15 años veíamos mediada ya esta loca carrera hacia sabe dios dónde, que es la vida y aún nos encogíamos en postura fetal refugiándonos en el recuerdo presente de un tiempo pasado que nos marcó a cada uno de nosotros. Por eso, porque quedó esa huella imborrable, porque lo sabemos y lo admitimos así y porque lo reconocemos en los demás, nos sentimos cómplices.

Mary Shelley, pseudónimo de una colaboradora de la revista mencionada, escribía en 2002:

Lo cierto es que recordar…recuerdo pocas cosas. Me acuerdo, eso sí, del principio y del final. El primer día, tan pequeños, tan poco intimidados por aquel mundo nuevo y por la mirada entre curiosa y burlona de los veteranos. Y las últimas semanas: la lenta despedida, aquella cuenta atrás vivida con la aguda conciencia de que cada día era irrepetible, de que estábamos construyendo un recuerdo futuro. Apurábamos la copa atenta, minuciosamente. Después serían el adiós y la diáspora. En medio, cuatro años atravesando un embudo inverso, expandiéndonos, haciéndonos más nosotros mismos.”

Morrison&Batiatto, otro colaborador de la revista, recogía así sus impresiones, contribuyendo a ese minitratado de la nostalgia en que se convirtió la publicación:

“Yo recuerdo el día de la selectividad como uno de los más tristes de mi vida, porque cuando volvimos de Vitoria y me despedí de todos, me senté en las escaleras del portal de casa y comprendí entonces que todo se había acabado, que estaba más solo que la una y que así seguiría estando toda mi vida…porque, aunque os parezca exagerado, lo que vives a los 17 años es la esencia, el jugo de tu existencia…y después no hay más…es una contínua búsqueda, un contínuo querer volver a entonces…

Aquel día en Vitoria fue un comprimido de lo que habíamos sido y vivido en el instituto, pero It’s the end, my friend, me dije parafreaseando a Jim Morrison.

Por eso, la nostalgia me sigue invadiendo cada vez que paso junto al instituto y por eso sé que toda aquella época es irrecuperable y que todas esas sensaciones que se agolpan en mi cabeza y que resisten al implacable acoso del tiempo serán siempre solo eso, sensaciones y nada más…”Cuando pienso en cómo he malgastado mi tiempo, que no volverá más…”

Y acabo las citas con este otro fragmento nuevamente del artículo de Mary Shelley:

“Entonces…¿A santo de qué tanta nostalgia? ¿Qué tienen ellos que nosotros hayamos perdido en el camino? La añoranza, cumplidos los cuarenta, es el deseo de tiempo por delante, de futuro, de camino largo e incierto por construir, visto desde las certidumbres del presente. Por paradógico que sea, la nostalgia mira en realidad hacia delante, rebota en un espejo roto y cambia de sentido. Andamos en busca de un futuro abierto, no de ese ayer ya clausurado, impreciso, reinventado (¡Nuestro!).”

Este viernes, 9 de junio, volvemos a reunirnos el grupo de amigos excompañeros del insti. Son 40 años ya. El valor simbólico de las cifras redondas. Volverán las sonrisas y los saludos cómplices y se repetirán los ritos, las chanzas, los recuerdos, la música… la vida está ya más que mediada y aún mantenemos la ilusión del encuentro. Brindaremos porque no desaparezca nunca, con más nostalgia de futuro, tal vez, que nunca.

8.6.17

 

 

 

El derecho a la verdad y la prescripción de los delitos

Acaba de hacerse pública la noticia de la absolución de Javier García Gaztelu, alias Txapote, por parte de la Audiencia Nacional, al haber prescrito los delitos cometidos en un antiguo atentado contra el edificio del Gobierno civil de Gipuzkoa, en San Sebastián, perpetrado en 1995 y en el que, por fortuna, no hubo víctimas.

La reacción más común ante esta noticia es la indignación. Algo comprensible, pues se pretende el castigo para el culpable de delitos graves y al ciudadano normal le cuesta aceptar y entender que ello no sea posible por la aplicación de una institución, la prescripción, que impide el citado castigo por el mero transcurso del tiempo. Mucho más si se piensa en la posibilidad de que tal circunstancia pudiera haberse evitado con una actuación más diligente por parte de algún servicio del Estado.

Sin embargo, a mí me interesa otro aspecto de la noticia. Estamos ante un supuesto en el que la prescripción solo ha desplegado su eficacia jurídica en el momento de dictarse la sentencia, con el valor que le atribuye nuestro ordenamiento procesal penal, que no es otro que el de constituir una causa de extinción de la responsabilidad criminal.

Se produce con ello, una evidente diferencia en relación a la aplicación que de esta institución realizan habitualmente los juzgados de instrucción, en particular los de la Audiencia Nacional y en casos de delitos que han supuesto graves violaciones de derechos humanos. Todos conocemos el lamento de numerosas víctimas que ven archivadas sus causas, por la aplicación de la figura de la prescripción, cuando se encuentran en la fase de instrucción. Esto supone que se cierra la posibilidad de realizar cualquier tipo de actividad de investigación policial y judicial y, por tanto, de que, en el futuro, pudiera llegarse – quién sabe – a reunir todos los elementos necesarios para la celebración de un juicio oral.

El caso ahora conocido del atentado de Txapote y otros contra el Gobierno Civil de Gipuzkoa, demuestra que es posible realizar toda la investigación precisa, en cualquier momento, independientemente del paso del tiempo, hasta que sea factible la celebración de un juicio, por concurrir los elementos suficientes y necesarios para ello, a resultas del cual se dicte una sentencia que declare probados unos hechos considerados como delito y de los cuáles exista un autor, aunque a continuación, se declare la extinción de su responsabilidad criminal, en virtud de la eficacia jurídica de la prescripción. Esto y no otra cosa es lo que ha hecho la Audiencia Nacional con este caso. No se precisan reformas legales para proceder de esta manera.

Esta tesis (una determinada manera de proceder por parte de los jueces, en relación a la figura de la prescripción) no supone una solución global al problema de los atentados terroristas sin esclarecer (que los hay y muchos, tanto de ETA, como del GAL y de otros grupos de extrema derecha), porque ello dependerá, claro está, del éxito en las investigaciones policiales que pudieran llevarse a cabo, con las enormes dificultades que entraña el hecho de que haya transcurrido tanto tiempo desde la comisión de los delitos. Y no quedará satisfecho el derecho a la Justicia. Pero, al menos, se abre una vía cierta para poder avanzar, en algunos casos, en la materialización del derecho a la verdad que ostentan las víctimas de vulneraciones graves de derechos humanos. Y eso no es poco. Especialmente para éstas.

Claro que, un conocido juez instructor ya intentó algo parecido, con otro tipo de delitos que también constituían graves violaciones de derechos humanos, y ya sabemos cómo terminó.

1.6.17

Ecos de la función

Acabó la función y, como correspondía, cayó el telón. Las luces se apagaron y quedó el lugar solitario, flotando en el aire la trascendencia artificial buscada y perseguida con ahínco por la compañía promotora. Los actores regresaron a sus hogares y tanto los protagonistas de primer plano como aquellos que contaron con un distinguido papel en la sombra, realizaron sus interesadas críticas sobre lo acontecido. Aún colean los ecos de la función.

En realidad, la obra ya comenzó con unos previos, días antes del señalado en el programa. En ellos, diversos protagonistas de relevancia media advertían sobre el peligro proveniente de la actitud que pudieran adoptar los gobiernos español y francés. No fuera a ser que apareciera la guardia civil antes de tiempo, confiscara el atrezzo y se llevara detenidos a un par de figurantes. Incluso hubo llamamientos solemnes a ambas instancias gubernamentales para que se comportaran con “altura de miras”. Se supone que tal cosa debía ser “dejar hacer” y no estorbar. Los actores que protagonizaron estos prolegómenos estuvieron en su sitio, sólidos, cumpliendo el papel asignado. Cierto sector del público, incluso, participó activamente, conteniendo el aliento ante esa peligrosa advertencia y especulando sobre lo que serían capaces de hacer o no hacer tan arteros “enemigos de la paz”. La incertidumbre contribuyó a incrementar la expectación – bien lo sabían los autores del guion – y de eso se trataba. Al fin y al cabo, era solemnidad añadida.

Me cuentan que, el dia D, la obra presentó dos escenarios muy diferenciados. Al parecer, mientras en el estrado principal se desarrollaba la parte noble de la función, con formalidades cuidadas y medidas, el patio de butacas se convertía en un alboroto de gritos perfectamente reconocibles como propios de una familia política concreta, reflejando con ello el escaso pluralismo de quienes pasaron por taquilla para ver el directo.

Acabada la parte central del espectáculo, resulta curioso observar la escasa trascendencia informativa alcanzada por lo que constituye el elemento más relevante de la “cacharrería” (como denomina un gran amigo mío al asunto) del día 8 de abril: el consentimiento del gobierno español respecto a la operación realizada y la aceptación de su resultado. De hecho, es lo que permite afirmar/oficializar que se ha producido el desarme de ETA, lo cual no es moco de pavo.

Singular ha sido también el comportamiento posterior de otros protagonistas muy destacados de la obra, no en el papel de actores de escena, sino en el de productores y, en buena medida, guionistas. El PNV y el gobierno vasco han mantenido un perfil deliberadamente bajo. Una vez garantizado el éxito de la función, se retiraron con discreción a sus cuarteles, dejando en el aire un par de esbozos críticos muy bien trabajados y calculados.

Todas y cada una de las víctimas son hoy sujetos y partícipes principales de este logro democrático de la sociedad, sus instituciones, la política y de los derechos humanos”. Soberbia e inmaculada la declaración institucional leída por el Lehendakari, colocando a las víctimas en el centro de un escenario del que habían estado completamente ausentes hasta ese momento.

Por su parte, el Presidente del PNV nos deleitó con esta perla : “Para mí fue más importante lo del metro (la inauguración de la línea 3 de Bilbao) que lo del desarme”.

Para quitarse el sombrero ante el libretista de la función, a la hora de escribir los papeles de estos personajes. Es realmente meritorio emplear el cinismo para proyectar esa imagen pulcra e institucional que han buscado. Porque cinismo es relativizar ahora en público aquello que ha constituido objetivo esencial de los líderes nacionalistas vascos en los últimos meses y de cuyo resultado tienen motivos para estar más que satisfechos.

Curioso, en definitiva, cómo dos de los tres grandes protagonistas de la obra han asumido – y ejecutado – su papel más importante entre bambalinas, para pasar después al disimulo y la mirada como distraída hacia delante. No solo el gobierno vasco. Bien poco relevante ha dicho el gobierno español al respecto. Incluso, como han denunciado algunos sindicatos de TVE, hubo instrucciones expresas de “esconder” la noticia de la función del 8 de abril en el fondo oscuro de los telediarios. Mejor que los españoles no se fijen mucho en lo que hacemos, no sea que se den cuenta de que aparecemos en los créditos de la obra como coproductores.

Pero que nadie se despiste. Entre dimes y diretes de los demás sobre si el desarme ha sido completo o no, la izquierda abertzale, tercer actor principal de la obra, está a otra cosa, a lo suyo: el relato.

A pocos se les escapaba que la importancia y la relevancia de “lo de la cacharrería”, no venía de las armas entregadas, por mucho que se hable de su eventual utilidad para investigar crímenes sin esclarecer, sino del simbolismo de la representación teatral a efectos de la narrativa defendida. Generosa y unilateral aportación a la paz versus derrota. El éxito de los guionistas es, en este punto, más que dudoso, a juzgar por el resultado del aplausómetro.

Pero no creo que tal cuestión – que caduca en apenas unos días, cuando deje de hablarse de la representación – preocupe en exceso a la izquierda abertzale, consciente de que el campo en el que se libra una buena parte de la batalla real por la hegemonía del relato es otro: el campo de las víctimas y el espacio público.

En los últimos diez años, el Partido Popular ha demostrado que los espacios ocupados en el ágora pública por las víctimas del terrorismo, de un lado, y las víctimas de la dictadura franquista, por otro, cumplen – si se maneja el asunto con habilidad – la ley de la impenetrabilidad. Por momentos, llega a parecer que no hay en el discurso público sobre las víctimas, otras que las del terrorismo (fundamentalmente de ETA), contribuyendo así al ostracismo de las víctimas del franquismo.

Bildu es buen conocedor del valor del espacio público y de la importancia de su ocupación. No digo que no haya convicción en ello, pero resulta llamativo el impulso que esta formación política ha dado, en los últimos tiempos, a su política en favor de la memoria histórica y muy especialmente, de los derechos de las víctimas del franquismo. A buen entendedor.

Hay víctimas que incomodan a algunos porque colocan un espejo enfrente que les devuelve imágenes poco agradables. Cada quién debe saber de qué víctimas se le llenan la boca y pensar en el espejo que le colocan aquéllas otras que omite.

Y esto tiene que ver con el relato más que la función.

17.4.17

Martí Fluxá y la foto del desarme de ETA

Cuando creía que se habían apagado en mi cabeza los ecos de la última reflexión sobre el desarme de ETA y el famoso final ordenado, resulta que tropiezo de nuevo con ello donde menos me lo esperaba.

Ando estos días leyendo uno de los libros de diarios de Andrés Trapiello; el último publicado, para ser exactos, el año pasado, de título “Solo hechos”, de Editorial Pretextos, y que recoge acontecimientos anotados por el autor en el año 2005. Un adecuado periodo de barbecho y sedimentación, tanto para su propia memoria, como para la perspectiva de los propios hechos.

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Emplea Trapiello esa curiosa forma de referirse a quienes aparecen en sus diarios, consistente en utilizar solo las iniciales de su nombre, dejando para el lector el estimulante juego de adivinar el nombre de los eventuales protagonistas de la anécdota. En el caso por el que traigo estos diarios aquí, apenas nombra el autor al personaje. En un sola ocasión habla de él como X y no vuelve a mencionarlo de forma directa. Cuanto relata Trapiello del encuentro, una cena, con Ricardo Martí Fluxá, pues tal es el personaje, lo hace con evidente interés y notable admiración, más que justificados ambos, a la luz de lo que cuenta.

Conviene recordar, llegado este punto, que Ricardo Martí Fluxá fue uno de los miembros de la delegación que José María Aznar envió a negociar con ETA durante la tregua de 1998, con el resultado fallido que todos conocemos. Transcribo aquí, en función de las cuestiones de fondo que quiero resaltar, unos fragmentos de la narración:

“(…) Cuando creíamos que quizá no hablaría de ello, lo hizo con verdadera y cervantina llaneza, sin entrar en detalles, y que las negociaciones son siempre algo a cambio de algo, y que lo que querían unos, la disolución de la banda y la entrega de las armas, se correspondía con lo que pedían los otros, la autodeterminación. ¿Y los presos? No, los presos, a los que están libres, les dan lo mismo, decía, porque lo que no quieren es hacer lotes abultados, porque eso baja mucho el valor de lo que se quiere vender. Es decir, como en el Rastro. En los lotes grandes se saca siempre menos que al menudeo. Creían y seguirán creyendo, supongo, que una vez alcancen la independencia, negociarán con el Estado español lo de los presos. No antes.”

(…) Las conversaciones eran casi siempre sobre asuntos políticos, no militares. En una ocasión abordó el asunto de los presos, y fue entonces cuando le confesaron que para ellos esa no era la cuestión prioritaria. O sea, que a los presos también “los dejaron caer”. Al parecer, los propios presos saben que cuando han caído, ya no son nada en la organización.

En cierta ocasión nuestro amigo pidió entrevistarse con el primer ministro británico, para que le contara cómo habían llevado a cabo los acuerdos con el IRA, y TB le dio un consejo, cómo no. Le dijo que fuesen cuales fuesen los acuerdos, deberían escenificar la entrega de armas. No porque las armas tengan mucha importancia (al fin y al cabo el mercado negro está lleno de ellas), sino porque de toda lucha armada, finalmente solo se recordaría esa foto, y quedarían derrotados psicológicamente. Una derrota sin escenificación no vale nada, le dijo. Una derrota sin vencidos es una victoria de los perdedores.(El subrayado es mío).

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Poco más se puede añadir a la elocuencia de las palabras que Trapiello pone en boca de Martí Fluxá, y de cuya veracidad no cabe ninguna duda. La cuestión de los presos no es una sorpresa, pues ya era sabido que nunca ha sido un asunto de interés para la organización a la hora de plantear la negociación con el Estado.

Pero el último párrafo es demoledor y definitivo, como factor a considerar en el proceso de desarme de ETA y disolución de la organización. Todo apunta a que, siguiendo las tesis de TB, debería imponerse una interlocución con ETA por parte del Estado, encaminada a buscar, de una u otra forma, el objetivo por él descrito: la fotografía simbólica. El problema es que hay otras instancias o agentes que, a través de la misma metodología de la fotografía, no solo no parecen perseguir idéntico objetivo, la inmortalización del símbolo de la victoria de unos y la derrota de otros, sino justamente el contrario. Ahí es donde TB deja claras las cosas.

La pregunta clave, por tanto, es: ¿Qué significado queremos dar nosotros a esa fotografía? En función de la importancia que concedamos a la respuesta, el desarme de ETA será objeto de mayor o menor disputa y polémica.

18.2.17

 

 

Desaires públicos, amoríos secretos

Cierto que no es tema de excesiva actualidad. Ha transcurrido una eternidad desde el “incidente” de Louhossoa, con las detenciones de los tres activistas franceses que pretendían destruir un puñado de armas de ETA. El vertiginoso ritmo mediático en el que vivimos se tragó aquéllo y no volverá a nosotros hasta nuevo y relevante episodio de la pesada y larga serie “el final ordenado”. Pero tal vez por eso, porque ahora no hay focos sobre el citado asunto, puede ser oportuno realizar alguna consideración, a la luz de ciertos detalles perceptibles incluso para cualquier observador no especialmente avezado.

Hace unos meses, en pleno fragor partidista pre-investidura y con las cábalas rondando todos los conciliábulos políticos y tertulias mediáticas, ya era bastante evidente que el Partido Popular y el Partido Nacionalista Vasco estaban condenados a entenderse. Era una avenencia que interesaba aquí y allí. Probablemente era muy precipitado que la misma se produjera en la investidura de Mariano Rajoy o en la de Iñigo Urkullu. Sin embargo, a no mucho tardar, quedó de manifiesto que el pronóstico era acertado. Desde hace ya unas semanas, asistimos al cortejo entre ambos partidos. Eso sí, un cortejo muy especial, además de sutil, pues, lejos de las normas de cortesía y galantería propias de tales ceremonias, los achuchones y piropos se presentan trufados de desaires y berrinches, en una representación del sí pero no, con la que se pretende disimular y maquillar lo evidente. Toca jugar al despiste ante sus respectivas huestes, especialmente el partenaire nacionalista del cortejo, que tiene más problemas para vender como presentable un acuerdo con aquéllos a los que ha zarandeado y descalificado con escasa piedad y menos escrúpulos hasta hace bien poco.

En este contexto, en la edición del diario El Correo del día 28 de enero, aparecía la reseña de un acto que organizó el Partido Popular en Bilbao, al que acudió, entre otros destacados líderes del PP español, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. La periodista que cubrió el acto recoge unas declaraciones textuales de ésta, cuando se refirió, en un momento de su intervención, a la cuestión del final de ETA, con ocasión de la decisión de su partido de no participar en la recién creada ponencia de Paz y Convivencia en el parlamento vasco: “Hay que rematarlo bien. Tienen que disolverse y desaparecer“. A continuación, Olatz Barriuso, la redactora de la noticia, añade una interpretación propia de lo que, a su juicio, vienen a significar estas palabras y escribe: “(…) echó por tierra cualquier esperanza del PNV de que exista una acción coordinada entre los gobiernos central y vasco para impulsar lo que suelen llamar final ‘ordenado’ de la violencia“. Y remata con nuevas palabras textuales de la vicepresidenta: “No consiguieron nada cuando hacían lo que hacían y nada van a conseguir cuando han dejado de hacerlo” .

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Es sabido que el Gobierno Vasco lleva una legislatura y la parte que llevamos de la presente echando el resto para conseguir eso del final ordenado; apuesta cuyo máximo valedor es el Secretario General de Paz y Convivencia, abrazado a tal idea ya mucho antes de acceder al cargo que actualmente ocupa. Es sabido también que al PNV le gustaría poner encima de la mesa de negociación con el gobierno central algunas cuestiones relacionadas con la paz y convivencia, además de esas otras de naturaleza “espiritual” como el cupo, las inversiones en el TAV y otras que, sin duda alguna, le preocupan más. En cualquier caso, no es difícil imaginar que la cuestión del final ordenado podría estar en esa mesa que no se sabe muy bien si existe ya o si no existe aún.

Dicen los analistas políticos zurrados en mil batallas, que no hay mejor confirmación de una noticia que el desmentido previo de la misma por un político (especialmente si coloca la venda antes de producirse la herida), así que puede haber un alto grado de probabilidad de que los tiros – perdón – vayan por ahí.

Ya sé que Madrid es una ciudad atractiva y amable, pero no alcanzo a imaginar qué podían hacer en la capital del Reino dos destacados dirigentes del partido gobernante en Euskadi, los días 24 y 25 de enero. No sería aventurado presumir que su visita tuviera que ver con la gestión de asuntos de importancia capital para el partido (y por eso estuvieron los que mandan). ¿Gestionar, negociar?, ¿Qué, con quién? Ahí lo dejo.

Añadamos una observación. Si las políticas de memoria del gobierno vasco son gestionadas por el Instituto Gogora, con su responsable política al frente; las de derechos humanos, por la Dirección de tal negociado; y de los asuntos de víctimas del terrorismo se encarga el asesor nombrado en su día al efecto, ¿Qué hace el Secretario General de Paz y Convivencia?, ¿Cuál es su trabajo real y efectivo? Conocida su ambición respecto al objetivo del final ordenado y sus modos semiclandestinos de actuar, a uno no le cuesta imaginar que esté poniendo su empeño en ello. En la nueva dirección de Sortu hay un responsable del “Conflicto”. Por recordarlo, vaya.

Si en los próximos meses, por un casual, nos desayunamos con la noticia de que se ha alcanzado algún acuerdo para el desarme “ordenado” de ETA, en el que gobierno vasco, mediadores internacionales y alguna suerte de representación de la sociedad civil vasca, hayan tenido algún tipo de papel protagonista, no arquearé las cejas en muestra de asombro o perplejidad. Eso sí, si se diera semejante acontecimiento, que nadie intente convencerme, por favor, de que no cuenta con el visto bueno del mismísimo gobierno de España. Tampoco preguntaré dónde estaba el PSE.

1.2.17

Una coherencia necesaria

Publicado en “Eldiarionorte.es”, el 30 de diciembre de 2016.

En Euskadi ha habido violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos, generadas en un contexto de intensa violencia de motivación política, especialmente protagonizada por ETA y sostenida a lo largo de varias décadas.

Por otra parte, en el conjunto de España, tras el final de la guerra civil y con la instauración del férreo régimen dictatorial militar del general Franco, se llevó a cabo una política sistemática de represión política, con vulneraciones graves de los derechos humanos, también en un periodo temporal que se prolongó varias décadas.

Evidenciamos así que hay, al menos, un elemento común en ambos supuestos: la existencia de violaciones graves de derechos humanos.

Conforme a la doctrina internacional de estos derechos, recogida en tratados internacionales suscritos por España y que, por ello, resultan de aplicación como legislación interna, las víctimas de estas vulneraciones ostentan los derechos a la verdad, la justicia y la reparación.

La legislación sobre víctimas del terrorismo en España, a través de la ley 29/2011, vino a recoger esta idea al afirmar su exposición de motivos lo siguiente:

“Esta Ley asume igualmente una idea relativamente novedosa, que impregna todo su articulado y es que las víctimas del terrorismo son, en efecto, víctimas de violaciones de derechos humanos. Esta tesis refuerza sin duda el estatus normativo de la víctima, vinculando sus derechos a los valores constitucionales y universales de las sociedades abiertas y democráticas y señalando correlativamente obligaciones jurídicas vinculantes para el Estado que aseguran la adecuada compensación de quienes han sufrido el terrorismo.”

Su artículo 2º incorpora la idea al texto normativo así:

“Artículo 2. Valores y finalidad. 1. Esta Ley se fundamenta en los valores de memoria, dignidad, justicia y verdad. Memoria, que salvaguarde y mantenga vivo su reconocimiento social y político. Dignidad, simbolizando en las víctimas la defensa del Estado democrático de Derecho frente a la amenaza terrorista. Justicia, para resarcir a las víctimas, evitar situaciones de desamparo y condenar a los terroristas. Verdad, al poner de manifiesto la violación de los derechos humanos que suponen las acciones terroristas.”

Con mayor atrevimiento, la legislación vasca sobre víctimas del terrorismo ya había abordado, tres años antes, en su ley 4/2008, el mismo planteamiento, tanto en su exposición de motivos como en su texto articulado.

En efecto, memoria, dignidad, justicia y verdad, son las ideas fuerza que fundamentan el dispositivo normativo recogido en la presente Ley buscando en última instancia la reparación integral de la víctima.

(…) se han tomado como fuente de inspiración documentos internacionales, de Naciones Unidas, el Consejo de Europa o la Unión Europea, sobre la protección de las víctimas ante violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos.

En el caso vasco (…) podemos hablar, por tanto, de la existencia de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos, tanto las cometidas por el terrorismo de ETA como las protagonizadas en el pasado por los grupos de extrema derecha y el propio GAL. En este sentido, no se trata de llevar a cabo una transposición al Derecho interno de normas de carácter internacional, sino tan solo de reconocer la conexión interpretativa y doctrinal de las disposiciones recogidas fundamentalmente en el mencionado título II del texto legal. Una de las consecuencias claras y evidentes de esta inspiración se refleja en la definición de derechos de las víctimas. No es baladí que la presente ley trate a las víctimas del terrorismo como sujetos de derechos, aunque el contenido de estos sea esencialmente programático. Y así se enuncia precisamente el mencionado título II. Acogiendo las referencias de los instrumentos internacionales en la materia, afirmamos que los derechos de las víctimas que se originan ante violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos reposan sobre tres pilares básicos, a saber: derecho a la verdad, derecho a la justicia y derecho a la reparación”.

Las administraciones públicas han tenido y tienen referencias legislativas ciertas y precisas para desarrollar sus políticas sobre víctimas del terrorismo, en las cuáles han destacado especialmente las iniciativas de reparación material y reparación moral.

La pregunta que cabe hacerse en este momento, transcurridos cinco años desde el final del terrorismo de ETA y cuarenta después del final de la dictadura es ¿Por qué las víctimas de las violaciones de derechos humanos cometidas por la dictadura franquista no tienen una legislación equiparable a la de las víctimas del terrorismo en cuanto al reconocimiento de sus derechos, si todas ellas lo son de vulneraciones graves de derechos humanos?

Los esfuerzos bienintencionados de la ley 52/2007, conocida como ley de memoria histórica, no han permitido alcanzar el nivel de protección de derechos de las víctimas de la dictadura franquista que luego se plasmaría en las legislaciones sobre víctimas del terrorismo.

Por otro lado, en los últimos años, al amparo de la legislación citada anteriormente, se impulsan numerosas iniciativas públicas de memoria en favor de las víctimas del terrorismo. Hay sectores políticos que se significan especialmente (con razones que comparto) en la defensa y promoción de estas iniciativas. Sin embargo, cuesta aceptar la incongruencia que supone la actitud no solo renuente sino obstativa que estos mismos sectores políticos adoptan cuando se trata de abordar iniciativas de memoria en favor de las víctimas de la dictadura franquista. Una incongruencia que recuerda a la de aquéllos que, en Euskadi, se afanan en dirigir su mirada solo al futuro, mostrando serias reticencias a revisar un pasado que no les deja en muy buen lugar, al tiempo que enarbolan sin pudor la bandera de una memoria histórica algo más remota.

Es imprescindible e inaplazable una revisión de la legislación sobre memoria histórica en España que reconozca los derechos de las víctimas del franquismo a la verdad, la justicia y la reparación, aún con las limitaciones recogidas en la legislación sobre víctimas del terrorismo. Igualmente se impone una reflexión en el ámbito político, presidida por la necesidad de congruencia. Hemos de impulsar políticas de memoria donde las tensiones y polémicas no provengan de las sombras generadas por una insuficiente deslegitimación de la dictadura o del terrorismo, objetivos irrenunciables de cualquier política pública de memoria.

18.12.16

¡No me toques los símbolos! A cuenta del General Millán Astray.

Ya lo he dicho en más de una ocasión. Nunca dejaré de sorprenderme con el potencial movilizador que tienen los símbolos. Creo que lo comenté cuando hablé aquí mismo de la tarea del Comisionado de Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid y de la repercusión de su labor cuando se trata de abordar el tan polémico asunto de la revisión del callejero, en aplicación de la Ley 52/2007, conocida como Ley de Memoria Histórica. Pues bien, llevamos unas semanas a vueltas con una de las propuestas que el citado Comisionado planteó en el mes de julio: la retirada de la calle al General Millán Astray y la denominación de la misma como Avenida de la Inteligencia.

Varias Hermandades de Antiguos Caballeros Legionarios presentaron ante el Ayuntamiento de Madrid un escrito en el que mostraban su desacuerdo con la propuesta y las razones en las que basaban dicha oposición. La Presidenta del Comisionado, Paquita Sauquillo y yo mismo, mantuvimos una reunión con ellos en la que pudieron además, trasladarnos de viva voz sus argumentaciones. Esta misma semana, el Comisionado se ha reunido y ha resuelto las alegaciones presentadas por las Hermandades y, mediante escrito debidamente motivado, presentado y explicado también de viva voz en reunión posterior con sus representantes, rechazó su petición, junto a las razones de la misma.

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Suscitada la polémica, aunque de tono menor, creo de interés dar a conocer aquí la posición mantenida al respecto por el Comisionado de Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid, en lo tocante a la justificación de la propuesta de retirar la calle al General Millán Astray, de manera que reproduzco lo sustancial del escrito entregado a los alegantes.

En primer lugar, el Comisionado quiere dejar muy claro que la decisión adoptada en su propuesta nada tiene que ver con la Legión ni con la fundación de dicha unidad del ejército.

En este sentido, el Comisionado manifiesta su más profundo respeto hacia el cuerpo de la Legión, al tiempo que un reconocimiento sincero de la labor que viene desarrollando en los últimos tiempos, en diversos lugares del mundo, como partícipes de misiones de paz y cooperación en las que participa activamente el gobierno de España.

Tan es así, que este organismo no habría tenido inconveniente alguno en aceptar el estudio de una propuesta para denominar una calle como “Calle de la Legión”, si no fuera porque ya existe una con el nombre de calle del Tercio, en el Distrito de Carabanchel. Como dice Luis Miguel Aparisi en su estudio Toponimia Madrileña (página 1118), la denominación de esta calle constituye un “homenaje a la Legión Española y su Tercio de Voluntarios, fundado por Millán Astray, del que fue primer lugarteniente el comandante Francisco Franco Bahamonde”.

En segundo término, quiere aclarar el Comisionado que la propuesta de retirar la calle al General Millán Astray no se fundamenta en un juicio de valor sobre la biografía completa del citado militar. No se niegan por parte del Comisionado aquellos aspectos dignos de alabanza y aplauso que presenta la trayectoria vital de Millán Astray. Incluso no hay empacho en reconocerlos. Claro que nadie niega la tarea social que llevó a cabo en los últimos años de su vida. Pero ése no es el quid de la cuestión. Y sospechamos que tampoco fueron estos los motivos determinantes que influyeron en los mandatarios municipales madrileños cuando le concedieron el nombre de la calle en la ciudad de Madrid.

Lo que se valora fundamentalmente en la figura de Millán Astray, a efectos de entender aplicable el artículo 15 de la Ley 52/2007, es su condición de Jefe de Prensa y Propaganda del bando sublevado primero y del régimen de dictadura militar implantado tras el final de la guerra civil, después. Entre los cometidos que, en el ejercicio de tal responsabilidad, llevó a cabo, estuvo la creación de Radio Nacional de España.

Es sabida la trascendencia que la radio tuvo como medio de comunicación en el transcurso de la contienda bélica, por su importantísimo potencial propagandístico. La Guerra Civil Española también se disputaba en el terreno de las ondas. La comunicación jugaba un papel fundamental y, en ese contexto, Franco decidió fundar Radio Nacional de España en enero de 1937 y desde entonces tendrá un papel dominante en la maquinaria propagandística franquista. Y colocó al frente de dicha empresa a su leal amigo, el General Millán Astray.

A modo de ejemplo del citado valor y del papel que jugó en la contienda, viene a cuento traer a colación la manera en que el bando nacional pretendió tergiversar la autoría del bombardeo de Guernica, apenas escasos días después del luctuoso acontecimiento, utilizando para ello, las ondas de Radio Nacional de España, con el conocido comunicado “Mentiras, mentiras, mentiras”.

La responsabilidad del general Millán Astray en la maquinaria propagandística durante la propia guerra no es menor, como queda dicho. Y qué duda cabe de que, si bien es cierto que no tuvo una participación directa en acciones bélicas, sí la tuvo y muy activa en el importante frente de la propaganda, que no deja de ser otra manera de participar en la contienda.

El artículo 15 de la Ley 52/2007 dice literalmente:

“Artículo 15. Símbolos y monumentos públicos.

1. Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”.

Pues bien, a los efectos de la aplicación de este artículo, las acciones referidas de la vida de Millán Astray son subsumibles en el concepto de exaltación de la guerra civil y de la dictadura franquista, a juicio de este Comisionado.

Entiende este organismo que el General Millán Astray participó de forma notoria y singular en estructuras políticas que fueron relevantes para el sostenimiento del sistema dictatorial implantado por Franco durante y después de la guerra.

En un plano menor, pero con significación también en la tarea desarrollada por el Comisionado, cabe señalar que el General Millán Astray fue uno de los grandes valedores del General Franco, en su ascenso al liderazgo único de la sublevación militar, con las consecuencias posteriores, en términos de jefatura única del estado.

Cabe recordar que, si bien Millán Astray no estuvo en el mismo momento de la sublevación, por hallarse fuera de España, acudió con la mayor celeridad a sumarse al levantamiento y a ponerse a las órdenes del General Franco, quien, como ha quedado dicho, le asignó las responsabilidades de prensa y propaganda sólo por su condición de general, tal y como lo recuerda en sus memorias quien fue su segundo o mano derecha en esa responsabilidad, el escritor Ernesto Giménez Caballero (“Memorias de un dictador”. 1979).

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En última instancia, y también con rango menor en la motivación de la propuesta realizada, los estudios elaborados sobre el incidente ocurrido en Salamanca el 12 de octubre de 1936, en el que participó don Miguel de Unamuno, y que el Comisionado ha tenido en consideración, apuntan en una dirección distinta a la recogida en el escrito de alegaciones interpuesto. Más bien ratifican la versión más extendida y conocida del mismo. El propio Ernesto Giménez Caballero admite la autoría de Millán Astray respecto al grito “Mueran los intelectuales” (Ibídem, página 88).

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Por último, y al margen ya del fondo de la cuestión, el Comisionado quiere subrayar dos cuestiones:

Por un lado, una afirmación rotunda y contundente respecto a la ausencia absoluta de odio o revanchismo en sus razonamientos y propuestas.

Por otro, el nada baladí recordatorio de que el trabajo del Comisionado se limita a elaborar una propuesta que se elevará al Pleno a finales de año, momento en el cual, cabe suponer que, previo el correspondiente debate, se adoptará el acuerdo pertinente por el Ayuntamiento. No hay acuerdo aún, por tanto, sino solo propuesta.

23.9.16

El ritual de las ausencias

La comida de la Cofradía, el último domingo de cada agosto, día final de las fiestas en Laudio, es un rememorado ritual. Año tras año se despliegan parecidos protocolos, se repiten rutinas y gestos, las imágenes son similares. Desde la preparación de los fuegos para cocinar, los pucheros y cazuelas, los tableros y los bancos corridos para la mesa, la mantelería blanca rematada con las espléndidas jarras de cerámica que contienen el azumbre de vino trasegado en la comida y las hogazas de pan sobre ellas, la proximidad de la hora de comienzo, el gentío arremolinado en torno al pórtico para ver el ambiente… Todo se asemeja a lo ya vivido en tantísimas otras ocasiones, pero lo que, sobre todo, refuerza este carácter ritual es la presencia de las personas concretas: Cada año ocupando el mismo sitio, con los mismos compañeros al lado y enfrente, la misma instantánea en blanco y rojo de los cofrades. Eso, una fotografía, que no una película. Lo estático frente a lo dinámico; la fijación química de un instante de la vida, de un instante repetido cada año el mismo día, en parecida fecha, la misma fotografía.

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Pero todos sabemos que eso no es del todo así; que no todo se repite, que es imposible. Sí, es verdad que el ritual nos permite valorar los cambios habidos en el aspecto de quienes nos rodean, a quienes tal vez no hayamos visto desde la última foto en blanco rojo, 365 días antes. Pero, por encima de eso y sobre todo, lo que rompe el rito de una manera más llamativa y a la vez definitivamente humana es la constatación de las ausencias. Esas pequeñas alteraciones del lienzo que hacen diferente cada imagen anual. Y, con cada ausencia, la punzada de la pérdida, la consciencia del inexorable tempus fugit y de la vida, la melancolía que provoca un tiempo imposible de detener, por más fotografías que uno dispare, y que se nos va llevando poco a poco a todos.

Cuando era pequeño, siempre iba, con mi primo Nacho, al postre de la comida. Corríamos a saludar a nuestros padres, que comían (y comen aún, bendita suerte) juntos en la misma jarra. Sabíamos que la alegría externa que mostraban se traducía en una generosa dádiva monetaria que alegraría nuestro fin de fiesta. También aquella escapada a las mesas era un ritual. Mi padre, mi tío y sus dos amigos y compañeros de jarra, Jesús y Josemari. Siempre igual.

Cuando a partir de mis 16 pude sentarme también yo a comer por primera vez, acudir al postre a la jarra de mi padre a saludarles continuó siendo un ritual. Lo único que había cambiado es que yo era ya uno más de ellos, un cofrade comensal más. Así ha sido, año tras año, durante los últimos 39, excepción hecha del de las inundaciones, en el que no se pudo celebrar la comida de hermandad.

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Ahora que nuevamente se acerca la Cofradía de este año, la fotografía de la mesa que retengo desde la infancia ya no será la misma: A sus 85 años, ha muerto Josemari, el eterno compañero de fiestas de mi padre; la figura cercana, cariñosa y eternamente sonriente que siempre estaba a su lado cuando había que gozar sanamente de la juerga, uno de los cuatro compañeros de jarra en la comida. Tuve la fortuna de disfrutar de su amistad cómplice en los últimos años, una vez que hubo aceptado el reto de ser miembro –como yo– de la Comisión de la Cofradía; pude escuchar de su boca alguna que otra aventura que mi padre jamás me habría contado. Compartir con él, en magnífica compañía, el placer de una buena sobremesa, de agradable charleta, saboreando un habano… Y lo recuerdo con una sonrisa íntima y un punto de emoción, pensando que ahora eso se acabó. Ya no habrá ese brindis que todos los años, en medio de la comida, ofrecía a Aitor, en recuerdo del padre de éste, con quien inició ese también pequeño ritual hace ya muchos, muchos años. No habrá más brindis, ni puros, ni anécdotas, ni emociones vivamente compartidas en tertulias interminables.

Dentro de solo unos días, cuando sentado en mi sitio, a varias mesas de distancia, mire hacia la jarra de mi padre, habrá otra ausencia más, la de nuestro querido Josemari (Jesús ya tuvo que dejarlo, por enfermedad, hace unos años y también ha fallecido recientemente), y esta punzada que ahora siento detrás del esternón volverá a hacerse presente por su falta insustituible, pero también cuando vea a mi padre, a su avanzada edad, comer y brindar un poco más solo, poblado de los recuerdos de tantas cofradías y fiestas como compartió con su buen y fiel amigo…

Transcurren estos días de agosto canicular y acaban de comenzar los “sanrroques” con el bullicio habitual. Hace nada, igual que sucede cada año por estas fechas, el cielo fue inundado por el maravilloso espectáculo de las Perseidas, popularmente conocidas como las Lágrimas de san Lorenzo… Y, ahora que mis dedos abandonan el teclado, pienso en esa lluvia de innumerables meteoritos de alta actividad, que puntualmente nos recuerda la singular belleza de todo aquello que llamamos vida… en su definitiva fugacidad.

2010 - 3Este domingo de la Cofradía, Gotzon, Patxi, Txutxín y yo, compañeros de jarra, daremos inicio a la comida con nuestro ritual de siempre: alzaremos nuestros vasos llenos de vino, los juntaremos en el centro y, mirándonos a los ojos, susurraremos satisfechos “un año más”. Y tendrá más sentido que nunca.

18.8.16

La investidura: 13 píldoras y una conclusión.

Alguien puede entender de vinos, fútbol, astrofísica o historia del pueblo lapón, sacar su tema e incluso lucirse, porque se le nota que controla. Sin embargo, ¿de qué sabe alguien que entiende de política? Desde el candor de esta duda y confesando mi hastío con las informaciones y declaraciones que, alrededor de la investidura del próximo presidente del Gobierno, nos saturan desde hace meses, quiero plantear 13 píldoras reflexivas sobre el momento que vive la política nacional. A ello voy:

1. Ser el partido más votado en las elecciones, con notable diferencia de escaños sobre el siguiente, confiere al PP y a su líder, Mariano Rajoy, la responsabilidad de intentar conseguir la investidura y una posterior formación de gobierno.

2. El ejercicio de dicha responsabilidad se concreta en la negociación con otros partidos, en orden a alcanzar acuerdos que permitan sumar votos suficientes para conseguir el objetivo perseguido de ser investido Presidente del Gobierno.

3. La dificultad que entraña tal responsabilidad es directamente proporcional al número de escaños que faltan al partido ganador de la mayoría absoluta o, al menos, del número de votos necesario para sacar adelante la investidura. Si el PP hubiera obtenido 174 escaños, tan solo habría tenido que negociar el apoyo de un par de diputados más para garantizarse una plácida votación y posterior formación de gobierno.

4. Cuando la empresa a la que uno se enfrenta es sencilla, la consecución del éxito no requiere gran esfuerzo o sacrificio. En el ejemplo de los 174 diputados, no habría resultado extremadamente laborioso hacerse con el respaldo de ese par de escaños adicionales. Y, sobre todo, a buen seguro, no habrían resultado sacrificados demasiados postulados del programa electoral propio. El precio habría sido barato.

5. Cuando el reto es complicado, solo puede abordarse desde la convicción de que es imprescindible un gran esfuerzo y, muy probablemente un importante sacrificio. Diría que es el caso actual del PP, con 137 escaños. Parecía pues, lógico y razonable, esperar que Mariano Rajoy, consciente de todo ello, se hubiera dispuesto a afrontar un arduo y complicado proceso de negociación.

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6. Para afrontar esta negociación, y como consecuencia de lo afirmado, el líder del PP debería tener en consideración dos premisas: la diversidad de partenaires posibles para alcanzar la cifra mágica (opciones diversas, por tanto) y la necesidad de un planteamiento muy dúctil y flexible respecto a su propio programa electoral, pues, en este caso, tiene que “comprar” más y, por tanto, el precio no es barato.

7. El resto de partidos políticos, especialmente PSOE y Podemos —que sí podrían haber ahorrado a Rajoy el trance de intentar siquiera nada— dirán públicamente lo que quieran, pero han demostrado su incapacidad o su total ausencia de voluntad para alcanzar un acuerdo alternativo entre ellos mismos. Por ello, me permito excluirlos de esta reflexión.

8. Defiendo la validez del símil negociación política – compraventa, para este caso. Do ut des. Si Rajoy quiere algo, tiene que dar algo. Él, y solo él, tiene lo que pueden llegar a querer los vendedores que guardan celosos el producto añorado por el PP: el sentido de sus votos en la investidura. Entra en funcionamiento el juego de la oferta y la demanda, que acaba fijando el precio.

9. Cuando alguien quiere comprar, y más si lo hace por necesidad, asume la responsabilidad del proceso a seguir para que la operación llegue a buen puerto. Eso incluye seducir al potencial vendedor, primero para que negocie y luego para alcanzar un acuerdo de compraventa con él (lo de “¡es que no quiere ni sentarse a negociar!” no solo no es de recibo, sino que mueve a la risa y más si hablamos de política).

10. Desconozco si Rajoy y el PP han salido con la bolsa a comprar lo que necesitan (y lo de la bolsa es una metáfora blanca, no se me revolucionen, a pesar de haber motivos sobrados para ello), pero uno tiene la sensación de que, si lo ha hecho en verdad, pretende gastar muy poco o incluso intenta que le regalen el producto que busca.

11. Mariano Rajoy, líder del PP, el llamado a intentar la investidura, el líder del partido más votado, el que botaba la noche electoral celebrando su triunfo, tiene la obligación de dejarse la piel en el intento negociador. Solo podrá eludir su responsabilidad cuando demuestre que los vendedores le piden un precio superior a lo que lleva en su bolsa o un precio que él no está dispuesto a pagar. Y en ambos casos deberá explicar públicamente que no tiene tanto dinero o por qué no quiere pagar el que le piden.

GRA797. MADRID, 26/06/2016.- El presidente del Gobierno en funciones y líder del PP, Mariano Rajoy (2i), junto a su mujer Elvira Fernández (i), la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal (d), la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes (2d), y el jefe de Gabinete del presidente, Jorge Moragas (d), durante su comparecencia ante los simpatizantes en el exterior de la sede del partido, en la madrileña calle Génova, tras conocer los resultados de las elecciones generales del 26J. EFE/Javier Lizón

12. PP (137) + Ciudadanos (32) + PNV (5) + Coalición Canaria (1) = 175. Es el centro derecha de la cámara, ¿no? ¿No habrá suficiente “Do” para que haya el necesario “Des” ahí? ¡Ja!

13.- No es fácil olvidar la imagen de un PP soberbio y altanero en su mayoría absoluta de cuatro años pasados, ajeno a contestaciones y protestas sociales y poco amigo de negociaciones y acuerdos políticos que no sentía necesitar y cuya bondad o conveniencia no valoraba en absoluto. No debe ser fácil el cambio de chip.

Conclusión: Es difícil aceptar algunos planteamientos del debate acerca de la responsabilidad sobre unas eventuales terceras elecciones. Resulta vergonzoso el intento de desplazar la responsabilidad principal del sainete hacia terceros actores. Perplejidad provocan las apelaciones para ello a un cacareado sentido de Estado, que, según parece, afecta al resto de partidos, que no al PP. Pero, claro, en el fondo todo esto se entremezcla con los intereses ocultos existentes en algunos partidos políticos y las batallas ajenas al interés público que se están dilucidando al socaire de la investidura. Me parece todo una auténtica vergüenza, que califica a aquellos políticos y medios de comunicación que protagonizan y participan en y de tan lamentable espectáculo.

Por favor, que no sigan intentando engañarnos y que cada quien asuma la responsabilidad que realmente le corresponde en este juego democrático. Intenten, siquiera por una vez, estar a la altura de su habitual retórica. De lo contrario, la sociedad española a la que tendrían que representar, continuará pagando su mediocridad y esto es algo que, difícilmente, les podremos perdonar.

5.8.16