Federalistas del País Vasco

Soy uno de los firmantes de este manifiesto que propugna una reforma constitucional para definir un sistema federal como estructura territorial idónea para el Estado español y como el marco más adecuado para el encaje del autogobierno vasco en el mismo.

Lo reproduzco aquí, en la convicción del gran interés que tiene para cuantos se preocupan por las cuestiones territoriales e identitarias en nuestro país, con Euskadi y, en este momento, especialmente Cataluña, como especiales focos de atención.

 

1. Quienes firmamos este manifiesto queremos apoyar la reforma federal del Estado como expresión de nuestra defensa del autogobierno vasco, de nuestro compromiso con una España más equitativa y solidaria y con una Europa social y políticamente más cohesionada.

2. Proponemos la construcción colectiva de una alternativa federal como la mejor forma de articular el poder político en esos tres ámbitos. El proyecto federal es, por encima de todo, una profunda expresión de los ideales democráticos, su mejor realización, especialmente en sociedades en las que conviven identidades y sentimientos de pertenencia diversos. Es garantía de paz política porque pretende la libertad que armoniza de forma respetuosa lo propio y lo ajeno, lo singular y lo colectivo; paz que se pone en riesgo cuando se opta por exacerbar los sentimientos patrióticos.

3. La salud y robustez de nuestra democracia resulta indisociable de la existencia de una sólida estructura de autogobiernos territoriales. Y a la inversa, sin que pueda imaginarse una sin otra. Por ello, consideramos graves tanto la pretensión de una creciente centralización del Estado como los intentos de ruptura del mismo porque ponen en riesgo la estabilidad democrática.

4. El proyecto federal requiere ser alimentado permanentemente por una ‘cultura’ federal. Exige la asunción de un sentimiento compartido de responsabilidad; que cada persona se sienta responsable de los intereses de las demás y del conjunto de la sociedad. El espíritu federal requiere reconocer lo que tenemos en común y querer preservarlo, defender la voluntad de estar juntos, porque así estamos y estaremos mejor. Este es también el espíritu de la integración europea. Hemos avanzado mucho en la construcción de esa ‘cultura’ federal, pero es mucho, todavía, lo que nos queda por recorrer en una tarea colectiva.

5. Propugnamos un autogobierno amplio y profundo, fundamentado en la lealtad recíproca. Que se asiente sobre la equidad en la relación entre los distintos territorios y en la equilibrada articulación del conjunto del sistema. Que tenga como fundamento la solidaridad y cuyo complemento sea la responsabilidad en la gestión de los recursos que cada comunidad recibe.

6. El Estatuto de Autonomía, en el marco de la Constitución de 1978, dota al País Vasco de un autogobierno que, por primera vez, merece tal calificativo. Esta Constitución ha establecido un sistema de autonomías territoriales sólido y duradero, asimilable al de los países federales de más larga tradición en el mundo democrático, lo que demuestra la importancia de la actual experiencia de autogobierno.

7. Todo sistema político necesita ajustes periódicos. El reconocimiento del enorme logro histórico que supone el actual autogobierno no puede hacernos ignorar los problemas en su funcionamiento. La importancia de lo logrado hasta ahora no debe ser motivo de autosatisfacción paralizante. Por ello, consideramos indispensable la reforma constitucional. Hay que afrontar los problemas y tratar de darles la mejor solución. Negarse a ello pondrá en riesgo la estabilidad y la salud del sistema en su conjunto.

8. En su configuración actual, la Constitución no puede garantizar el funcionamiento adecuado del sistema autonómico porque carece de los elementos necesarios para su buen gobierno (estructura y método eficaz de relaciones intergubernamentales, adecuada delimitación de las competencias respectivas o principios claros y efectivos para la distribución de recursos financieros, entre otros). Elementos que en las federaciones más sólidas se han demostrado esenciales para garantizar la estabilidad y la paz política.

9. Por otra parte, la Constitución contiene elementos extraños a los sistemas federales que resultan contraproducentes y fuente de importantes problemas. Muy destacadamente, la ambigüedad en la distribución de competencias en los estatutos de autonomía –que provoca, entre otros, el interminable conflicto sobre las transferencias- y la reserva al Estado de la determinación de “lo básico” como columna vertebral de la distribución del poder, que deja en sus manos la determinación en cada momento de hasta dónde llega su capacidad de intervención. El resultado es un nivel de conflictividad sin parangón en ningún otro sistema federal, provocando fuertes tensiones políticas y propiciando la descalificación del sistema por quienes alientan la ruptura.

10. Para que sea exitosa, la reforma debe aprender de las mejores experiencias. No es una cuestión nominal. Lo que importa no es cómo se defina el sistema de autonomías territoriales o cómo lo llamemos, sino su fundamento político, las técnicas que incorpore y las experiencias en que se inspire. El mejor referente lo constituyen los países federales políticamente cercanos, como Alemania, Suiza, Canadá o Austria. Cada uno con sus peculiaridades garantizan la estabilidad, combinando adecuadamente integración (shared rule) y reconocimiento de la diversidad (self-rule).

11. Pero cada país tiene sus peculiaridades, su propia idiosincrasia, a las que la Constitución debe dar adecuada respuesta. En nuestro caso, es ineludible el reconocimiento de peculiaridades y especificidades, de ‘asimetrías’, que también tienen acogida en sistemas federales clásicos. Sistema federal no es sinónimo de uniformidad absoluta. Pero las singularidades deben tener sólido fundamento y no pueden afectar a la coherencia del conjunto del sistema ni a la equidad en el trato a las distintas comunidades que lo integran, porque, de lo contrario, se convierten en fuente de inestabilidad.

12. La reforma de los elementos esenciales del autogobierno territorial, la resolución de sus más importantes problemas de forma eficaz, exige la reforma de la Constitución. Es una condición previa y necesaria para una más idónea configuración del autogobierno del País Vasco, garantizando, al tiempo, la estabilidad del sistema político español en su conjunto, la salud democrática y el reconocimiento de nuestra personalidad. Pretender hacerlo a través de la reforma del Estatuto de Autonomía, al margen o en lugar de aquella, es una vía de corto recorrido que malgastaría infructuosamente energías políticas y generaría frustración en la sociedad vasca.

13. Quienes firmamos este manifiesto no queremos que la sociedad vasca se vea embarcada en procesos y objetivos inviables abocados al fracaso, ni malgastar inútilmente nuestras energías en salidas que generan su fractura interna, polarizándonos en dos partes enfrentadas de forma irreconciliable y situándonos políticamente al borde del abismo. A nuestro juicio, las propuestas de ruptura no son –no pueden ser- la mejor vía de defensa de los intereses de la sociedad vasca.

14. Una reforma constitucional en este sentido federal y la consiguiente reforma del autogobierno en línea con lo expresado anteriormente contarían con un importante respaldo de la sociedad vasca, según confirman todas las prospecciones sociológicas que periódicamente se realizan en nuestro país. Por el contrario, las alternativas de confrontación o ruptura son las que obtienen un respaldo considerablemente más débil. La estructura federal es el espacio más favorable para el encuentro de quienes integramos la sociedad vasca –sea cual sea nuestro sentimiento nacional de pertenencia- en la tarea de construir juntos el futuro de nuestro país.

15. Nuestro planteamiento se complementa con la idea de una Europa crecientemente federal. Ganamos más compartiendo más. Las dificultades en el desarrollo del proceso de integración europea hacen más imperioso su impulso. Sin él no será sostenible el tipo de sociedad que ha caracterizado a Europa en los últimos setenta años. El objetivo de una Europa federal exige asumir los procesos de integración de los estados que ya se han realizado en la historia, para mejorarlos y no para destruirlos. Es en esa Europa crecientemente federal en la que la España federal encontrará mayor coherencia y mejor desarrollo.

 

Los firmantes:

26.10.18

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Unas cañas productivas

Antes de ayer estuve de cañas por el barrio y en un bar me topé con un chaval majete que, sin más, se unió a mí. Debimos de caernos bien, porque, sin mayores preámbulos, nos liamos a hablar. Resultó ser, según me dijo, sobrino de Pedro Arriola. Sí, el que está a la verita de Mariano. Y resultó también que, a la cuarta caña, se le fue aflojando la lengua. “¿Que si me interesa lo que está pasando en Cataluña? Claro, mucho”. Y fue ahí cuando empezó a irse de la mojarra.

Me fue contando que Mariano ha tenido y tiene un plan, por supuesto; que bueno es su tío para eso; que no vaya a pensar que improvisa, que lo de Berlanga que dicen es solo cine. Y siguió con que el presi siempre ha tenido claro que, en algún momento, tendría que negociar con los indepes, pero que para eso, es un maestro él; que la regla de oro de toda negociación es sentarse a la mesa en la mejor posición previa; o sea, en posición de fuerza y no de debilidad. Que todo lo que ha hecho, hace y hará, está encaminado a ese fin y que, por eso, no movió ficha en los meses previos al 1-O para dialogar o negociar; que la cosa pintaba chunga para él, porque Puigdemont y su tropa estaban muy fuertes y él no las tenía todas consigo ni en su propia casa, ni con los partidos que, teóricamente, deberían apoyarle. En fin, que eso explica por qué esperó a que se acercara la fecha clave.

Como la quinta birra le continuaba inspirando, me informó de que, poco antes del día D, Mariano inició sus movimientos (aparte de lo del Tribunal Constitucional y la Fiscalía, claro). Que para entenderlo bien, repare en estos tres hitos: a) Primero suelta el presi aquello de “no me obliguen a hacer lo que no quiero hacer”, lo cual todo el mundo interpreta como lo que es, es decir, una amenaza. b) Después sacamos a la poli el día del referéndum para dar unas cuantas hostias a la gente corriente y moliente, que es la que apoya y sustenta el movimiento independentista, claro, para que vean cómo las gastamos y, sobre todo – y aquí está la clave del asunto – cómo podemos llegar a gastarlas si llegara el caso. Que mucha gente pensó que lo que quería el gobierno era impedir que la gente votara, ja. Eso nos importaba un carajo. Lo importante eran la leña, el clima de intimidación y el vértigo. Y c) rematamos poniendo al Rey a gesticular con la mano, en modo porra de autoridad, de manera que todo el mundo entiende a la perfección lo que hay – y lo que va a haber – si alguien no lo remedia. Que, por cierto, lo del Rey serviría también para quitar de la cabeza al socialista este cualquier tentación de embarcarse en aventuras extrañas con esa bazofia de comunistas, trotskistas e independentistas de todo pelaje.

 

 

Trago va, trago viene, el amigo continuó: Que si después de todo eso, la gente no tiene canguelo es para hacérselo mirar. Y que ha salido todo bastante bien, porque seguirán siendo tanto o más indepes y estando incluso más cabreados con nosotros, pero tienen ya inoculado el virus del miedo. Que si las empresas cambian de sede social y se van de Cataluña; que si mucha gente  corre a poner los ahorros en oficinas bancarias de territorios fronterizos, que si…Y el miedo se extiende con facilidad. Y el miedo, amigo mío, te hace débil.

Me preguntó si no había visto el cartel de “sopitas” que llevaba grabado Puigdemont en el trocillo de frente que se le ve, el otro día, en su comparecencia televisiva a modo de réplica de la del Rey; que ahora habla de aceptar mediación y tal y cual; que se le ve en el bolsillo la puntita del pañuelo blanco que empieza a querer sacar. Y a Mariano ya solo le queda apretar un poquito más para que el asunto esté al pil-pil y ya pueda abrir la mano y preparar la mesa donde se sentará como un pánzer frente a un mosquito. Que entonces ya vendrá, si es que ha de venir, eso de la magnanimidad del vencedor y lo de no humillar y tal y cual. Pero que, muy probablemente, en esa mesa se pueda ventilar el asunto con poca cosa, o séase, con lo que los catalanes rechazaron hace unos años: el asunto de los dineros de los impuestos y el blindaje de las competencias en materia de cultura y educación. Pero España unida, oye, como dios manda. Y que los indepes volverán a ese porcentaje del 25%, más o menos, que siempre han sido. Y las aguas a su cauce en cosa de dos o tres años.

Terminó diciéndome que la gente cree que Mariano es tonto y está muy equivocada; que es un estratega de primera, con subida de ceja o sin ella.

La locuacidad de mi compañero de barra me dejó perplejo, sin capacidad de reacción en ese momento “¿De quién has dicho que eras sobrino?” Pero desapareció con la misma velocidad con la que se acercó a mí unas jarras antes.

Ayer volví a la ruta de cañas de nuevo. Un día duro de trabajo bien se merecía refrescar un poco el gaznate con esa maravilla de mahou que tan bien tiran en Madrid. El bar me gusta, así que volví al mismo donde el día anterior había hecho mi nueva amistad. Y, ¡oh, cielos!,  allí estaba de nuevo. Acompañado, en esta ocasión, de otro tipo con el que parecía mantener una apasionada conversación. Me acerqué, pero no pareció reconocerme. Pegue la oreja un momento. Lo justo para oírle decirle a su nuevo acompañante “¿Qué, te gusta el tenis? Pues ya ves, yo soy primo de Rafa Nadal. Te voy a contar el secreto de Rafa para haber regresado al primer nivel del tenis mundial”.

Giré rápido mi cabeza, levanté el vaso que sostenía en mi mano y, de volquete, apuré la media caña que me quedaba. Luego pagué y abandoné el local con cara de perfecto gilipollas.

7.10.17

 

¿Para quién y para qué el referéndum?

En Extremadura nadie reivindica el derecho de autodeterminación ni el llamado derecho a decidir. Lógico, nadie plantea separarse del resto de España y no parece muy razonable pretender una consulta para ratificar que quiere seguir como está. Los referéndum los plantean quienes quieren cambiar su actual estatus. O sea, en Cataluña, los independentistas, que plantean un referéndum para conseguir la independencia. Su objetivo no es votar, como pretenden vender algunos; su objetivo es la independencia de España. Votar, sí, pero como medio o herramienta para conseguir el fin pretendido.

Hay otros, sin embargo, que conciben el derecho a decidir y el referéndum como un objetivo en sí mismo, en tanto en cuanto, creen que habría de permitir resolver (mejor diríamos gestionar, pero eso es otro problema) el conflicto político planteado en Cataluña por el déficit de apoyo social al actual marco jurídico político. Para éstos, el objetivo sí es votar. Porque creen que solo así, se puede avanzar democráticamente en la gestión/solución del problema.

Estos últimos hace tiempo que comprobaron que el camino emprendido por el Govern y los dirigentes sociales del procés no iba a servir para mejorar la situación o resolver el problema. La unilateralidad, la falta de mayorías sociales suficientes, la ausencia de garantías en todo el proceso, la clandestinidad obligada del mismo, que repercute directamente en los mínimos democráticos exigibles, etc. conferían al referéndum del 1 de octubre un marchamo de ineficacia inadmisible. Intuyeron que ese camino no llevaba a nada bueno y no lo apoyaron, a pesar de que, insisto, defiendan el derecho a decidir y la necesidad de un referéndum, pero con otras condiciones y bajo otros parámetros.

Los primeros, sin embargo, los partidarios de la independencia a cualquier precio, siguieron adelante con su iniciativa, probablemente conscientes (al menos, sus dirigentes) de que no la conseguirán en este envite, pero sabedores de que habrán dado una gran paso hacia ella de cara a un futuro mediato.

En éstas, empieza moverse el Gobierno del PP, con don Tancredo Rajoy a la cabeza. Un gobierno y un partido que en siete años no han considerado como tal lo que constituye un grave problema político: el hecho de que un 48% de los catalanes quiera irse de España y constituir un estado independiente. Un gobierno que ha dejado pudrir el problema con su obstinada cerrazón al diálogo y su tendencia a declinar las responsabilidades que le corresponden en la gestión propia del gobierno de todos los españoles. Su movimiento ha sido aferrarse a la Ley y azuzar a jueces, fiscales y policías, para garantizar su cumplimiento. Con brocha bien gorda, estirando las costuras del estado de derecho hasta que crujan sin pudor. Con una parte de la constitución por bandera (su artículo 2, la unidad de España) y menospreciando otra bien importante (el artículo 10 y siguientes, de los derechos y libertades fundamentales). Toma porra o Maza, lo que sea.

Esta actitud del gobierno ha provocado una reacción en amplios sectores sociales de toda España en contra del ataque a las libertades. Ha conseguido unir a una importante mayoría contra esa política retrógrada y, lo que es peor, ha conseguido que se diluyan incluso las responsabilidades que, en la generación de todo este lío tienen los propios dirigentes del procés y el Govern catalán.

Y es aquí donde, a mi juicio, se comete un importante error estratégico. Sumarse a las movilizaciones contra la política de Rajoy y el Gobierno central, asumiendo lemas del tipo “No es independencia, es democracia”, parece razonable, puesto que es imprescindible la movilización contra esa visión cicatera de los derechos y libertades e incluso contra la torpeza política a la hora de encarar el problema que supone la convocatoria del referéndum de este domingo. Pero no podemos dejar de lado que existe el riesgo de que estas movilizaciones supongan, de facto, una legitimación de la iniciativa del 1-O.

Es imprescindible distinguir y diferenciar con nitidez que una cosa es protestar contra la política de Rajoy, y otra, bien distinta, amparar la promovida por Puigdemont y sus socios. Las exageraciones que estamos viendo en la represión del referéndum del domingo no blanquean ni disuelven los errores de bulto existentes en la iniciativa del Gobierno de la Generalitat y los dirigentes independentistas.

El referéndum del 1 de octubre es el referéndum de los independentistas. No será nunca el referéndum de quienes creen (creemos) que el paso por las urnas en una consulta debe contribuir a solucionar o gestionar democráticamente el problema de Cataluña. Y que nadie dude de que toda la movilización de estos días, especialmente la del domingo, será utilizada por los dirigentes del procés en beneficio propio y en defensa de sus intereses.

No aclarar esto antes del 1-O hace muy complicado explicarlo después, cuando alguien crea que es el momento de dar un paso más y llevar a cabo una declaración unilateral de independencia u otra maniobra similar.

Equidistancia lo llaman algunos. Y tienen razón. No es la misma exactamente entre una y otra, pero hay distancia respecto a ambas partes.

30.9.17

 

El fracaso de la política

Hace unas semanas, Aiaraldea, medio de comunicación cuyo ámbito territorial es Laudio y su comarca, me pidió una reflexión sobre el referéndum catalán del 1 de octubre. Como todas las colaboraciones con este medio, la mayor complicación, para mí, consiste en ajustarme a los 1.300 caracteres de que dispongo. Lo de siempre. Expresar una idea en poco espacio. Lo escribí el 11 de septiembre. Probablemente hoy no lo modificaría. Han ocurrido muchas cosas y muy relevantes desde entonces: la torpeza de un gobierno central socavando derechos y libertades fundamentales; el incremento de la crispación social; la ceguera política de unos y otros; la constatación de que no habrá siquiera simulacro de referéndum; el imprevisible impacto en la sociedad catalana de cuanto está sucediendo, en términos de posicionamiento a favor de la independencia, de cara a un futuro más que incierto, con la difícil gestión de la frustración; la imperiosa necesidad de nuevos liderazgos políticos que renueven el viciado aire del asunto Catalunya, etc. Pero todo esto queda, si acaso, para otra ocasión.

Así dice el artículo publicado.

En los últimos años, se ha acentuado (promovido) intensamente el sentimiento anti-español en Catalunya y el anti-catalán en España. Se puede hablar sin ambages de desprecio y odio mutuo en amplios sectores de las dos sociedades.

La grave irresponsabilidad de dirigentes del PP y algunos del PSOE, por un lado, y de buena parte del independentismo catalán por otro, ha contribuido decisivamente a traducir estos sentimientos en políticas concretas. Han vendido que querían y ofrecían diálogo cuando aceptaban y alentaban una confrontación que les convenía. Y así hemos llegado hasta hoy.

“Ustedes ponen tricornios y nosotros ponemos urnas”. Este es el nivel del debate político actual. Penoso, demagógico, carente de didáctica y alentador de la crispación y la tensión social por ambas partes, que irán “in crescendo” lamentablemente.

Catalunya es hoy el fracaso de la política y el fracaso de la democracia. Sufre la libertad. Solo queda desear que la campaña previa de estos días y la frustración que provoque el fiasco del referéndum no traiga consigo otras cosas peores. Habiendo dado los vascos motivos más que suficientes para que nos valoren mal en el resto de España, aún consideran mucho peor a los catalanes. Extraña paradoja. La esperanza está en el 2-O.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 24 de septiembre de 2015.

La investidura: 13 píldoras y una conclusión.

Alguien puede entender de vinos, fútbol, astrofísica o historia del pueblo lapón, sacar su tema e incluso lucirse, porque se le nota que controla. Sin embargo, ¿de qué sabe alguien que entiende de política? Desde el candor de esta duda y confesando mi hastío con las informaciones y declaraciones que, alrededor de la investidura del próximo presidente del Gobierno, nos saturan desde hace meses, quiero plantear 13 píldoras reflexivas sobre el momento que vive la política nacional. A ello voy:

1. Ser el partido más votado en las elecciones, con notable diferencia de escaños sobre el siguiente, confiere al PP y a su líder, Mariano Rajoy, la responsabilidad de intentar conseguir la investidura y una posterior formación de gobierno.

2. El ejercicio de dicha responsabilidad se concreta en la negociación con otros partidos, en orden a alcanzar acuerdos que permitan sumar votos suficientes para conseguir el objetivo perseguido de ser investido Presidente del Gobierno.

3. La dificultad que entraña tal responsabilidad es directamente proporcional al número de escaños que faltan al partido ganador de la mayoría absoluta o, al menos, del número de votos necesario para sacar adelante la investidura. Si el PP hubiera obtenido 174 escaños, tan solo habría tenido que negociar el apoyo de un par de diputados más para garantizarse una plácida votación y posterior formación de gobierno.

4. Cuando la empresa a la que uno se enfrenta es sencilla, la consecución del éxito no requiere gran esfuerzo o sacrificio. En el ejemplo de los 174 diputados, no habría resultado extremadamente laborioso hacerse con el respaldo de ese par de escaños adicionales. Y, sobre todo, a buen seguro, no habrían resultado sacrificados demasiados postulados del programa electoral propio. El precio habría sido barato.

5. Cuando el reto es complicado, solo puede abordarse desde la convicción de que es imprescindible un gran esfuerzo y, muy probablemente un importante sacrificio. Diría que es el caso actual del PP, con 137 escaños. Parecía pues, lógico y razonable, esperar que Mariano Rajoy, consciente de todo ello, se hubiera dispuesto a afrontar un arduo y complicado proceso de negociación.

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6. Para afrontar esta negociación, y como consecuencia de lo afirmado, el líder del PP debería tener en consideración dos premisas: la diversidad de partenaires posibles para alcanzar la cifra mágica (opciones diversas, por tanto) y la necesidad de un planteamiento muy dúctil y flexible respecto a su propio programa electoral, pues, en este caso, tiene que “comprar” más y, por tanto, el precio no es barato.

7. El resto de partidos políticos, especialmente PSOE y Podemos —que sí podrían haber ahorrado a Rajoy el trance de intentar siquiera nada— dirán públicamente lo que quieran, pero han demostrado su incapacidad o su total ausencia de voluntad para alcanzar un acuerdo alternativo entre ellos mismos. Por ello, me permito excluirlos de esta reflexión.

8. Defiendo la validez del símil negociación política – compraventa, para este caso. Do ut des. Si Rajoy quiere algo, tiene que dar algo. Él, y solo él, tiene lo que pueden llegar a querer los vendedores que guardan celosos el producto añorado por el PP: el sentido de sus votos en la investidura. Entra en funcionamiento el juego de la oferta y la demanda, que acaba fijando el precio.

9. Cuando alguien quiere comprar, y más si lo hace por necesidad, asume la responsabilidad del proceso a seguir para que la operación llegue a buen puerto. Eso incluye seducir al potencial vendedor, primero para que negocie y luego para alcanzar un acuerdo de compraventa con él (lo de “¡es que no quiere ni sentarse a negociar!” no solo no es de recibo, sino que mueve a la risa y más si hablamos de política).

10. Desconozco si Rajoy y el PP han salido con la bolsa a comprar lo que necesitan (y lo de la bolsa es una metáfora blanca, no se me revolucionen, a pesar de haber motivos sobrados para ello), pero uno tiene la sensación de que, si lo ha hecho en verdad, pretende gastar muy poco o incluso intenta que le regalen el producto que busca.

11. Mariano Rajoy, líder del PP, el llamado a intentar la investidura, el líder del partido más votado, el que botaba la noche electoral celebrando su triunfo, tiene la obligación de dejarse la piel en el intento negociador. Solo podrá eludir su responsabilidad cuando demuestre que los vendedores le piden un precio superior a lo que lleva en su bolsa o un precio que él no está dispuesto a pagar. Y en ambos casos deberá explicar públicamente que no tiene tanto dinero o por qué no quiere pagar el que le piden.

GRA797. MADRID, 26/06/2016.- El presidente del Gobierno en funciones y líder del PP, Mariano Rajoy (2i), junto a su mujer Elvira Fernández (i), la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal (d), la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes (2d), y el jefe de Gabinete del presidente, Jorge Moragas (d), durante su comparecencia ante los simpatizantes en el exterior de la sede del partido, en la madrileña calle Génova, tras conocer los resultados de las elecciones generales del 26J. EFE/Javier Lizón

12. PP (137) + Ciudadanos (32) + PNV (5) + Coalición Canaria (1) = 175. Es el centro derecha de la cámara, ¿no? ¿No habrá suficiente “Do” para que haya el necesario “Des” ahí? ¡Ja!

13.- No es fácil olvidar la imagen de un PP soberbio y altanero en su mayoría absoluta de cuatro años pasados, ajeno a contestaciones y protestas sociales y poco amigo de negociaciones y acuerdos políticos que no sentía necesitar y cuya bondad o conveniencia no valoraba en absoluto. No debe ser fácil el cambio de chip.

Conclusión: Es difícil aceptar algunos planteamientos del debate acerca de la responsabilidad sobre unas eventuales terceras elecciones. Resulta vergonzoso el intento de desplazar la responsabilidad principal del sainete hacia terceros actores. Perplejidad provocan las apelaciones para ello a un cacareado sentido de Estado, que, según parece, afecta al resto de partidos, que no al PP. Pero, claro, en el fondo todo esto se entremezcla con los intereses ocultos existentes en algunos partidos políticos y las batallas ajenas al interés público que se están dilucidando al socaire de la investidura. Me parece todo una auténtica vergüenza, que califica a aquellos políticos y medios de comunicación que protagonizan y participan en y de tan lamentable espectáculo.

Por favor, que no sigan intentando engañarnos y que cada quien asuma la responsabilidad que realmente le corresponde en este juego democrático. Intenten, siquiera por una vez, estar a la altura de su habitual retórica. De lo contrario, la sociedad española a la que tendrían que representar, continuará pagando su mediocridad y esto es algo que, difícilmente, les podremos perdonar.

5.8.16

La responsabilidad del PSOE. Entre el 20-D y el 26-J.

Sería curioso el resultado de sumar las horas de tertulias televisivas y radiofónicas que, desde la noche del 20 de diciembre pasado, se han ocupado en aventurar, predecir y pronosticar el futuro del próximo gobierno de España. A lo largo de estos meses, decenas de tertulianos, analistas, periodistas, políticos y expertos de toda índole y adscripción se han devanado los sesos en la  tarea de ilustrar y mantener entretenida a la ciudadanía,  ejercitando el arte de la hermenéutica, en relación a los movimientos de los partidos políticos partícipes, por activa o por pasiva, en el proceso de negociación para alcanzar un acuerdo que les permitiera formar gobierno.

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En tal sentido, los protagonistas no han escatimado esfuerzos a la hora de suministrar abundante y variopinto material susceptible de interpretación, facilitando con ello las idas y venidas entre variables y opciones posibles que, cual espejismos intermitentes, tan pronto se daban casi por reales y ciertos, como se esfumaban sin motivo, perdiéndose en el limbo de las quimeras.

Llevamos semanas esclavizados por el abuso de la especulación; con nuestra realidad cotidiana colonizada por suposiciones y acertijos. Un gesto, una palabra, una actitud, una mirada casi, de nuestros líderes políticos han sido elementos suficientes para despertar la voracidad de opinadores profesionales y diletantes a la hora de hacer cábalas, en no pocas ocasiones interesadas y/o voluntaristas, acerca de la marcha y el resultado de las negociaciones o de la ausencia de éstas.

Al final, parece que en la ciudadanía ha quedado como poso una sensación, si no de cansancio y saturación (esto lo veremos en el índice de abstención, si es que se repiten definitivamente los comicios), sí de estar ante una situación de extraordinaria complejidad. Como si esto de alcanzar acuerdos importantes entre partidos políticos fuera un asunto que exigiera, unas dosis fuera de lo común de voluntad, esfuerzo e incluso fortuna, con las que abordar una tarea titánica semejante a la cuadratura del círculo.

Sin embargo, no comparto esta visión que da por buena la complejidad del proceso de conformación de un nuevo gobierno. Y apuesto por un planteamiento tan sencillo como comprensible, a riesgo de ser tildado de iluso o simple.

Parto de la premisa según la cual, el PSOE es el único partido que tiene ante sí varias opciones entre las cuáles elegir, en orden a liderar el intento de formar gobierno. Y ello porque el PP solo tiene la opción de alcanzar un acuerdo con el PSOE, con o sin la inclusión de Ciudadanos en el mismo paquete. Es la llamada “gran coalición”, suponga ello la participación del PSOE en el gobierno, un pacto que sustente un gobierno monocolor del PP o simplemente la abstención en la investidura. Pero esa opción solo tiene una puerta: la del acuerdo con el Partido Socialista. No hay más.

Por contra, los socialistas tienen dos caminos diferentes a seguir, con una tercera opción añadida: pactar con su derecha, pactar con su izquierda o no hacerlo con ninguna de las dos. A la derecha, Ciudadanos y el Partido Popular; y dan los números. Y a la izquierda, Podemos y otros grupos del ámbito de la izquierda y el nacionalismo periférico; y también salen las cuentas.

Disculpen que no me entretenga en divagaciones sobre matices y aritméticas varias, pero, ¿qué quieren?, yo lo veo así de simple. “Dos escrituras a elegir: Bic naranja, Bic cristal”.  El PSOE tiene en su mano elegir entre ambas opciones. Una posibilidad que ya tuvo desde la misma noche electoral, al confirmarse los resultados definitivos. Sin embargo, hete aquí que Pedro Sánchez eligió una alternativa diferente, que yo no he contemplado en mi planteamiento, por considerarla un lío imposible, aunque en pura teoría, ciertamente constituyera otra opción. Se marcó como objetivo llegar a un acuerdo a derecha y a izquierda, al mismo tiempo, colocándose él como el fiel de la balanza, imagen centrada y moderada, a modo de escudo protector contra las eventuales críticas que pudieran surgirle por pactar con unos o con otros.

Que a mí me pareciera inviable no significa, claro está, que no lo fuera, pero los hechos han venido a confirmar su condición utópica y lo cierto es que ahora mismo se ha revelado imposible el pacto del PSOE con Ciudadanos y Podemos.

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Y en este punto surge inevitable la pregunta: ¿Implica este fracaso que estamos abocados a celebrara unas nuevas elecciones? Pues a mi juicio, no. Es más, creo que, cual flores en primavera, ante los socialistas se abren de nuevo, con más fuerza incluso que antes, las dos opciones señaladas. Constatada la inviabilidad del pacto con derecha e izquierda a la vez, toca elegir: o los unos o los otros.

A buen seguro que este emplazamiento resuena con fuerza en los oídos de los socialistas, porque no es verdad que no haya solución al galimatías en el que nos encontramos y que estemos irremediablemente condenados a pasar de nuevo por las urnas. Ahí están, vírgenes, las dos vías indicadas. Cabe, claro está, que el PSOE no quiera decantarse por ninguna de las dos y que desista de su intento por formar gobierno a partir de alguna de ellas, pero eso, amigos, es también una elección; y esa elección también corresponde a Pedro Sánchez y a su partido.

GRA094. MADRID, 01/09/2014.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa posterior a la reunión de la Ejecutiva socialista, donde ha anunciado que propondrá al Comité Federal que las primarias para elegir al candidato para las elecciones generales se celebren tras los comicios municipales y autonómicos, en julio del próximo año. EFE/Emilio Naranjo

Lo cruel del resultado electoral del 20-D para el PSOE no fue marcar el nivel mínimo de apoyo electoral obtenido en unas elecciones generales desde el advenimiento de la democracia, sino la diabólica situación en la que los números le colocaron, al ser el único partido que puede y tiene que decidir entre varias opciones y, por tanto, el que mayor responsabilidad tiene en el resultado final de todo el proceso.

Así pues, que haya gran coalición, gobierno de izquierdas o nuevas elecciones, depende, en su mayor y más compleja medida, del Partidos Socialista Obrero Español. De cómo ejerza esta enorme responsabilidad, puede derivarse que salga fortalecido del trance o que avance aún más por ese camino cuyo punto final es la irrelevancia política en la izquierda.

Y todo lo demás, a  mayor gloria de una fatigada ciudadanía, no será sino una reiterada y aburrida pirotecnia.

12.4.16

El valor de los gestos

Publicado en Aiaraldea, Laudio, abril de 2016

 

Las banderas son símbolos. Por eso, se utilizan con frecuencia para realizar gestos con significados diversos. Desde su flameo orgulloso para la exaltación de la identidad colectiva en el ámbito político o el apoyo a un equipo o deportista de la tierra, hasta su quema pública para denigrar a otras colectividades.

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Hace unos días, el parlamento de Navarra acordó retirar de su fachada la enseña de la Unión Europea, como gesto de protesta y repulsa ante el acuerdo alcanzado con Turquía en el dramático asunto de los refugiados. Comprendo bien este gesto, porque comparto el sentimiento de indignación y vergüenza ante la decisión de la UE, colectividad política de la que formo parte.

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De hecho, se asemeja a la indignación y vergüenza que sentía hace no demasiado tiempo, cuando en Euskadi un pequeño grupo de personas asesinaba a sus semejantes “en nombre del pueblo vasco” al que yo también pertenezco.

Sin embargo, durante aquella época aposté por otro tipo de gestos y no pasó por mi cabeza el rechazo a la ikurriña. Creía que, como símbolo, ésta pertenecía a toda la comunidad a la que representa y no solo a aquellos que la mancillaban vertiendo sangre inocente. Eso que acertó a expresar mucha gente en Madrid tras el asesinato de Tomás y Valiente: “Vascos sí, ETA no”.

De la misma manera, creo que la bandera azul de las estrellas representa a una Europa que trasciende de la indignidad mostrada por sus actuales dirigentes.

Conviene sopesar bien el valor de los gestos.

 31.3.16

Otegui: de la política a la cárcel, ida y vuelta.

Escribí este artículo para “Agenda Pública”, que lo ha publicado el 5 de marzo.

No ha sido Arnaldo Otegui la primera persona encarcelada por la comisión de delitos relacionados con la violencia política que sale de prisión con la intención de hacer o seguir haciendo política. En Euskadi, sin ir más lejos, fueron no pocos los polimilis que, después de haber pasado un tiempo encarcelados y tras abandonar la estrategia político-militar, abrazaron los modos pacíficos de la política tradicional. Kepa Aulestia, Teo Uriarte o Mario Onaindia son, tal vez los nombres más significativos, aunque no los únicos.

Pero sus tiempos fueron otros y los réditos electorales que pudieron obtener, a través de aquella recordada y admirada Euskadiko Eskerra, se derivaron fundamentalmente del proyecto político que defendían, mucho más que de sus peripecias vitales personales, especialmente cuanto tuviera que ver con su condición de “represaliados” por la dictadura o el estado opresor. Nunca su “injusto sufrimiento” formó parte del capital político sobre el que buscaron apoyo electoral.

Muy al contrario, la izquierda abertzale está sabiendo aprovechar bien la conjunción de factores que concurren en el caso de Arnaldo Otegui.

Otegui

Por un lado, Sortu ha sabido colocar el foco principal en la dimensión política de dicha condena, subrayando la contradicción que supuso encarcelar por colaboración con banda armada a quien apostaba en ese mismo momento con vehemencia por las vías pacíficas y democráticas, y postulando el final del ciclo de la lucha armada. La percepción de injusticia se extendió entre amplios sectores de la sociedad vasca – y también de la española -, con voces políticamente plurales que contribuyeron a fortalecer la legitimidad de su denuncia.

Por otra parte, el gobierno español, que no ha movido un solo dedo para propiciar el avance del proceso de final de la violencia en Euskadi (más allá de las detenciones policiales practicadas, cuyo valor no niego en absoluto), tampoco ha demostrado voluntad de suavizar el cumplimiento de la condena, forzando la integridad del mismo, hasta el último día. Una vuelta de tuerca más a la hora de acrecentar la percepción de injusticia.

Al mismo tiempo, la atención sobre el caso Otegui se ha centrado en su papel en el proceso de cambio de estrategia de la izquierda abertzale, ensalzando su liderazgo en el impulso del mismo hacia las vías exclusivamente pacíficas y democráticas. Su calificación como “hombre de paz” olvidaba interesadamente su condición de responsable de una formación política que aplaudió, justificó y legitimó la acción terrorista de ETA. Por ejemplo, cuando esta organización asesinó a quien fuera compañero de escaño suyo en el Parlamento Vasco, y exvicelehendakari del gobierno vasco, el socialista Fernando Buesa.

Esta conjunción de factores no ha sido desaprovechada por una izquierda abertzale atribulada con los últimos resultados electorales, en los que perdió mucho gas y contempló, perpleja, la deslumbrante aparición de la izquierda podemita.

La teatralidad de la política y la deriva hacia su dimensión más próxima al espectáculo es uno de los signos de nuestro tiempo. Y también la izquierda abertzale tiene derecho a aprovecharse de los beneficios que tal deriva proporciona. Así que, superando a marchas forzadas las dudas y vacilaciones surgidas en el tránsito desde la épica revolucionaria hacia el aburrimiento de la normalidad democrática moderna, sus dirigentes se han aplicado a explotar los perfiles más rentables del caso Otegui, con la vista puesta en venideros compromisos electorales; singularmente el asalto a la Lehendakaritza.

Una inteligente campaña de comunicación e imagen ha presentado a Arnaldo Otegui como víctima de la represión política injusta del Estado: El hombre que abanderó el camino hacia la Paz en Euskadi encarcelado por ello. Nuestro particular Mandela, como muchos se atrevieron a proclamar, aceptando un nivel de protagonismo personal y culto al líder desconocido hasta ahora en ese mundo político.

Sin embargo, está por ver el efecto real que la presencia pública de Otegui genere en el comportamiento del electorado vasco y, con ello, en el juego político que se inicie tras las elecciones autonómicas a celebrar este mismo año.

Los impactos provocados por factores emocionales tienden a ser efímeros. Y a la profusión y velocidad de los sucesos informativos en el mundo de hoy se une la voracidad con que los medios y la propia opinión pública devoran y desechan cuanto sucede, por importante que sea, urgidos por la siguiente noticia que atropella con su frescura.

A juzgar por algunos detalles, diríase que Otegui ha tomado nota de los nuevos modos y estilos incorporados a la política en sus años de ausencia. Con ellos ha de intentar devolver la ilusión a sus huestes y recuperar el terreno perdido. No lo tiene fácil. Un destacado miembro de Podemos afirmaba que la presencia de Otegui no les perjudicará, pues representa esa política vieja en Euskadi, la que nos vincula a ETA, a los presos, al conflicto…y ese tiempo ha pasado ya para mucha gente.

La izquierda abertzale y el mismo Otegui lo saben y pondrán todo su empeño en conseguir la cuadratura del círculo: contentar a quienes aún respiran por la herida del conflicto y atraer a otros sectores progresistas que viven ya en una sociedad diferente y cuyas aspiraciones principales distan mucho de las reivindicaciones históricas de ETA.

Veremos.

5.3.16

Divagaciones sobre el nacionalismo y el independentismo. Euskadi y Catalunya.

Vivir en Euskadi implica conocer el nacionalismo. En sus dos versiones, aunque una tenga mucha mayor presencia social, política y cultural que la otra: La que defiende la vigencia del Estado sobre la base de una única nación, la española y la que aspira a modificar el estado actual de cosas, entendiendo que el pueblo vasco tiene derecho a tener su propio Estado. Lejana ya la época del romanticismo que los vio crecer y los impulsó, como el exponente máximo de su manera de ver la colectividad, la exaltación de la nación como valor central de la cosmovisión política subsiste entre nosotros sin aparentes síntomas de debilidad o decadencia.

Ninguno de ellos – ni el vasco, ni el español – ha conseguido atraparme entre sus redes, pese a los influyentes contextos en los que me ha tocado vivir. La cuestión de las identidades y el sentimiento de pertenencia, sin embargo, me apasiona y he sentido siempre una irrefrenable curiosidad por conocer y, sobre todo, entender, los entresijos de una forma de pensar cuya traducción política es asumida por muchas de las personas con las que trato habitualmente. Singularmente he buscado y busco con ahínco la razón por la cual se vincula la defensa de los elementos que definen una identidad colectiva, con la creación de una estructura política propia de estado. Hace tiempo que desmonté la respuesta de que ésta fuera la única vía para garantizar aquélla. El sistema de autogobierno del que nos dotamos y llevamos disfrutando los vascos desde hace 35 años refuta por completo esta tesis y no merece que me extienda más en ello. No es la independencia a través de la creación de un estado propio el único camino, ni el camino necesario para defender la identidad nacional. Entiendo pues, el nacionalismo o el patriotismo cultural, pero no la inevitabilidad de su traducción política en términos de aspiración estatal. Por eso, siempre acudo a las dos grandes preguntas: ¿Porqué la independencia? ¿Para qué la independencia?.

De las respuestas que voy obteniendo, entiendo a quienes, sosteniendo que el vasco es un pueblo – sea este el concepto técnico jurídico que sea -, tiene, en cuanto tal, derecho a constituir un estado. Aunque tal afirmación es más que discutible desde el punto de vista jurídico, lo entiendo. Las razones que mueven esta manera de ser nacionalista no son tanto racionales o pragmáticas, cuanto emocionales. Uno quiere que Euskadi sea independiente de España porque no se siente español, porque está convencido de formar parte de un pueblo distinto, de una nación distinta, equiparable conceptualmente  a la española y, por tanto, más allá de que sea bueno o malo, desde una perspectiva de progreso, de bienestar o de otro tipo de parámetros racionales y susceptibles de medición o evaluación, quiere que su DNI no refleje la española como nacionalidad, sino la vasca. También querrá que su selección de fútbol sea la vasca y no la roja. Es el independentismo nacionalista. La aspiración a la independencia a partir de la defensa del concepto de nación, derivada de la existencia de un pueblo con derecho a ello. No hay en juego necesariamente ventajas tangibles o materiales; es solo cuestión de sentimiento. Contra este planteamiento poco o nada se puede argumentar. No se puede discutir el sentimiento de pertenencia o de identidad de nadie y solo se le podrá pedir que no se atribuya el monopolio de dicha identidad y que no imponga un modo canónico de ser vasco o de español, aceptando esta pluralidad elemental en cualquier sociedad moderna. Tomaré una cerveza con quien así piense y seguiremos hablando tal vez, de otra cosa.

Por otra parte, hay un aserto que se repite con frecuencia en el ámbito político y que ha llegado a convertirse en dogma: El autogobierno es sinónimo de bienestar, conformando ambos términos un binomio inseparable, que yo no cuestionaré. Pero es que hay un paso más. En tanto la independencia puede considerarse el grado superior extremo del autogobierno, muchos son los que aplican una sencilla regla de tres y concluyen que la independencia conllevaría aún más bienestar y progreso.  Y es al abrigo de este axioma – que también se ha convertido en mantra – donde crece el número de adeptos a la independencia. Pero, curiosamente…no en Euskadi, sino en Catalunya.

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Frecuentar Catalunya como lo estoy haciendo últimamente, me está permitiendo conocer una realidad igualmente apasionante en lo tocante a la voluntad de independencia de una parte muy importante de su ciudadanía. Y mi descubrimiento más notable ha sido el del independentismo no nacionalista, al que hacía referencia hace un momento. Personas que, sin hacer casus belli de la existencia de la nación catalana, incluso sin siquiera preocuparles tal cuestión en exceso, abrazan la causa de la independencia por motivos estrictamente racionales, lejos de las proclamas predominantemente emocionales de los nacionalistas. Este subgénero es inexistente en Euskadi, donde la identificación entre independentistas y nacionalistas es prácticamente absoluta.

Ocurre que el planteamiento de este sector de defensores de la independencia sí permite el debate y la discusión en términos racionales, ya que se ponen en juego los supuestos beneficios que la realización de su proyecto conllevaría para la ciudadanía catalana. No se trata de que estas personas no defiendan la idea de una nación propia cuyas señas de identidad podrían estar en peligro, sino que ésta no es la cuestión prioritaria para ellos. Su seña de identidad es la expresión “La independencia como vía para conseguir una Catalunya mejor”, con el inevitable añadido de “un futuro mejor para nuestro hijos”. Es su respuesta al porqué y al para qué de la independencia. Y es aquí, al escuchar esto, cuando aparece mi expresión ojoplática y se excita aún más mi curiosidad. Mi amigo catalán, con el que comparto la cerveza, me mira un poso asustado.

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Porque la expresión una Catalunya mejor – o una Euskadi mejor, me da igual – me parece tan vaga que no alcanzo a llenarla de contenido y me siento acuciado a preguntar a mi amable interlocutor qué es o qué significa para él una Catalunya mejor. Doy por supuesto que si habla de Catalunya es porque espera que las supuestas mejoras alcancen al conjunto de la población del territorio, es decir, que sean globales. Pero el término “mejor” precisa relleno. ¿Más justicia en la redistribución de los recursos públicos?, ¿Mejor sanidad pública?, ¿Mejor enseñanza pública?, ¿Mejores condiciones para el desarrollo y realización de la cultura y la lengua específicamente catalanas?, ¿Mejores carreteras y trenes ? ¿Más justicia social? ¿Más o menos solidaridad con los inmigrantes y refugiados? ¿Menos corrupción?

Es obvio que yo, ante tanta pregunta cuyas respuestas se escapan por completo de mi conocimiento, callo. Solo me atrevo a formularlas,. pero creo, además, que debo hacerlo. Y, por respeto, no me atrevo a cuestionar la ciencia de mis contertulios si él hace aflorar argumentos y datos concretos al respecto. ¿Quién soy yo para insinuar siquiera nada acerca de las eventuales repercusiones económicas que la independencia tendría para la ciudadanía catalana?

Por eso, cuando mi amable acompañante se da cuenta de que enfrente no tiene a alguien que quiera rebatirle por llevarle la contraria sin más, o que quiera menospreciarle o ridiculizarle desde la defensa de otro concepto nacionalista, o cuestionar su derecho a expresarse y a ser lo que quiera, sino simplemente entenderle hasta el final, hasta el fondo de su planteamiento, de su idea, de su impulso vital más íntimo, el porqué y para qué profundos que le hacen abrazar una idea como la independencia, tan traumática para una sociedad plural y heterogénea como es la catalana, y además lo hace desde el respeto más exquisito, entonces, en la mente de mi amigo comienza a anidar la duda. Duda, que no aparece cuando se siente agredido por tanta actitud visceral de oídos sordos y mentes cerradas, pero que germina ahora y crece con la escucha respetuosa e incluso comprensiva. No cambia de opinión. Sigue creyendo en la independencia como el mejor camino para el futuro de su tierra y sus gentes, pero abre los ojos al contexto y repiensa tiempos y modos de actuar. Valora la importancia de evitar enfrentamientos estériles (o incluso negativos, porque tal vez sean perjudiciales para su proyecto) y de analizar bien y explicar mejor las ventajas y los inconvenientes que la independencia supondría para él y el resto de los catalanes.

Pensará que lo “mejor”, referido al futuro de Catalunya, es un concepto muy relativo porque la independencia solo cambiará el marco en el que se toman algunas (no demasiadas) decisiones, pero el contenido de éstas seguirá dependiendo de la correlación de fuerzas políticas existentes en el territorio. Y será como antes: si ganan los míos, estupendo, pero si ganan los otros ¿qué habremos mejorado? Y tal vez concluya que, realmente, la independencia no es en sí misma y de manera ineluctable el camino para un mejor futuro para sus hijos, sino solo una posibilidad más, no muy diferente, en el fondo, a un cambio de color político en los centros de poder donde se toman las grandes decisiones que realmente afectan a la vida de los ciudadanos catalanes.

Si acaso alcanzare esta última conclusión, tal vez mi amigo llegue incluso a pensar que su entusiasmo con la independencia tiene que ver más con una reacción lógica y natural ante tanta torpeza política, tanta agresión injustificada, tanto nacionalismo español visceral beligerante, tanta falta de respeto, en suma, a esa hermosa tierra, sus gentes y su cultura.

Pero todo eso será tal vez; o tal vez no.

Pese a todo, en ambos casos, mi amigo y yo habremos vuelto a realizar un fantástico ejercicio de aproximación y comprensión, desde el respeto y la discrepancia. Y empujaremos ambos, brindando de nuevo, el último trago de cerveza. Yo habré dado un paso más en el buen entendimiento de una manera de pensar que tan importante resulta a mi alrededor, aunque no la comparta.

15.9.15