Federalistas del País Vasco

Soy uno de los firmantes de este manifiesto que propugna una reforma constitucional para definir un sistema federal como estructura territorial idónea para el Estado español y como el marco más adecuado para el encaje del autogobierno vasco en el mismo.

Lo reproduzco aquí, en la convicción del gran interés que tiene para cuantos se preocupan por las cuestiones territoriales e identitarias en nuestro país, con Euskadi y, en este momento, especialmente Cataluña, como especiales focos de atención.

 

1. Quienes firmamos este manifiesto queremos apoyar la reforma federal del Estado como expresión de nuestra defensa del autogobierno vasco, de nuestro compromiso con una España más equitativa y solidaria y con una Europa social y políticamente más cohesionada.

2. Proponemos la construcción colectiva de una alternativa federal como la mejor forma de articular el poder político en esos tres ámbitos. El proyecto federal es, por encima de todo, una profunda expresión de los ideales democráticos, su mejor realización, especialmente en sociedades en las que conviven identidades y sentimientos de pertenencia diversos. Es garantía de paz política porque pretende la libertad que armoniza de forma respetuosa lo propio y lo ajeno, lo singular y lo colectivo; paz que se pone en riesgo cuando se opta por exacerbar los sentimientos patrióticos.

3. La salud y robustez de nuestra democracia resulta indisociable de la existencia de una sólida estructura de autogobiernos territoriales. Y a la inversa, sin que pueda imaginarse una sin otra. Por ello, consideramos graves tanto la pretensión de una creciente centralización del Estado como los intentos de ruptura del mismo porque ponen en riesgo la estabilidad democrática.

4. El proyecto federal requiere ser alimentado permanentemente por una ‘cultura’ federal. Exige la asunción de un sentimiento compartido de responsabilidad; que cada persona se sienta responsable de los intereses de las demás y del conjunto de la sociedad. El espíritu federal requiere reconocer lo que tenemos en común y querer preservarlo, defender la voluntad de estar juntos, porque así estamos y estaremos mejor. Este es también el espíritu de la integración europea. Hemos avanzado mucho en la construcción de esa ‘cultura’ federal, pero es mucho, todavía, lo que nos queda por recorrer en una tarea colectiva.

5. Propugnamos un autogobierno amplio y profundo, fundamentado en la lealtad recíproca. Que se asiente sobre la equidad en la relación entre los distintos territorios y en la equilibrada articulación del conjunto del sistema. Que tenga como fundamento la solidaridad y cuyo complemento sea la responsabilidad en la gestión de los recursos que cada comunidad recibe.

6. El Estatuto de Autonomía, en el marco de la Constitución de 1978, dota al País Vasco de un autogobierno que, por primera vez, merece tal calificativo. Esta Constitución ha establecido un sistema de autonomías territoriales sólido y duradero, asimilable al de los países federales de más larga tradición en el mundo democrático, lo que demuestra la importancia de la actual experiencia de autogobierno.

7. Todo sistema político necesita ajustes periódicos. El reconocimiento del enorme logro histórico que supone el actual autogobierno no puede hacernos ignorar los problemas en su funcionamiento. La importancia de lo logrado hasta ahora no debe ser motivo de autosatisfacción paralizante. Por ello, consideramos indispensable la reforma constitucional. Hay que afrontar los problemas y tratar de darles la mejor solución. Negarse a ello pondrá en riesgo la estabilidad y la salud del sistema en su conjunto.

8. En su configuración actual, la Constitución no puede garantizar el funcionamiento adecuado del sistema autonómico porque carece de los elementos necesarios para su buen gobierno (estructura y método eficaz de relaciones intergubernamentales, adecuada delimitación de las competencias respectivas o principios claros y efectivos para la distribución de recursos financieros, entre otros). Elementos que en las federaciones más sólidas se han demostrado esenciales para garantizar la estabilidad y la paz política.

9. Por otra parte, la Constitución contiene elementos extraños a los sistemas federales que resultan contraproducentes y fuente de importantes problemas. Muy destacadamente, la ambigüedad en la distribución de competencias en los estatutos de autonomía –que provoca, entre otros, el interminable conflicto sobre las transferencias- y la reserva al Estado de la determinación de “lo básico” como columna vertebral de la distribución del poder, que deja en sus manos la determinación en cada momento de hasta dónde llega su capacidad de intervención. El resultado es un nivel de conflictividad sin parangón en ningún otro sistema federal, provocando fuertes tensiones políticas y propiciando la descalificación del sistema por quienes alientan la ruptura.

10. Para que sea exitosa, la reforma debe aprender de las mejores experiencias. No es una cuestión nominal. Lo que importa no es cómo se defina el sistema de autonomías territoriales o cómo lo llamemos, sino su fundamento político, las técnicas que incorpore y las experiencias en que se inspire. El mejor referente lo constituyen los países federales políticamente cercanos, como Alemania, Suiza, Canadá o Austria. Cada uno con sus peculiaridades garantizan la estabilidad, combinando adecuadamente integración (shared rule) y reconocimiento de la diversidad (self-rule).

11. Pero cada país tiene sus peculiaridades, su propia idiosincrasia, a las que la Constitución debe dar adecuada respuesta. En nuestro caso, es ineludible el reconocimiento de peculiaridades y especificidades, de ‘asimetrías’, que también tienen acogida en sistemas federales clásicos. Sistema federal no es sinónimo de uniformidad absoluta. Pero las singularidades deben tener sólido fundamento y no pueden afectar a la coherencia del conjunto del sistema ni a la equidad en el trato a las distintas comunidades que lo integran, porque, de lo contrario, se convierten en fuente de inestabilidad.

12. La reforma de los elementos esenciales del autogobierno territorial, la resolución de sus más importantes problemas de forma eficaz, exige la reforma de la Constitución. Es una condición previa y necesaria para una más idónea configuración del autogobierno del País Vasco, garantizando, al tiempo, la estabilidad del sistema político español en su conjunto, la salud democrática y el reconocimiento de nuestra personalidad. Pretender hacerlo a través de la reforma del Estatuto de Autonomía, al margen o en lugar de aquella, es una vía de corto recorrido que malgastaría infructuosamente energías políticas y generaría frustración en la sociedad vasca.

13. Quienes firmamos este manifiesto no queremos que la sociedad vasca se vea embarcada en procesos y objetivos inviables abocados al fracaso, ni malgastar inútilmente nuestras energías en salidas que generan su fractura interna, polarizándonos en dos partes enfrentadas de forma irreconciliable y situándonos políticamente al borde del abismo. A nuestro juicio, las propuestas de ruptura no son –no pueden ser- la mejor vía de defensa de los intereses de la sociedad vasca.

14. Una reforma constitucional en este sentido federal y la consiguiente reforma del autogobierno en línea con lo expresado anteriormente contarían con un importante respaldo de la sociedad vasca, según confirman todas las prospecciones sociológicas que periódicamente se realizan en nuestro país. Por el contrario, las alternativas de confrontación o ruptura son las que obtienen un respaldo considerablemente más débil. La estructura federal es el espacio más favorable para el encuentro de quienes integramos la sociedad vasca –sea cual sea nuestro sentimiento nacional de pertenencia- en la tarea de construir juntos el futuro de nuestro país.

15. Nuestro planteamiento se complementa con la idea de una Europa crecientemente federal. Ganamos más compartiendo más. Las dificultades en el desarrollo del proceso de integración europea hacen más imperioso su impulso. Sin él no será sostenible el tipo de sociedad que ha caracterizado a Europa en los últimos setenta años. El objetivo de una Europa federal exige asumir los procesos de integración de los estados que ya se han realizado en la historia, para mejorarlos y no para destruirlos. Es en esa Europa crecientemente federal en la que la España federal encontrará mayor coherencia y mejor desarrollo.

 

Los firmantes:

26.10.18

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Breve memoria de un esfuerzo institucional

Este texto forma parte de la publicación “Memorias del terrorismo en España”. Es mi aportación al libro coordinado y editado por Raúl López Romo, en Ediciones Catarata, este mismo mes de septiembre de 2018.

Corría el año 2003 en Euskadi. La crispación política y la polarización social que habían tenido su punto álgido en las elecciones de mayo de 2001, apenas habían remitido algo. El parlamento vasco aprobó una proposición no de ley sobre víctimas del terrorismo que se convirtió en auténtica hoja de ruta para quienes apostábamos por una política pública de víctimas diferente a lo que se había hecho hasta ese momento.

Uno de los puntos de aquella resolución, emplazaba al propio parlamento vasco a celebrar un pleno monográfico sobre la problemática de las víctimas del terrorismo y su situación. Cómo estarían las cosas, que el cumplimiento de esa parte del acuerdo, no pudo ser una realidad hasta octubre de 2007. Solo en ese momento, otra legislatura, se llevó, por fin, a cabo aquel pleno, el día 5 de octubre.

Ese mismo año, en el mes de abril, el Gobierno Vasco, a través de la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo que dirigía Maixabel Lasa, organizó el primer acto institucional de reconocimiento y homenaje a las víctimas del terrorismo, con una idea clave: reconocer y saldar la deuda moral histórica que el conjunto de la sociedad vasca y sus instituciones, públicas y privadas, tenía con las víctimas de ETA, por tantos años de abandono, indiferencia y ausencia de compasión y solidaridad. El mensaje era el discurso del perdón, expresado por el Lehendakari Ibarretxe, en nombre de toda la ciudadanía vasca.

Desde la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo, ya habíamos previsto que, una vez saldada esa deuda, a través de un acto solemne como el organizado, más la continuidad y el impulso de políticas de apoyo que con posterioridad se concretarían en la Ley de 2008, tocaba abrir la mirilla del dolor y el sufrimiento injusto a otras víctimas, cuya realidad nos resultaba conocida tan solo en parte y sobre la que apreciábamos también el manto del olvido y del no reconocimiento de derechos.

Es por ello que, de cara al Pleno de octubre de 2007, sugerimos a los grupos políticos que apoyaban al gobierno, que impulsaran una resolución por la cual se instaba al ejecutivo, a través de la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo, a la realización de un estudio sobre las víctimas del terrorismo practicado por grupos incontrolados, de extrema derecha y el GAL. Este era el grupo de víctimas sobre el que queríamos poner en ese momento nuestra atención estratégica, en orden a igualar reconocimientos y tratamientos en las políticas públicas de víctimas desde el Gobierno Vasco. Y así fue cómo el parlamento vasco, en aquel pleno monográfico, aprobó, entre otras, una resolución con el referido mandato a la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo.

Este trabajo fue desarrollado por la Dirección entre los meses de noviembre de 2007 y junio de 2008. Durante ese tiempo, Maixabel Lasa, Jaime Arrese y yo mismo realizamos una labor de investigación que nos llevó, incluso, hasta los archivos de la Audiencia Nacional, donde nos encontramos con la impagable colaboración del Fiscal Delegado para Víctimas del Terrorismo, Fernando Burgos, quien nos abrió puertas y nos permitió examinar expedientes que, lamentablemente, en gran medida, no nos proporcionaron gran información, aunque sí alguna perla que luego pudimos recoger en el informe de manera literal.

En paralelo, el contacto con los familiares y afectados se convirtió en el gran reto. Con Maixabel de punta de lanza, no siempre la recepción y la acogida fueron amables, aunque hay que reseñar que, quien aceptó entrevistarse con nosotros, lo hizo desde una actitud ejemplar. Incluso nos llevamos alguna sorpresa porque pudimos detectar situaciones legales que eran susceptibles de notable mejora como derechos no reclamados, etc. En definitiva, se produjo un importante acercamiento a un mundo con el que, hasta ese momento, sí había habido un contacto inicial por parte de la Dirección con algunas personas, pero no de manera exhaustiva y sistematizada, como se hizo en aquel momento.

Como anécdota, Maixabel y yo siempre recordamos una entrevista con la hija de un asesinado por el Batallón Vasco Español, que no conocía de nada a la viuda de Juan Mari Jauregui. Estábamos en un bar y llevábamos de charla algo más de una hora cuando le preguntamos si ella sería capaz de verse con una víctima de ETA cara a cara (ya llevábamos un par de años liados con lo de Glencree). Ella se puso seria y aseguró rotunda que de ninguna manera, que le resultaría imposible; a lo que yo le comenté que llevaba más de una hora hablando con una de ellas. Su reacción fue de cierta vergüenza, casi pidió disculpas, pero se dio cuenta de inmediato de que el supuesto que le habíamos propuesto no era realmente tan traumático, si se plantea y se vive adecuadamente.

Cabe señalar también que ciertos sectores de la izquierda abertzale no debían ver con buenos ojos esta aproximación institucional a un mundo que ellos habían considerado siempre propio. Algo parecido a que nos hubiéramos atrevido a predicar a su parroquia. Probablemente este sentimiento es el que estaba detrás de algunas negativas a recibirnos que tuvimos en aquel momento y, un paso más allá, siempre tuvimos la sospecha de que a Maixabel acabaron por ponerle escolta, después de aparecer en un comunicado de ETA, después de este movimientos de aproximación y buena relación con no pocas víctimas de su mundo ideológico.

Lo cierto es que, meses después, en junio de 2008, la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo presentó en el parlamento vasco el Informe requerido.

Creo que es importante subrayar algunas de las características del mismo;  algunas de sus conclusiones que ya entonces quedaron reflejadas en el mismo. Especialmente porque creo que siguen de actualidad a la hora de abordar los derechos de las víctimas del terrorismo y de violaciones de derechos humanos, en general.

El valor fundamental del informe fue el de constituir un instrumento de trabajo para lograr una mejor y más completa respuesta de las administraciones públicas a todas las víctimas del terrorismo, sin exclusiones. Un supuesto que ilustra este comentario sería el de los casos de personas que solicitaron el reconocimiento de su condición de víctima del terrorismo al Ministerio del Interior, derivada de acciones reivindicadas por el GAL y les fue denegada, siendo así que había motivos más que suficientes para entender que esta denegación se justificó en defectos formales que no cuestionaban el fondo de su condición de víctimas.

Es preciso calificar este informe cuando se elaboró como una obra en absoluto definitiva y, por ello, susceptible de ser completada mediante un trabajo que, desde aquel mismo momento comprometió a la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo de cara al futuro.

El ámbito temporal del informe partió de la constatación de que, vigente el sistema dictatorial de Franco, las actuaciones violentas de naturaleza política tuvieron algún tipo de cobertura pseudolegal, lo cual las excluía de la definición adoptada. El primer caso analizado databa del año 1.975.

En cuanto a los datos, cabe señalar que el informe abordó el estudio de 74 actos terroristas cometidos por distintos grupos criminales que emplearon distintas denominaciones en las reivindicaciones de sus atentados (Batallón Vasco Español, Triple A, Grupos Anti ETA, GAE, etc.), así como por otros que no fueron reivindicados tras ser perpetrados por grupos incontrolados.

En estos 74 actos terroristas fueron asesinadas 66 personas y heridas de distinta consideración otras 63. Hubo así mismo un secuestro. El GAL asesinó a 24 e hirió a 27 más. El Batallón Vasco Español cometió 18 asesinatos y causó heridas a otras 18. La Triple A cuenta, por su parte, con 8 asesinatos en su haber, por otros 6 del GAE, como los grupos más relevantes en su acción criminal.

En 44 de los 74 caso analizados, bien los heridos supervivientes o bien, en su caso, los familiares directos de las personas asesinadas, presentaron ante el Ministerio del Interior la solicitud de reconocimiento de su condición de víctimas del terrorismo, con aplicación de los derechos legales correspondientes; básicamente el de la percepción de las indemnizaciones fijadas en la referida norma. En 35 casos la respuesta de la Administración del Estado fue estimatoria, mientras que en los otros 9 les fue denegado el reconocimiento de la condición de víctimas del terrorismo por diversos motivos. Las personas afectadas por otros 30 de los atentados analizados no formularon ningún tipo de solicitud al Ministerio del Interior.

El grado de conocimiento sobre la autoría concreta de los atentados terroristas analizados en el informe era manifiestamente insuficiente en orden a la satisfacción del derecho que corresponde a las víctimas tanto a conocer la verdad como a la aplicación de la justicia sobre los hechos acaecidos. Igualmente, la escasa y deficiente investigación policial llevada a cabo en una parte muy importante de estas acciones violentas impidió el esclarecimiento de un dato de especial relevancia en esta cuestión, como era el grado de complicidad, colaboración o inhibición que pudo existir por parte de determinadas instancias policiales con dichos actos criminales.

No hay que olvidar que una nota común de este tipo de actuaciones violentas fue la vinculación, en mayor o menor grado, pero vinculación o conexión en todo caso, con estructuras policiales del estado. En ocasiones se produjo una participación directa de miembros de sus cuerpos de seguridad (acreditada en resoluciones judiciales firmes); en otros casos hubo grados de colaboración o actuaciones de protección, cobertura o tolerancia; y siempre, notable desinterés o dejación de obligaciones profesionales a la hora de realizar una  investigación suficiente para permitir la intervención de los Tribunales de Justicia.

Estas deficiencias son lamentables no solo por el valor en sí que habría tenido tal información, de haberse obtenido, en orden a los ya mencionados derechos de las víctimas a la verdad y a la justicia, sino de manera singular, por las implicaciones de naturaleza política que pudieron existir y que hubieran puesto sobre la mesa una perspectiva novedosa con indudable repercusión en el discurso del reconocimiento social y especialmente político que también se merecían estas víctimas.

En este sentido conviene resaltar que entonces acudimos a una opinión tan autorizada y poco sospechosa de sembrar dudas infundadas en relación al Estado o sus fuerzas de seguridad como es la de los propios tribunales de justicia españoles y, en particular, la  manifestada en la sentencia 24/99 de 4 de junio de 1999 dictada por la Sección 3ª de la Audiencia Nacional en relación al asesinato de Christophe Matxikote y Catherine Brion, sucedido en Bidarrai, el día 17 de febrero de 1986 y en la que se considera al GAL como banda armada.

Uno de los fragmentos de dicha resolución judicial resulta especialmente elocuente y revelador.

Fue el Ministerio del Interior el organismo desde el que finalmente se pudo atajar, en colaboración con el Ministerio del Interior francés, la lucha ilícita contra ETA. Si eso fue así, significaría que ambos departamentos tenían información sobre personas involucradas y que solo a partir de un momento dado lograron neutralizar. Ello conduce a la convicción de que existen responsabilidades de diversa naturaleza que estarían aún por deducir”.  

Aquel informe tuvo continuidad con otras iniciativas que, desde la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco, pusimos en marcha para atender esta ampliación objetiva de la política de víctimas. El intento de reconocer su protagonismo en el siguiente acto institucional de reconocimiento y homenaje a las víctimas del terrorismo, celebrado en el Kursaal donostiarra en mayo de 2008, el impulso a la iniciativa Glencree, la inclusión de este colectivo entre las víctimas educadoras, etc.

Lamentablemente, posteriores actuaciones del Gobierno central no sintonizaron con este planteamiento. Muy criticable fue, en este sentido, la modificación unilateral de la Ley de Víctimas de 2011, en la cual se facultaba al propio Gobierno para denegar las indemnizaciones que correspondían a todas las víctimas del terrorismo, en los casos en los que los afectados o los solicitantes tuvieran algún tipo de relación con organización terrorista, realizando una interpretación extensiva de este extremo, en la práctica, a cualquier tipo de organización del ámbito de la izquierda abertzale.

Aún queda camino por recorrer en el tratamiento igualitario de todas las víctimas del terrorismo. Con demasiada frecuencia, los mismos discursos políticos olvidan la diversidad de los terrorismos sufridos en nuestro país. Y, en no pocas ocasiones, este olvido se convierte en omisión deliberada, en favor de un discurso concreto que busca una determinada hegemonía política en el mundo de las víctimas.

Por eso hoy recuerdo con cariño y emoción aquellos esfuerzos que realizamos, con mejor o peor fortuna, desde la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo, por sentar las bases de un tratamiento igualitario de todas las víctimas del terrorismo.

13.9.18

 

El último vals

Artículo publicado en El Correo el día 5 de mayo de 2018.

 

Lo sé. Sé que ésta es la noticia que llevamos tiempo esperando, el objeto de nuestros anhelos, Sé que han sido muchos años de sufrimiento de demasiada gente, para llegar, por fin, a esto. Sé que debería generar alivio, que esa pesadilla que fue ETA pasa definitivamente a ser historia; trágica, pero historia, al fin y al cabo. Sé que todo eso solo debería constituir una buena noticia y que, como tal deberíamos sentirla y vivirla. Y, sin embargo, por más que hurgo no consigo encontrar esa sensación de bienestar. En su lugar, mi ánimo chapotea entre la indiferencia y un sentimiento agridulce y contradictorio.

El proceso de final de la violencia ha sido lo suficientemente largo y fragmentado como para que hayamos descontado hace tiempo ya las alegrías. Un final tan anunciado no podía contar con momento de estallido de confetis y champán. Las emociones han ido dosificándose en fascículos con el declive de la propia ETA, la tregua, el alto el fuego definitivo, el desarme y, ahora, por fin, la disolución. Hemos llegado al final sin ganas de celebrar nada. Carentes de fuerza, ánimo y convicción.

Movidos por el fuerte simbolismo que, sin duda, la noticia tiene, los medios de comunicación están realizando un despliegue informativo con el que realmente están sacando a ETA de la propia irrelevancia de su final, aceptando que es su responsabilidad como informadores.

En medio de todo ello, es inevitable activar la memoria y traer los recuerdos al presente. Y con ellos, los sentimientos y las sensaciones.

Emoción. Dejo a un lado la corrección política, para colocar en primer lugar de esos recuerdos a los centenares de amigos y compañeras con los que tuve el lujo de compartir reflexiones, debates y trabajo en Gesto por la Paz. Un proceso permanente de aprendizaje con todos ellos. Las miles de caras de ciudadanos anónimos que acumularon horas de silencios en plazas y calles de nuestra tierra. Caras que no veías desde la pancarta, pero que sabías que no fallaban; estaban ahí detrás. Todos ellos fueron constructores tan imprescindibles como olvidados de una parte de la paz que hoy disfrutamos.

Desasosiego. Inevitable recordar episodios que hemos arrumbado a la más recóndita buhardilla de nuestro cerebro y que nos interpelan cada vez que los sacamos de ahí. ¿Qué hacíamos, dónde estábamos, mientras tanta gente gritaba “ETA mátalos” en la calle? Mientras se asesinaba con frecuencia escalofriante, sin que se alterara lo más mínimo la cotidianeidad de nuestras vidas. Algunos enfrentamientos en los que lo peor era el odio inyectado en los ojos que nos querían expulsar de la calle.

Escepticismo. Tiempos en los que aparecen artesanos de paz cuando no hay violencia, justamente allá donde durante años se refugiaban quienes la practicaban. Ausencia de reflexiones autocríticas sinceras en quienes desaparecen, que pudieran contribuir a la reconstrucción de relaciones sociales quebradas o dañadas. Persistencia de hilos argumentativos justificadores de cuanto hicieron mal. El conflicto político como sempiterno legitimador de la violencia.

Hastío. Teatralizaciones y dramatizaciones cuya falta de credibilidad resulta patética en su puesta en escena. Pasamos por Aiete, los mediadores internacionales, el grupo de contacto, las conclusiones, las declaraciones… Había que aguantar, porque lo exigía la responsabilidad: era la pista de aterrizaje, se decía. Después el desarme, en sus distintos intentos, a cual más grotesco. Ahora otro más, que a punto ha estado de ser “desmovilización”, por evitar lo de “disolución” y porque sonaba más – y mejor – a conflictos internacionales. Debo confesar que lamento la presencia, a estas alturas, de algunas buenas gentes que sacaron entrada para esta última función en Cambó. Y no me refiero precisamente al partido guía, que ese pesca en otras aguas.

Responsabilidad. En el fondo, era iluso pensar que esto podía haber sido mucho mejor. Un sector nada desdeñable de nuestra sociedad vasca se ha tenido que enfrentar a la frustración que implica constatar el fracaso de su apuesta estratégica. Esa que tanto dolor ha provocado, pero que también tanto dolor les ha causado a ellos mismos. ¿Al final, para qué? Para nada. Díganselo a los dos centenares largos de miembros de ETA que aún permanecen cumpliendo condena. Y sus familiares preguntándose para qué todo ese sacrificio. Una frustración colectiva mal digerida, es un factor de dificultad añadida para la convivencia presente e incluso futura. Por ello, un mínimo sentido de la responsabilidad nos aconseja no ser muy beligerantes con los paripés. No se preocupen tanto por el blanqueo de su historia. No podrán hacerlo.

Nostalgia. Maixabel, Jaime, Adela, Txabi, Esther, Galo, Carlos, Julián, Xabier… Muchos brazos y corazones construyendo, desde la fe en una sociedad sin violencia. Las víctimas de otros lugares de España que conseguimos que volvieran a Euskadi, después de haberse negado a hacerlo tras su atentado o el de sus familiares. Qué pequeños grandes triunfos. El perdón, la generosidad, el respeto. Tantas trayectorias personales de sufrimiento que nos confiaron sus testimonios de dolor, pero también sus ganas de vivir y su alegría.

Se acabó. Suena el último vals mientras se cierra el telón. No los abroncaré. No tendrán aplauso tampoco. Mi veredicto es sencillo. Les brindaré lo mejor que puedo ofrecerles en este momento postrero: mi más absoluta indiferencia.

5.5.18

Memoria diarreica

Uniforme de camisa blanca y corbata azulona (ese nudo siempre sesgado hacia un lado), con jersey de pico azul marino; los deliciosos recortes sobrantes de las obleas (sin consagrar) y que recibías según el propio merecimiento. La merienda (aquel pan con chocolate Chobil; o Zahor, para hacer la colección de Juanito) y a la calle, a jugar. La calle, siempre la calle, la Plaza. En el patio de las monjas chutando alguna que otra rata muerta para echárselas a las chicas. La pared del urinario con el caño todo lo largo, a ver quién iba más atrás sin que el chorro dejara de caer dentro del caño. Ojo de buey, punzón y tijerillas (Txorro, morro, piko, taio, ke) en el pórtico de la iglesia, donde también caían juegos como la cruz, sangre, policías y ladrones o aquella joya que era dólar con rayo y que no conoce casi nadie, con su morcilla estirada, napoleón revisa a sus soldados y otras varietés. Fantomas, el Zorro y cualquiera de romanos o de vaqueros en la primerísima hora de la tarde del domingo en el atiborrado cine de los frailes. La sala de la congregación, los campeonatos de futbolín y las partidas de cartas. El colegio entero dividido en blancos y azules para los juegos por la onomástica de San Juan Bautista. Conocer lo que era la jornada laboral intensiva, en este caso, de monaguillo las mañanas de los domingos para sacar unas pelas. Dunking y Bazooka para masticar, hasta que llegó el cosmos negro cuya excentricidad nos cautivó. Lo del Cheiw vendría más tarde. Siempre sin dejar de ser fieles a las pipas Facundo, con su bola amarilla en cada paquete que, si era roja en su interior, daba derecho a obtener otro de regalo.

 

La Patxa y la Bruna, los caramelos de nata a perra gorda, el regalíz de zara, los bollos secos (qué cara la mantequilla), el jariguay y más futbolín. La rana, para mayores. Los baños del sábado a base de llenar la bañera con pucheros de agua calentados en el fuego de la cocina. Albornoz amarillo y Viaje al fondo del mar. Ah, Kowalski… Clase los sábados por la mañana, pero con televisión escolar. Félix, el amigo de los animales, le decían. Y venga a ponerme medias de rombos hasta la rodilla. Aquella estufa de leña en medio de la clase de primero en los frailes… setenta pipiolos. José Puertas nos sufría y nos domaba, a medias. Vales de disciplina, concursos de catecismo. ¿He hablado ya de “Guardianes del espacio”? Guau, los thunderbirds numerados como naves espaciales y una Penélope que aún siendo muñeca, le provocaba a uno un cierto desasosiego. “Vida y color” y el mercadillo de cromos de los domingos en la plaza. Furgol, si era en septiembre-octubre. Iríbar, Sáez, Etxeberria, Aranguren, Igartua… Un patio de colegio donde éramos capaces de jugar tres o cuatro partidos simultáneos, sin confundirnos de balón. Curtis, por supuesto. Sonidos de mis mañanas: La sierra de la carpintería y los rebuznos de los burros atados apenas a treinta metros de mi cama, bajo la cuesta de San Roque.

La rivalidad entre barrios jugando a fútbol en cualquier campa. La chimbera y los balines; unas merendolas de cumpleaños surtidas más de ilusión que de suculencias. Silencio en la sala, que viene doña Pascuala. Y todos a correr. Las martinicas, que además de estallar repiqueteando al rascarlas contra la pared, te permitían, al humedecerlas, pintarte la cara de fosforito en la oscuridad. De nuevo la clase de las monjas con la tabla de multiplicar sobre el tablero que parecía un reloj y uno que salía a señalar con la regla de madera. Sí, esa que acababa inmisericorde en tu mano si la hacías y te pillaban. Dos modalidades de golpe: en la palma, con la mano extendida y en las puntas de los dedos con ellos reunidos arriba (ésta era jodida). Los colgadores de las batas y el cuarto de los ratones. Cuando había recado a la botica, caían algunas gominolas verdes de Pepe o Lola. Excelentes. Chapas y billetes de tren sobre geometrías de tiza blanca en el suelo. Pistas de iturris en la arena. El Domund con el panel del termómetro para la competición de donativos por clases. Caligrafía, puntillo, tintero, secante… toma ya. Eso sí, todo con borona de la que se comía luego el hermano Alfredo cuando su fino olfato la detectaba en clase y te la confiscaba debidamente. Las escaleras del pórtico de las monjas, el melonero y el charlatán, todo sin moverse del sitio.

Vuelvo a primer grado y la clase de Puertas, el hermano Jacinto con los boletines de notas todos los sábados. “Setenta puntos en adelante, pasen” y te soltaba la consabida barra de regalíz de zara, para humillación de quienes nunca la cataban. Los infructuosos intentos de hacer navegable el Aldaikoerreka y a secar a la cocina de chapa de la abuela, claro. Tiempos de fijador Lucky, qué bien olía. Aromas de leña con los primeros fríos. Comprando mostachones o españoles sobre papel de estraza en el Maruri, donde Miguel Urquijo, mientras pasábamos a hurtadillas el dedo por el bacalao salado para chupárnoslo después. Antorcheros desgarbados con la cara pintarrajeada de corcho negro para salir en la cabalgata. Pulgarcito, DDT, Tíovivo, el Capitán Trueno, el Jabato y el kiosko de Sarralde. Vamos a la cama, sí; con Cleo y compañía y su tonada.

Y, envuelto en esta atmósfera de recuerdos, creo que haré lo propio, que es tarde y tengo sueño. Eso sí, antes me tomaré un fortasec.

28.12.17

 

Unas cañas productivas

Antes de ayer estuve de cañas por el barrio y en un bar me topé con un chaval majete que, sin más, se unió a mí. Debimos de caernos bien, porque, sin mayores preámbulos, nos liamos a hablar. Resultó ser, según me dijo, sobrino de Pedro Arriola. Sí, el que está a la verita de Mariano. Y resultó también que, a la cuarta caña, se le fue aflojando la lengua. “¿Que si me interesa lo que está pasando en Cataluña? Claro, mucho”. Y fue ahí cuando empezó a irse de la mojarra.

Me fue contando que Mariano ha tenido y tiene un plan, por supuesto; que bueno es su tío para eso; que no vaya a pensar que improvisa, que lo de Berlanga que dicen es solo cine. Y siguió con que el presi siempre ha tenido claro que, en algún momento, tendría que negociar con los indepes, pero que para eso, es un maestro él; que la regla de oro de toda negociación es sentarse a la mesa en la mejor posición previa; o sea, en posición de fuerza y no de debilidad. Que todo lo que ha hecho, hace y hará, está encaminado a ese fin y que, por eso, no movió ficha en los meses previos al 1-O para dialogar o negociar; que la cosa pintaba chunga para él, porque Puigdemont y su tropa estaban muy fuertes y él no las tenía todas consigo ni en su propia casa, ni con los partidos que, teóricamente, deberían apoyarle. En fin, que eso explica por qué esperó a que se acercara la fecha clave.

Como la quinta birra le continuaba inspirando, me informó de que, poco antes del día D, Mariano inició sus movimientos (aparte de lo del Tribunal Constitucional y la Fiscalía, claro). Que para entenderlo bien, repare en estos tres hitos: a) Primero suelta el presi aquello de “no me obliguen a hacer lo que no quiero hacer”, lo cual todo el mundo interpreta como lo que es, es decir, una amenaza. b) Después sacamos a la poli el día del referéndum para dar unas cuantas hostias a la gente corriente y moliente, que es la que apoya y sustenta el movimiento independentista, claro, para que vean cómo las gastamos y, sobre todo – y aquí está la clave del asunto – cómo podemos llegar a gastarlas si llegara el caso. Que mucha gente pensó que lo que quería el gobierno era impedir que la gente votara, ja. Eso nos importaba un carajo. Lo importante eran la leña, el clima de intimidación y el vértigo. Y c) rematamos poniendo al Rey a gesticular con la mano, en modo porra de autoridad, de manera que todo el mundo entiende a la perfección lo que hay – y lo que va a haber – si alguien no lo remedia. Que, por cierto, lo del Rey serviría también para quitar de la cabeza al socialista este cualquier tentación de embarcarse en aventuras extrañas con esa bazofia de comunistas, trotskistas e independentistas de todo pelaje.

 

 

Trago va, trago viene, el amigo continuó: Que si después de todo eso, la gente no tiene canguelo es para hacérselo mirar. Y que ha salido todo bastante bien, porque seguirán siendo tanto o más indepes y estando incluso más cabreados con nosotros, pero tienen ya inoculado el virus del miedo. Que si las empresas cambian de sede social y se van de Cataluña; que si mucha gente  corre a poner los ahorros en oficinas bancarias de territorios fronterizos, que si…Y el miedo se extiende con facilidad. Y el miedo, amigo mío, te hace débil.

Me preguntó si no había visto el cartel de “sopitas” que llevaba grabado Puigdemont en el trocillo de frente que se le ve, el otro día, en su comparecencia televisiva a modo de réplica de la del Rey; que ahora habla de aceptar mediación y tal y cual; que se le ve en el bolsillo la puntita del pañuelo blanco que empieza a querer sacar. Y a Mariano ya solo le queda apretar un poquito más para que el asunto esté al pil-pil y ya pueda abrir la mano y preparar la mesa donde se sentará como un pánzer frente a un mosquito. Que entonces ya vendrá, si es que ha de venir, eso de la magnanimidad del vencedor y lo de no humillar y tal y cual. Pero que, muy probablemente, en esa mesa se pueda ventilar el asunto con poca cosa, o séase, con lo que los catalanes rechazaron hace unos años: el asunto de los dineros de los impuestos y el blindaje de las competencias en materia de cultura y educación. Pero España unida, oye, como dios manda. Y que los indepes volverán a ese porcentaje del 25%, más o menos, que siempre han sido. Y las aguas a su cauce en cosa de dos o tres años.

Terminó diciéndome que la gente cree que Mariano es tonto y está muy equivocada; que es un estratega de primera, con subida de ceja o sin ella.

La locuacidad de mi compañero de barra me dejó perplejo, sin capacidad de reacción en ese momento “¿De quién has dicho que eras sobrino?” Pero desapareció con la misma velocidad con la que se acercó a mí unas jarras antes.

Ayer volví a la ruta de cañas de nuevo. Un día duro de trabajo bien se merecía refrescar un poco el gaznate con esa maravilla de mahou que tan bien tiran en Madrid. El bar me gusta, así que volví al mismo donde el día anterior había hecho mi nueva amistad. Y, ¡oh, cielos!,  allí estaba de nuevo. Acompañado, en esta ocasión, de otro tipo con el que parecía mantener una apasionada conversación. Me acerqué, pero no pareció reconocerme. Pegue la oreja un momento. Lo justo para oírle decirle a su nuevo acompañante “¿Qué, te gusta el tenis? Pues ya ves, yo soy primo de Rafa Nadal. Te voy a contar el secreto de Rafa para haber regresado al primer nivel del tenis mundial”.

Giré rápido mi cabeza, levanté el vaso que sostenía en mi mano y, de volquete, apuré la media caña que me quedaba. Luego pagué y abandoné el local con cara de perfecto gilipollas.

7.10.17

 

¿Para quién y para qué el referéndum?

En Extremadura nadie reivindica el derecho de autodeterminación ni el llamado derecho a decidir. Lógico, nadie plantea separarse del resto de España y no parece muy razonable pretender una consulta para ratificar que quiere seguir como está. Los referéndum los plantean quienes quieren cambiar su actual estatus. O sea, en Cataluña, los independentistas, que plantean un referéndum para conseguir la independencia. Su objetivo no es votar, como pretenden vender algunos; su objetivo es la independencia de España. Votar, sí, pero como medio o herramienta para conseguir el fin pretendido.

Hay otros, sin embargo, que conciben el derecho a decidir y el referéndum como un objetivo en sí mismo, en tanto en cuanto, creen que habría de permitir resolver (mejor diríamos gestionar, pero eso es otro problema) el conflicto político planteado en Cataluña por el déficit de apoyo social al actual marco jurídico político. Para éstos, el objetivo sí es votar. Porque creen que solo así, se puede avanzar democráticamente en la gestión/solución del problema.

Estos últimos hace tiempo que comprobaron que el camino emprendido por el Govern y los dirigentes sociales del procés no iba a servir para mejorar la situación o resolver el problema. La unilateralidad, la falta de mayorías sociales suficientes, la ausencia de garantías en todo el proceso, la clandestinidad obligada del mismo, que repercute directamente en los mínimos democráticos exigibles, etc. conferían al referéndum del 1 de octubre un marchamo de ineficacia inadmisible. Intuyeron que ese camino no llevaba a nada bueno y no lo apoyaron, a pesar de que, insisto, defiendan el derecho a decidir y la necesidad de un referéndum, pero con otras condiciones y bajo otros parámetros.

Los primeros, sin embargo, los partidarios de la independencia a cualquier precio, siguieron adelante con su iniciativa, probablemente conscientes (al menos, sus dirigentes) de que no la conseguirán en este envite, pero sabedores de que habrán dado una gran paso hacia ella de cara a un futuro mediato.

En éstas, empieza moverse el Gobierno del PP, con don Tancredo Rajoy a la cabeza. Un gobierno y un partido que en siete años no han considerado como tal lo que constituye un grave problema político: el hecho de que un 48% de los catalanes quiera irse de España y constituir un estado independiente. Un gobierno que ha dejado pudrir el problema con su obstinada cerrazón al diálogo y su tendencia a declinar las responsabilidades que le corresponden en la gestión propia del gobierno de todos los españoles. Su movimiento ha sido aferrarse a la Ley y azuzar a jueces, fiscales y policías, para garantizar su cumplimiento. Con brocha bien gorda, estirando las costuras del estado de derecho hasta que crujan sin pudor. Con una parte de la constitución por bandera (su artículo 2, la unidad de España) y menospreciando otra bien importante (el artículo 10 y siguientes, de los derechos y libertades fundamentales). Toma porra o Maza, lo que sea.

Esta actitud del gobierno ha provocado una reacción en amplios sectores sociales de toda España en contra del ataque a las libertades. Ha conseguido unir a una importante mayoría contra esa política retrógrada y, lo que es peor, ha conseguido que se diluyan incluso las responsabilidades que, en la generación de todo este lío tienen los propios dirigentes del procés y el Govern catalán.

Y es aquí donde, a mi juicio, se comete un importante error estratégico. Sumarse a las movilizaciones contra la política de Rajoy y el Gobierno central, asumiendo lemas del tipo “No es independencia, es democracia”, parece razonable, puesto que es imprescindible la movilización contra esa visión cicatera de los derechos y libertades e incluso contra la torpeza política a la hora de encarar el problema que supone la convocatoria del referéndum de este domingo. Pero no podemos dejar de lado que existe el riesgo de que estas movilizaciones supongan, de facto, una legitimación de la iniciativa del 1-O.

Es imprescindible distinguir y diferenciar con nitidez que una cosa es protestar contra la política de Rajoy, y otra, bien distinta, amparar la promovida por Puigdemont y sus socios. Las exageraciones que estamos viendo en la represión del referéndum del domingo no blanquean ni disuelven los errores de bulto existentes en la iniciativa del Gobierno de la Generalitat y los dirigentes independentistas.

El referéndum del 1 de octubre es el referéndum de los independentistas. No será nunca el referéndum de quienes creen (creemos) que el paso por las urnas en una consulta debe contribuir a solucionar o gestionar democráticamente el problema de Cataluña. Y que nadie dude de que toda la movilización de estos días, especialmente la del domingo, será utilizada por los dirigentes del procés en beneficio propio y en defensa de sus intereses.

No aclarar esto antes del 1-O hace muy complicado explicarlo después, cuando alguien crea que es el momento de dar un paso más y llevar a cabo una declaración unilateral de independencia u otra maniobra similar.

Equidistancia lo llaman algunos. Y tienen razón. No es la misma exactamente entre una y otra, pero hay distancia respecto a ambas partes.

30.9.17

 

El fracaso de la política

Hace unas semanas, Aiaraldea, medio de comunicación cuyo ámbito territorial es Laudio y su comarca, me pidió una reflexión sobre el referéndum catalán del 1 de octubre. Como todas las colaboraciones con este medio, la mayor complicación, para mí, consiste en ajustarme a los 1.300 caracteres de que dispongo. Lo de siempre. Expresar una idea en poco espacio. Lo escribí el 11 de septiembre. Probablemente hoy no lo modificaría. Han ocurrido muchas cosas y muy relevantes desde entonces: la torpeza de un gobierno central socavando derechos y libertades fundamentales; el incremento de la crispación social; la ceguera política de unos y otros; la constatación de que no habrá siquiera simulacro de referéndum; el imprevisible impacto en la sociedad catalana de cuanto está sucediendo, en términos de posicionamiento a favor de la independencia, de cara a un futuro más que incierto, con la difícil gestión de la frustración; la imperiosa necesidad de nuevos liderazgos políticos que renueven el viciado aire del asunto Catalunya, etc. Pero todo esto queda, si acaso, para otra ocasión.

Así dice el artículo publicado.

En los últimos años, se ha acentuado (promovido) intensamente el sentimiento anti-español en Catalunya y el anti-catalán en España. Se puede hablar sin ambages de desprecio y odio mutuo en amplios sectores de las dos sociedades.

La grave irresponsabilidad de dirigentes del PP y algunos del PSOE, por un lado, y de buena parte del independentismo catalán por otro, ha contribuido decisivamente a traducir estos sentimientos en políticas concretas. Han vendido que querían y ofrecían diálogo cuando aceptaban y alentaban una confrontación que les convenía. Y así hemos llegado hasta hoy.

“Ustedes ponen tricornios y nosotros ponemos urnas”. Este es el nivel del debate político actual. Penoso, demagógico, carente de didáctica y alentador de la crispación y la tensión social por ambas partes, que irán “in crescendo” lamentablemente.

Catalunya es hoy el fracaso de la política y el fracaso de la democracia. Sufre la libertad. Solo queda desear que la campaña previa de estos días y la frustración que provoque el fiasco del referéndum no traiga consigo otras cosas peores. Habiendo dado los vascos motivos más que suficientes para que nos valoren mal en el resto de España, aún consideran mucho peor a los catalanes. Extraña paradoja. La esperanza está en el 2-O.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 24 de septiembre de 2015.

Cuatro días de julio y el espíritu de Ermua

Xabier y yo esperábamos en una sala pequeña. Estábamos citados a las 18 horas y habíamos llegado con algo de adelanto. Sin embargo, sobrepasada la hora de la cita en varios minutos, la secretaria del ministro se acercó para pedirnos disculpas y comunicarnos que había surgido un problema de última hora y que el ministro nos recibiría enseguida. Así fue, poco después de las 18’30, Jaime Mayor Oreja nos hizo pasar a su despacho. La Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria había acordado un tiempo antes, transmitir al ministro del Interior su posición sobre la conveniencia de modificar la política penitenciaria, especialmente en lo que hacía referencia a la necesidad de proceder a un acercamiento de los presos vascos a centros penitenciarios próximos a sus lugares de origen, por razones humanitarias. Así que, con tal fin, Xabier y yo viajamos a Madrid la calurosa tarde del día 10 de julio de 1997.

Al sentarnos en el despacho del ministro, fue él mismo quien nos informó del motivo de su demora, siendo así, de su mano, como conocimos que ETA había secuestrado a un joven concejal de Ermua llamado Miguel Ángel Blanco. Sea cual sea la distancia política e ideológica que me separe de Jaime Mayor Oreja – que es mucha -, siempre reconoceré el detalle que tuvo de habernos dedicado aquel tiempo, en circunstancias realmente extraordinarias y complicadas. Ni qué decir tiene que el motivo de nuestra visita se esfumó y todo el tiempo que compartimos lo dedicamos a valoraciones especulativas sobre la situación y, sobre todo, a pensar en la necesaria respuesta de la sociedad vasca y el conjunto de las instituciones democráticas al enorme desafío que se había planteado. En aquel despacho ya hicimos ver a Mayor Oreja que Gesto por la Paz de Euskalherria estaría en primera línea, poniendo toda su capacidad de movilización al servicio de la reacción ciudadana, como había hecho siempre. El encuentro no dio mucho más de sí. Regresamos a Euskadi compungidos y sobrepasados por la responsabilidad de lo que se nos venía encima.

De lo que ocurrió los días siguientes no voy a hablar. Es bien conocido. La confirmación del secuestro por parte de ETA, con el chantaje como único planteamiento; la convocatoria de manifestación del sábado por la mañana, en Bilbao; la desbordante asistencia a la misma; el asesinato y las reacciones sociales posteriores, presididas por la indignación, la rabia y por su carácter masivo. Y, en fin, el inicio del llamado espíritu de Ermua.

En la edición de este pasado domingo de “El Correo”, José Luis Zubizarreta abordó con su reconocida maestría analítica,  fortalecida, en este caso, por su conocimiento directo del asunto, como asesor del Lehendakari Ardanza, el trasfondo político existente ya en aquel julio de 1997. Recordaba cómo el paraguas político bajo el cual la sociedad vasca había reaccionado frente a la violencia terrorista desde enero de 1988, el Pacto de Ajuria Enea, navegaba con extrema dificultad, en condiciones cada vez más complicadas y promisorias de una zozobra segura. La movilización producida en Euskadi y Navarra aquellos días de julio constituyeron una suerte de espejismo; un paréntesis que no pudo impedir el cambio producido en los meses siguientes, con consecuencias que se extendieron durante demasiados años. Es importante el recordatorio que hace Zubizarreta porque la movilización social de Ermua se produjo en un contexto político muy especifico y eso marcó su devenir.

Pero ¿qué fue el espíritu de Ermua? Hago mías las palabras con las que Mario Onaindia se refería a tal cuestión, recogidas en el impagable “Ermua, 4 días de julio” coordinado por la periodista María Antonia Iglesias y con la colaboración especial de Ana Rosa Gómez Moral:

Y entonces se produjo el espíritu de Ermua. Lo que unía a todos los vecinos de este pueblo no era solo la rabia contra ETA, ni el hecho de que fueran convecinos. Arropaban con sus aplausos a las autoridades. A todas por igual. (…)  Es decir, que durante estos años no todo habían sido diferencias y enfrentamientos sino que también había habido algo más que había hermanado a gente de ideologías, procedencias y culturas muy distintas. (…)

La gente de Ermua no hizo caso a lo que dicen los partidos políticos en los mítines de fin de semana, y tuvo más en cuenta lo que han construido en veinte años de democracia: no la convivencia de dos comunidades nacionalistas, sino una única nacionalidad plural, democrática y tolerante. Y actuaron como una nacionalidad. Se movilizaron en favor de la democracia. De esta democracia. (…) Las cosas estaban claras, por fin. A un lado, los demócratas. Al otro, los fascistas, que, por serlo, utilizan la violencia. Resucitaron en sus gargantas los mismos gritos que contra Franco.”

Sin embargo, como todo el mundo sabe, esa reacción social duró muy poco. En apenas semanas fueron brotando a la superficie dos intereses y planteamientos tan rotundamente contrapuestos, como llamativamente convergentes en sus intereses, que dinamitaron ese sentido del espíritu de Ermua, definido como lo hizo Mario Onaindia.

Surgieron voces nuevas en el ámbito de la sociedad civil que reivindicaron una filosofía de movilización social mucho más política, alejada del pacifismo al uso hasta entonces, de bases estrictamente éticas. No queremos la Paz, sino la Libertad, decían. Luchamos no solo contra la violencia terrorista, sino contra el nacionalismo obligatorio que la alimenta. Foro de Ermua o Basta Ya fueron los exponentes máximos de este movimiento, en el cual, salvo contadas y muy honrosas excepciones, tipo Savater o Calleja, no abundaban caras conocidas en las movilizaciones contra la violencia en tiempos anteriores. Creció el bloque denominado constitucionalista, al abrigo del pacto tácito y no tan tácito entre PP y PSE, Mayor Oreja y Redondo Terreros. El primero, convertido en el adalid de la nueva versión del espíritu de Ermua. La que convenía a sus intereses. Dispuestos al choque de trenes con el nacionalismo, en pos de una victoria política que permitiera acabar con la hegemonía de éste en Euskadi. Un fin políticamente lícito, escudado tras un fin éticamente exigible, vinculando ambos y excluyendo a quien no lo hiciera.

Jon Juaristi fue uno de los primero en verbalizar este nuevo planteamiento. Esta es una parte de su testimonio en “Ermua, 4 días de julio”, que creo que se comenta por sí solo:

La reacción de la ciudadanía fue una verdadera muestra de civismo, pero a los pacifistas empezó a alarmarles la acelerada merma de su protagonismo que supuso la recuperación de la calle por la mayoría hasta entonces silenciosa y trataron desesperadamente de frenar el movimiento con insinuaciones apocalípticas. (…) Absolutamente inoperantes fuera de sus condenas abstractas y testimoniales del terrorismo, estas organizaciones (pacifistas) han introducido aún más confusión en la sociedad de la que ya habían sembrado los partidos nacionalistas. (…) Hasta ahora, sin embargo, sus únicos logros incontestables han sido  la promoción de una suicida cultura del desarme (a la que denominan eufemísticamente “cultura de la paz”) (…) El terror de los pacifistas a perder el control del movimiento y su propio predicamento social quedó claramente expresado en la sorprendente denuncia que alguno de sus más significados dirigentes hizo de las supuestas salvajadas de los manifestante. A los pacifistas les interesaba cortar el ascenso del movimiento, y lo hicieron bajo el pretexto de impedir una guerra civil.

Por otra parte, no necesitó mucho tiempo el nacionalismo institucional, especialmente el PNV, en experimentar temblores ante la posibilidad de que aquella marea humana de julio pudiera derivar en una tsunami de cariz político que arrastrara a su paso el ideal nacionalista. Hubo quien no acabó de digerir la ausencia de ikurriñas en el número al uso en las manifestaciones, los gritos de “libertad” y otras expresiones nuevas en el paisaje habitual de las movilizaciones en Euskadi.

Tuve la ocasión de volver a representar a Gesto por la Paz de Euskalherria en una ronda de reuniones con partidos políticos poco tiempo después de julio del 97 y no olvidaré jamás las rotundas y categóricas palabras que Joseba Egibar pronunció ante nosotros: “No volveremos a compartir la calle contra la violencia con el PP”. Sin ambages ni medias tintas.

El movimiento de repliegue del nacionalismo fue paralelo al crecimiento del bloque constitucionalista, asomando ambos a la superficie del mar, como dos monstruos rugientes dispuestos a una pelea sangrienta por la supervivencia y abriendo uno de los períodos más oscuros y dramáticos de la vida social y política de la Euskadi democrática. Los asesinatos de ETA pasaron a ser respondidos con la esperpéntica imagen de dos concentraciones separadas, cada una de las cuáles agrupaba a representantes de cada uno de los bloques políticos confrontados. La desunión alcanzó el paroxismo a finales de febrero del año 2000, con la penosa imagen de la división en la manifestación de repulsa por el asesinato de Fernando Buesa y Jorge Díez.

En septiembre de 1997, José Antonio Zarzalejos ya sentía el pálpito del futuro, cuando atinó certeramente con su prospección, al escribir:

La emergencia del movimiento cívico de julio de 1997, en lo que tiene de ético y, por lo tanto, de rompedor de esquemas anquilosados, es un dato para la esperanza. De momento, solo para la esperanza. No, sin embargo, para el optimismo. El hecho de que unos hayan querido manipular esa expresión popular, y otros reducirla, disminuirla, e incuso despreciarla, augura que el mensaje resulta molesto para quienes deben escucharlo y demasiado claro y contundente para quienes deben traducirlo en decisiones coherentes. Puede que el impulso de julio del 97 llegue incluso a frustrarse. Pero, en todo caso, permanecerá como referencia de una oportunidad histórica que se perdió”.

Y esto es lo que ocurrió. Aquella oportunidad se perdió y ya nunca se volvieron a llenar las calles y plazas de Euskal Herria como se llenaron aquellos días de julio de 1997. Sí, el impulso en la concienciación y en la movilización de la sociedad vasca quedó ahí y tuvo su reflejo posterior, pero la sensación de haber perdido un tren que nos podría, tal vez, haber acercado antes al final de la violencia, es difícil apartarla de esta reflexión.

12.7.17

 

 

 

Cuarenta años no es nada

“¡25 años! ¡Twenty five years!

Pero sí, señores y señoras, amigos todos, lo hemos conseguido. Ha transcurrido un cuarto de siglo desde que comenzamos con la primera cena. Uno más desde que entramos la mayoría al insti. Y es que aquel sacrosanto edificio ha supuesto mucho para todos nosotros. Dejemos aparte los derroteros profesionales por los que, a partir de entonces, nos dirigimos cada uno. La mejor aportación que nos ha dado el INB Canciller Ayala ha sido, sin duda, la amistad que aún hoy, 25 años después, seguimos conservando. Una amistad que se cimentó en aquellos cuatro años, del 75 al 79 y que después, año tras año, hasta llegar hoy a 25, ha continuado revitalizándose en cada cena. Un acontecimiento que muchos esperamos cada año. Es el conjuro, la catarsis, la queimada en la que todos participamos; en donde renuevas tu fe en una cuadrilla de gente que estudió contigo y que ahora es tu amiga y cómplice de una época fundamental. No importa que siempre salgan las mismas anécdotas y los recuerdos de siempre, porque todos los esperamos…”

Así empezaba el editorial de la revista COU NEWS (Edición especial) que un grupo de amigos con pasado estudiantil compartido publicamos el mes de junio de 2002. Entonces celebrábamos 25 años de fidelidad a un encuentro anual gastronómico-festivo que mantenemos desde que, en el año 1977 organizamos el primero de ellos, al finalizar nuestro curso de segundo de BUP en el instituto de Llodio. Formábamos parte de la promoción que abría el nuevo plan de enseñanza, el de la EGB y el BUP y siempre que me refiero a esta etapa de nuestra vida repito fascinado una misma reflexión: al vértigo propio del cambio que experimenta cualquier persona entre los 14 y los 18 años, se sumó, en nuestro caso, el vértigo del cambio social de colosales dimensiones que se produjo en nuestra sociedad entre 1975 y 1979. Nuestros tornados personales circularon a través de un ciclón colectivo. En cierto modo, puede ser hasta curiosa nuestra “normalidad”.

Complicidad ha sido la palabra clave, el sentimiento central de esta historia compartida. Hace 15 años veíamos mediada ya esta loca carrera hacia sabe dios dónde, que es la vida y aún nos encogíamos en postura fetal refugiándonos en el recuerdo presente de un tiempo pasado que nos marcó a cada uno de nosotros. Por eso, porque quedó esa huella imborrable, porque lo sabemos y lo admitimos así y porque lo reconocemos en los demás, nos sentimos cómplices.

Mary Shelley, pseudónimo de una colaboradora de la revista mencionada, escribía en 2002:

Lo cierto es que recordar…recuerdo pocas cosas. Me acuerdo, eso sí, del principio y del final. El primer día, tan pequeños, tan poco intimidados por aquel mundo nuevo y por la mirada entre curiosa y burlona de los veteranos. Y las últimas semanas: la lenta despedida, aquella cuenta atrás vivida con la aguda conciencia de que cada día era irrepetible, de que estábamos construyendo un recuerdo futuro. Apurábamos la copa atenta, minuciosamente. Después serían el adiós y la diáspora. En medio, cuatro años atravesando un embudo inverso, expandiéndonos, haciéndonos más nosotros mismos.”

Morrison&Batiatto, otro colaborador de la revista, recogía así sus impresiones, contribuyendo a ese minitratado de la nostalgia en que se convirtió la publicación:

“Yo recuerdo el día de la selectividad como uno de los más tristes de mi vida, porque cuando volvimos de Vitoria y me despedí de todos, me senté en las escaleras del portal de casa y comprendí entonces que todo se había acabado, que estaba más solo que la una y que así seguiría estando toda mi vida…porque, aunque os parezca exagerado, lo que vives a los 17 años es la esencia, el jugo de tu existencia…y después no hay más…es una contínua búsqueda, un contínuo querer volver a entonces…

Aquel día en Vitoria fue un comprimido de lo que habíamos sido y vivido en el instituto, pero It’s the end, my friend, me dije parafreaseando a Jim Morrison.

Por eso, la nostalgia me sigue invadiendo cada vez que paso junto al instituto y por eso sé que toda aquella época es irrecuperable y que todas esas sensaciones que se agolpan en mi cabeza y que resisten al implacable acoso del tiempo serán siempre solo eso, sensaciones y nada más…”Cuando pienso en cómo he malgastado mi tiempo, que no volverá más…”

Y acabo las citas con este otro fragmento nuevamente del artículo de Mary Shelley:

“Entonces…¿A santo de qué tanta nostalgia? ¿Qué tienen ellos que nosotros hayamos perdido en el camino? La añoranza, cumplidos los cuarenta, es el deseo de tiempo por delante, de futuro, de camino largo e incierto por construir, visto desde las certidumbres del presente. Por paradógico que sea, la nostalgia mira en realidad hacia delante, rebota en un espejo roto y cambia de sentido. Andamos en busca de un futuro abierto, no de ese ayer ya clausurado, impreciso, reinventado (¡Nuestro!).”

Este viernes, 9 de junio, volvemos a reunirnos el grupo de amigos excompañeros del insti. Son 40 años ya. El valor simbólico de las cifras redondas. Volverán las sonrisas y los saludos cómplices y se repetirán los ritos, las chanzas, los recuerdos, la música… la vida está ya más que mediada y aún mantenemos la ilusión del encuentro. Brindaremos porque no desaparezca nunca, con más nostalgia de futuro, tal vez, que nunca.

8.6.17

 

 

 

El derecho a la verdad y la prescripción de los delitos

Acaba de hacerse pública la noticia de la absolución de Javier García Gaztelu, alias Txapote, por parte de la Audiencia Nacional, al haber prescrito los delitos cometidos en un antiguo atentado contra el edificio del Gobierno civil de Gipuzkoa, en San Sebastián, perpetrado en 1995 y en el que, por fortuna, no hubo víctimas.

La reacción más común ante esta noticia es la indignación. Algo comprensible, pues se pretende el castigo para el culpable de delitos graves y al ciudadano normal le cuesta aceptar y entender que ello no sea posible por la aplicación de una institución, la prescripción, que impide el citado castigo por el mero transcurso del tiempo. Mucho más si se piensa en la posibilidad de que tal circunstancia pudiera haberse evitado con una actuación más diligente por parte de algún servicio del Estado.

Sin embargo, a mí me interesa otro aspecto de la noticia. Estamos ante un supuesto en el que la prescripción solo ha desplegado su eficacia jurídica en el momento de dictarse la sentencia, con el valor que le atribuye nuestro ordenamiento procesal penal, que no es otro que el de constituir una causa de extinción de la responsabilidad criminal.

Se produce con ello, una evidente diferencia en relación a la aplicación que de esta institución realizan habitualmente los juzgados de instrucción, en particular los de la Audiencia Nacional y en casos de delitos que han supuesto graves violaciones de derechos humanos. Todos conocemos el lamento de numerosas víctimas que ven archivadas sus causas, por la aplicación de la figura de la prescripción, cuando se encuentran en la fase de instrucción. Esto supone que se cierra la posibilidad de realizar cualquier tipo de actividad de investigación policial y judicial y, por tanto, de que, en el futuro, pudiera llegarse – quién sabe – a reunir todos los elementos necesarios para la celebración de un juicio oral.

El caso ahora conocido del atentado de Txapote y otros contra el Gobierno Civil de Gipuzkoa, demuestra que es posible realizar toda la investigación precisa, en cualquier momento, independientemente del paso del tiempo, hasta que sea factible la celebración de un juicio, por concurrir los elementos suficientes y necesarios para ello, a resultas del cual se dicte una sentencia que declare probados unos hechos considerados como delito y de los cuáles exista un autor, aunque a continuación, se declare la extinción de su responsabilidad criminal, en virtud de la eficacia jurídica de la prescripción. Esto y no otra cosa es lo que ha hecho la Audiencia Nacional con este caso. No se precisan reformas legales para proceder de esta manera.

Esta tesis (una determinada manera de proceder por parte de los jueces, en relación a la figura de la prescripción) no supone una solución global al problema de los atentados terroristas sin esclarecer (que los hay y muchos, tanto de ETA, como del GAL y de otros grupos de extrema derecha), porque ello dependerá, claro está, del éxito en las investigaciones policiales que pudieran llevarse a cabo, con las enormes dificultades que entraña el hecho de que haya transcurrido tanto tiempo desde la comisión de los delitos. Y no quedará satisfecho el derecho a la Justicia. Pero, al menos, se abre una vía cierta para poder avanzar, en algunos casos, en la materialización del derecho a la verdad que ostentan las víctimas de vulneraciones graves de derechos humanos. Y eso no es poco. Especialmente para éstas.

Claro que, un conocido juez instructor ya intentó algo parecido, con otro tipo de delitos que también constituían graves violaciones de derechos humanos, y ya sabemos cómo terminó.

1.6.17