Memoria diarreica

Uniforme de camisa blanca y corbata azulona (ese nudo siempre sesgado hacia un lado), con jersey de pico azul marino; los deliciosos recortes sobrantes de las obleas (sin consagrar) y que recibías según el propio merecimiento. La merienda (aquel pan con chocolate Chobil; o Zahor, para hacer la colección de Juanito) y a la calle, a jugar. La calle, siempre la calle, la Plaza. En el patio de las monjas chutando alguna que otra rata muerta para echárselas a las chicas. La pared del urinario con el caño todo lo largo, a ver quién iba más atrás sin que el chorro dejara de caer dentro del caño. Ojo de buey, punzón y tijerillas (Txorro, morro, piko, taio, ke) en el pórtico de la iglesia, donde también caían juegos como la cruz, sangre, policías y ladrones o aquella joya que era dólar con rayo y que no conoce casi nadie, con su morcilla estirada, napoleón revisa a sus soldados y otras varietés. Fantomas, el Zorro y cualquiera de romanos o de vaqueros en la primerísima hora de la tarde del domingo en el atiborrado cine de los frailes. La sala de la congregación, los campeonatos de futbolín y las partidas de cartas. El colegio entero dividido en blancos y azules para los juegos por la onomástica de San Juan Bautista. Conocer lo que era la jornada laboral intensiva, en este caso, de monaguillo las mañanas de los domingos para sacar unas pelas. Dunking y Bazooka para masticar, hasta que llegó el cosmos negro cuya excentricidad nos cautivó. Lo del Cheiw vendría más tarde. Siempre sin dejar de ser fieles a las pipas Facundo, con su bola amarilla en cada paquete que, si era roja en su interior, daba derecho a obtener otro de regalo.

 

La Patxa y la Bruna, los caramelos de nata a perra gorda, el regalíz de zara, los bollos secos (qué cara la mantequilla), el jariguay y más futbolín. La rana, para mayores. Los baños del sábado a base de llenar la bañera con pucheros de agua calentados en el fuego de la cocina. Albornoz amarillo y Viaje al fondo del mar. Ah, Kowalski… Clase los sábados por la mañana, pero con televisión escolar. Félix, el amigo de los animales, le decían. Y venga a ponerme medias de rombos hasta la rodilla. Aquella estufa de leña en medio de la clase de primero en los frailes… setenta pipiolos. José Puertas nos sufría y nos domaba, a medias. Vales de disciplina, concursos de catecismo. ¿He hablado ya de “Guardianes del espacio”? Guau, los thunderbirds numerados como naves espaciales y una Penélope que aún siendo muñeca, le provocaba a uno un cierto desasosiego. “Vida y color” y el mercadillo de cromos de los domingos en la plaza. Furgol, si era en septiembre-octubre. Iríbar, Sáez, Etxeberria, Aranguren, Igartua… Un patio de colegio donde éramos capaces de jugar tres o cuatro partidos simultáneos, sin confundirnos de balón. Curtis, por supuesto. Sonidos de mis mañanas: La sierra de la carpintería y los rebuznos de los burros atados apenas a treinta metros de mi cama, bajo la cuesta de San Roque.

La rivalidad entre barrios jugando a fútbol en cualquier campa. La chimbera y los balines; unas merendolas de cumpleaños surtidas más de ilusión que de suculencias. Silencio en la sala, que viene doña Pascuala. Y todos a correr. Las martinicas, que además de estallar repiqueteando al rascarlas contra la pared, te permitían, al humedecerlas, pintarte la cara de fosforito en la oscuridad. De nuevo la clase de las monjas con la tabla de multiplicar sobre el tablero que parecía un reloj y uno que salía a señalar con la regla de madera. Sí, esa que acababa inmisericorde en tu mano si la hacías y te pillaban. Dos modalidades de golpe: en la palma, con la mano extendida y en las puntas de los dedos con ellos reunidos arriba (ésta era jodida). Los colgadores de las batas y el cuarto de los ratones. Cuando había recado a la botica, caían algunas gominolas verdes de Pepe o Lola. Excelentes. Chapas y billetes de tren sobre geometrías de tiza blanca en el suelo. Pistas de iturris en la arena. El Domund con el panel del termómetro para la competición de donativos por clases. Caligrafía, puntillo, tintero, secante… toma ya. Eso sí, todo con borona de la que se comía luego el hermano Alfredo cuando su fino olfato la detectaba en clase y te la confiscaba debidamente. Las escaleras del pórtico de las monjas, el melonero y el charlatán, todo sin moverse del sitio.

Vuelvo a primer grado y la clase de Puertas, el hermano Jacinto con los boletines de notas todos los sábados. “Setenta puntos en adelante, pasen” y te soltaba la consabida barra de regalíz de zara, para humillación de quienes nunca la cataban. Los infructuosos intentos de hacer navegable el Aldaikoerreka y a secar a la cocina de chapa de la abuela, claro. Tiempos de fijador Lucky, qué bien olía. Aromas de leña con los primeros fríos. Comprando mostachones o españoles sobre papel de estraza en el Maruri, donde Miguel Urquijo, mientras pasábamos a hurtadillas el dedo por el bacalao salado para chupárnoslo después. Antorcheros desgarbados con la cara pintarrajeada de corcho negro para salir en la cabalgata. Pulgarcito, DDT, Tíovivo, el Capitán Trueno, el Jabato y el kiosko de Sarralde. Vamos a la cama, sí; con Cleo y compañía y su tonada.

Y, envuelto en esta atmósfera de recuerdos, creo que haré lo propio, que es tarde y tengo sueño. Eso sí, antes me tomaré un fortasec.

28.12.17

 

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Cuarenta años no es nada

“¡25 años! ¡Twenty five years!

Pero sí, señores y señoras, amigos todos, lo hemos conseguido. Ha transcurrido un cuarto de siglo desde que comenzamos con la primera cena. Uno más desde que entramos la mayoría al insti. Y es que aquel sacrosanto edificio ha supuesto mucho para todos nosotros. Dejemos aparte los derroteros profesionales por los que, a partir de entonces, nos dirigimos cada uno. La mejor aportación que nos ha dado el INB Canciller Ayala ha sido, sin duda, la amistad que aún hoy, 25 años después, seguimos conservando. Una amistad que se cimentó en aquellos cuatro años, del 75 al 79 y que después, año tras año, hasta llegar hoy a 25, ha continuado revitalizándose en cada cena. Un acontecimiento que muchos esperamos cada año. Es el conjuro, la catarsis, la queimada en la que todos participamos; en donde renuevas tu fe en una cuadrilla de gente que estudió contigo y que ahora es tu amiga y cómplice de una época fundamental. No importa que siempre salgan las mismas anécdotas y los recuerdos de siempre, porque todos los esperamos…”

Así empezaba el editorial de la revista COU NEWS (Edición especial) que un grupo de amigos con pasado estudiantil compartido publicamos el mes de junio de 2002. Entonces celebrábamos 25 años de fidelidad a un encuentro anual gastronómico-festivo que mantenemos desde que, en el año 1977 organizamos el primero de ellos, al finalizar nuestro curso de segundo de BUP en el instituto de Llodio. Formábamos parte de la promoción que abría el nuevo plan de enseñanza, el de la EGB y el BUP y siempre que me refiero a esta etapa de nuestra vida repito fascinado una misma reflexión: al vértigo propio del cambio que experimenta cualquier persona entre los 14 y los 18 años, se sumó, en nuestro caso, el vértigo del cambio social de colosales dimensiones que se produjo en nuestra sociedad entre 1975 y 1979. Nuestros tornados personales circularon a través de un ciclón colectivo. En cierto modo, puede ser hasta curiosa nuestra “normalidad”.

Complicidad ha sido la palabra clave, el sentimiento central de esta historia compartida. Hace 15 años veíamos mediada ya esta loca carrera hacia sabe dios dónde, que es la vida y aún nos encogíamos en postura fetal refugiándonos en el recuerdo presente de un tiempo pasado que nos marcó a cada uno de nosotros. Por eso, porque quedó esa huella imborrable, porque lo sabemos y lo admitimos así y porque lo reconocemos en los demás, nos sentimos cómplices.

Mary Shelley, pseudónimo de una colaboradora de la revista mencionada, escribía en 2002:

Lo cierto es que recordar…recuerdo pocas cosas. Me acuerdo, eso sí, del principio y del final. El primer día, tan pequeños, tan poco intimidados por aquel mundo nuevo y por la mirada entre curiosa y burlona de los veteranos. Y las últimas semanas: la lenta despedida, aquella cuenta atrás vivida con la aguda conciencia de que cada día era irrepetible, de que estábamos construyendo un recuerdo futuro. Apurábamos la copa atenta, minuciosamente. Después serían el adiós y la diáspora. En medio, cuatro años atravesando un embudo inverso, expandiéndonos, haciéndonos más nosotros mismos.”

Morrison&Batiatto, otro colaborador de la revista, recogía así sus impresiones, contribuyendo a ese minitratado de la nostalgia en que se convirtió la publicación:

“Yo recuerdo el día de la selectividad como uno de los más tristes de mi vida, porque cuando volvimos de Vitoria y me despedí de todos, me senté en las escaleras del portal de casa y comprendí entonces que todo se había acabado, que estaba más solo que la una y que así seguiría estando toda mi vida…porque, aunque os parezca exagerado, lo que vives a los 17 años es la esencia, el jugo de tu existencia…y después no hay más…es una contínua búsqueda, un contínuo querer volver a entonces…

Aquel día en Vitoria fue un comprimido de lo que habíamos sido y vivido en el instituto, pero It’s the end, my friend, me dije parafreaseando a Jim Morrison.

Por eso, la nostalgia me sigue invadiendo cada vez que paso junto al instituto y por eso sé que toda aquella época es irrecuperable y que todas esas sensaciones que se agolpan en mi cabeza y que resisten al implacable acoso del tiempo serán siempre solo eso, sensaciones y nada más…”Cuando pienso en cómo he malgastado mi tiempo, que no volverá más…”

Y acabo las citas con este otro fragmento nuevamente del artículo de Mary Shelley:

“Entonces…¿A santo de qué tanta nostalgia? ¿Qué tienen ellos que nosotros hayamos perdido en el camino? La añoranza, cumplidos los cuarenta, es el deseo de tiempo por delante, de futuro, de camino largo e incierto por construir, visto desde las certidumbres del presente. Por paradógico que sea, la nostalgia mira en realidad hacia delante, rebota en un espejo roto y cambia de sentido. Andamos en busca de un futuro abierto, no de ese ayer ya clausurado, impreciso, reinventado (¡Nuestro!).”

Este viernes, 9 de junio, volvemos a reunirnos el grupo de amigos excompañeros del insti. Son 40 años ya. El valor simbólico de las cifras redondas. Volverán las sonrisas y los saludos cómplices y se repetirán los ritos, las chanzas, los recuerdos, la música… la vida está ya más que mediada y aún mantenemos la ilusión del encuentro. Brindaremos porque no desaparezca nunca, con más nostalgia de futuro, tal vez, que nunca.

8.6.17

 

 

 

La Viña

Atribuyen a Rilke, el poeta, la expresión “Mi patria es mi infancia”, que causó después fortuna entre otras mucha gentes. Yo ampliaré la mía a la adolescencia y primera juventud, tiempos de flores abiertas a la vida, descubrimientos, ilusiones y torbellinos emocionales. En medio de todo ello, hubo espacios que cobraron una trascendencia singular en nuestras vidas. Uno de ellos se me va ahora. Se va, como se fueron y se van otros trocitos de corazón, con el transcurrir de los años: los edificios, los lugares, las personas…La nostalgia se abre paso con andar poderoso.

Nuestros primeros vinos (antes que la cerveza), las partidas de cartas, el refugio de las piras de clase, el lugar de reunión y, sobre todo, la música. La emoción intensa a través de la jukebox de la esquina, junto a la ventana, entre humos de tabaco y sabores etílicos. Descubriendo la vida al son de Lou Reed, Dylan, Chicago, Cat Stevens, Pynk Floyd o Benito Lertxundi. Fue un espacio mágico durante los años del gran vértigo individual, grupal y social. Más adelante, siguió siendo el remanso tranquilo para la charla, la buena música o la juerga con el baile, cuando la ocasión era propicia.

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La sombra del abnegado trabajo, a lo largo de más de cuarenta años, de Fernando, de Edurne, de Pantxi, de MariLuz, de Sara y de Nandi desaparece físicamente de la esquina donde lucía para los demás. Ahora me queda el consuelo de que jamás se borrará del corazón de tantos llodianos como hemos tenido el privilegio y el placer de incorporarlo a nuestra pequeña patria vital.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 21 de octubre de 2015.

Carácter: una seña de identidad

Corría el año 1972 y el Colegio La Salle, los “frailes” de Llodio, dejaba de ofertar la recién implantada EGB para centrarse en la Formación Profesional, así que quienes estudiábamos allí tuvimos que emigrar a los colegios entonces llamados “nacionales”. Lamuza, en concreto, nos acogió a todos durante unos meses, hasta que terminaron las obras de los nuevos “Gregorio Marañón”, en Ugarte y “Ortega y Gasset” y Menéndez Pidal” en Lateorro. Al comienzo de aquel curso, nos plantearon en el colegio la posibilidad de apuntarnos a algún deporte y, claro, todos al fútbol, única práctica deportiva conocida en el patio de los frailes, aparte de pelota en el frontón. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no había opción a fútbol en Lamuza, solo baloncesto, balonmano y balonvolea. ¡Toma ya!. De los dos últimos apenas sabíamos nada, así que la familiaridad que el inolvidable Torneo de Navidad nos brindaba con el primero, hizo que la cuadrilla de amigos nos apuntáramos al deporte de la canasta. De esta curiosa circunstancia nació mi pasión por el basket.

LAMUZA BALONCESTO 7º 8º EGB

El paso del torneo inter-escolar al equipo juvenil del Llodio BC, la edición veraniega de los partidos en La Plaza, con equipos de primera división (Kas, Águilas, Caja de Álava, Askatuak…), los años del sénior en categoría provincial, el fin de mi etapa como jugador y el inicio de la de entrenador, el ascenso a Tercera, mi alejamiento del Llodio, BC, las primeras visitas a Mendizorroza a ver al Baskonia, la cuadrilla de Amurrio con las gabardinas como embrión de peña, el primer título del club en Villanueva de la Serena, el espectáculo de “superbeltza” Hollis …

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Todos ellos fueron eslabones de una cadena que fue consolidando mi afición a este hermoso deporte. Cierto es que, poco a poco, mi relación con el baloncesto fue circunscribiéndose al seguimiento del Baskonia. El crecimiento de este Club era evidente. El traslado de Mendizorroza a Zurbano, la llegada de Herb Brown, siempre de pie en los partidos, con su canuto de papel en la mano, la era del inolvidable y entrañable Sheriff Manel Comas, con su peculiar forma de ser… Mis visitas al pabellón se hicieron cada vez más frecuentes.

Un hito inolvidable para mí fue la primera final europea del Baskonia, en Lausanne, año 1994. El desplazamiento de unos tres mil seguidores baskonistas el 15 de marzo a la ciudad suiza constituyó un acontecimiento espectacular, con un carácter festivo y una manera de animar que caló entre todos quienes tuvieron la fortuna de estar presentes en el pabellón e incluso en las calles, incluida expresamente la policía suiza, que aplaudió a la afición por su magnífico comportamiento, al término del partido. Rubén Gazapo recoge en su estupendo blog baskonistas.com, entre otras cosas, lo siguiente: “Un apoyo que tuvo mayor  mérito cuando tras el final del partido y el resultado desfavorable (91-81) que indicaba que la Recopa se iba a Eslovenia, todos los seguidores vitorianos nos quedamos durante una hora animando, cantando y apoyando a nuestros equipo pese a la derrota. Está final comenzó a colocar al Baskonia y sus aficionados en el escaparate del basket FIBA y marcar las bases para aspiraciones mayores en Europa.”

Llegaron después más finales y, por fin, el título de la Recopa 1996. El Baskonia seguía creciendo y su afición comenzaba a mostrar algunas características con las que se hizo acreedora del reconocimiento y la admiración de una gran parte del mundillo baloncestístico español y europeo: incansables en la animación, fieles al equipo en la victoria y en la derrota, respeto y reconocimiento al rival y espíritu lúdico y musical. Las copas del Rey fueron el mejor escaparate para lucir esta manera de ser baskonista. En pabellones y calles de varias ciudades españolas aún recuerdan el paso de la marea azulgrana, especialmente a los sones de la incansable txaranga.

Tras el susto que nos brindó Scariolo “casiganando” aquella primera liga, que finalmente se fue a Manresa, y tras algunos sobresaltos en el banquillo, llegó la época Dusko Ivanovic. Para entonces, a finales de siglo, yo me había hecho ya abonado del Baskonia, por supuesto sin la más mínima intención de transmitir mi afición a este deporte a Markel y muy lejos de pretender influencia paternal alguna, claro, claro. Bueno, que fuimos los dos abonados.

Con Dusko se inició la década prodigiosa. Seguía con el club un patrocinador importante y comprometido como pocos en el mundo empresarial, TAULELL, de Castellón, frente a cuya fidelidad, 22 años, por mucho que respondiera a motivos comerciales y económicos, hay que quitarse el sombrero. Su apoyo económico permitió a Saski Baskonia disfrutar de un potente estatus económico y ello le permitió competir con dignidad en el mercado de fichajes, aunque es verdad también que el acierto en el mercado de futuros ayudó lo suyo en la cuestión económica, al tiempo que contribuía al crecimiento deportivo, toda vez que se inició una dinámica de inversión rentable con el desarrollo de jugadores fichados muy jóvenes cuya madurez baloncestística permitió una salida ventajosa para el club.

La presencia en las finales de las competiciones que se disputaban comenzó a ser casi una costumbre. Grato recuerdo de aquella final de la primera edición de la euroliga, en 2001, el play off contra el mejor Virtus de Bolonia de la historia.

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Y, con las finales, los trofeos. Ligas y copas engrosaron la vitrina del club y convirtieron en familiar la imagen de la Plaza de la Virgen Blanca abarrotada de seguidores celebrando los logros del equipo con sus componentes. La primera Final-four para el equipo, en mayo de 2005 también fue un acontecimiento que viví personalmente y de manera muy intensa. Inolvidable la perplejidad de los seguidores macabeos cuando, tras recibir ellos el trofeo de campeón y celebrarlo debidamente, observan que los seiscientos baskonistas presentes seguíamos incansables con nuestros gritos, canciones y bailes, apoyando a nuestro equipo. Más de uno pensaría que si así celebrábamos la derrota, qué habríamos hecho en caso de haber ganado.

Tales eran los éxitos, que la afición creció. El Buesa Arena se llenaba varias veces a lo largo de cada temporada y, entre la idea de continuar con el crecimiento del club y la de organizar algún día una Final-four, Querejeta se marcó como objetivo – y consiguió – ampliar el pabellón hasta las 15.500 plazas con que cuenta actualmente.

Pero llegó la crisis y sus consecuencias se hicieron notar en la capacidad económica de un club que, a diferencia del Real Madrid y el FC Barcelona, no tenía el paraguas de una estructura futbolera y dependía de los patrocinios públicos y privados, ambos claramente menguantes. Baskonia volvió a vestir sus ropajes más modestos a la hora de fichar jugadores y, para más desgracia, tampoco ayudó mucho el resultado de los realizados como inversión, donde llevamos unos años de sequía. Y con esa disminución de capacidad económica también llegó el bajón en los resultados deportivos. Y ahí andamos hoy en día.

Este fin de semana comienza una nueva edición de la Liga ACB y este es el motivo de esta reflexión. A nadie se le escapa que el ambiente en el Buesa Arena ha cambiado mucho en los últimos años. Es probable que la llegada de nuevos aficionados, muchos de ellos atraídos por el calor de los triunfos, haya provocado incorporaciones que desconocen la historia, la trayectoria y, sobre todo, el espíritu originario y original de este club y de su afición. Crecer es imprescindible y hacerlo en masa social es uno de los pilares básicos del futuro, pero tan importante como lo cuantitativo es, en este caso, lo cualitativo. Hay que crecer bien y eso implica mantener la filosofía de marca Baskonia.

Por encima de todo, hay que valorar en su justa dimensión la década que vivimos a comienzos de siglo. Algo que muchos llegaron a considerar como normal, a base de repetirse, pero que constituyó un auténtico milagro, aunque obraran manos terrenales en su materialización, como el propio Querejeta, Alfredo Salazar o Dusko Ivanovic. Codearse con lo más granado, florido y poderoso del baloncesto continental durante diez años no está a la altura de cualquiera. Y menos de un club de ciudad pequeña, como Vitoria, con un radio de influencia poblacional tampoco excesivamente grande. Nuestra historia nos dice que Baskonia era un club modesto. Con aspiraciones de ser grande, pero siempre modesto por posibilidades y capacidad. Llegó a la cumbre con sacrificio, trabajo y su correspondiente dosis de suerte y allí se mantuvo durante años. Un auténtico lujazo. Pero eso acabó. Ahora es ya historia y volvemos, en cierto modo, a otro momento pasado, el de la lucha por estar entre los mejores, aspirando a ganar a los grandes pero, sobre todo, a no perder nuestra seña de identidad: competir siempre con carácter.

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La afición tiene que recuperar ese espíritu de apoyo incansable al equipo, donde no caben murmullos desaprobatorios durante los partidos, referidos a nuestros jugadores (de los pitos ya ni hablo). Hemos de resituar nuestros objetivos y ser capaces de volver a ilusionarnos con metas más asequibles y al alcance del equipo confeccionado para esta temporada: entrar en la copa y pelear en ella, llegar a semifinales de liga, al Top 16 en la Euroliga….Y digo ilusionarnos, que no conformarnos. Aspirar a lo más no es incompatible con volver a sentir ilusión y valorar otros logros que tiene su enorme mérito para un club como es el Baskonia.

La exigencia para los Causeur, Adams, James, Hanga, Corbacho, Tillie, Bourousis, Planinic, Blazic, Bertans, los Diop y el propio Perasovic, debe ser una: preservar la identidad de la que hablaba antes. La demostración de ese carácter indomable que debe aportar al equipo un plus de competitividad. Las ganas, la pelea, el coraje, la moral irreductible, la comunión con la grada. Estar en competición con hambre siempre, aunque vengan mal dadas. Los jugadores y los aficionados. Carácter Baskonia. Todo eso, y no los títulos, constituye nuestra identidad. Con ella lucharemos por todo, pero sobre todo, con ella, disfrutaremos más con nuestro equipo y con nuestro deporte.

Son, como ves, amable lector, unas líneas muy personales y hasta emotivas. Por ello, tal vez de interés muy relativo. Pero reflejo de esa parte tan importante para mí, como es la pasión. En este caso, la pasión por el deporte de la canasta y por un equipo singular: el Baskonia.

8.10.15

Cuando abusan de su situación de poder

Hace ya bastantes años, Canal Plus se hizo con los derechos para la retransmisión de los partidos de baloncesto de la ACB y mi pasión por tal deporte me llevó a formar parte de la legión de abonados de tal canal de pago. Ya luego vino la constatación de sus posibilidades en otras áreas de la programación televisiva, singularmente las películas, algunos documentales (¡Ay, Sistiaga!) y otras retransmisiones deportivas. Más tarde, la ACB negoció sus derechos con otra cadena, pero la NBA era un reclamo más que suficiente para seguir fiel al canal de pago. Finalmente el mes pasado, decidimos en casa poner fin a este idilio televisivo que ha durado un buen tiempo. Confieso que ya la fusión de Canal Plus con Movistar me hizo torcer el morro, dada mi aversión a la operadora de telefonía, por motivos que no vienen al caso, aunque no le anden muy lejos.

Pues bien, consciente de haber leído y escuchado en no pocas ocasiones, anécdotas, vicisitudes e incluso dramas, de distintos consumidores en su afán por tramitar la baja de grandes empresas suministradoras de servicios de telefonía, especialmente, aunque no solo, me dispuse a aventurarme en ese maravilloso mundo de la resolución de un contrato de suministro, en este caso, de televisión de pago. Para ello, localicé en internet una dirección electrónica: clientes@canalplus.es Como parecía un cauce adecuado para hacer llegar a la empresa suministradora mi voluntad de darme de baja como abonado, les envié un correo en tal sentido. El día siguiente, 21 de julio, recibí esta contestación:

En nuestro objetivo de atender tu email de la forma más ágil y eficaz ponemos a tu disposición nuestra Zona de Contacto,  www.canalplus.es/contactanos  a través de la cual podrás enviarnos tu consulta o comentario. La dirección de email que has utilizado ya no está operativa.”

Correo Canal Plus

Me fui derecho a la página web indicada en el correo recibido, comprobando que ya era Movistar Plus la que controlaba el asunto y que establecía, en principio, tres opciones para contactar con la compañía: Un buzón de atención al cliente (supongo que sería una suerte de correo electrónico), un chat de ayuda desde la misma web y un número de teléfono de servicios especiales 902. Todo perfecto, si no fuera porque las dos primeras vías te remitían, al pinchar sobre ellas, a un letrero que decía “Servicio no disponible. Estamos realizando una actualización en nuestros sistemas. Puedes contactar con nosotros llamando al 902….” (la tercera opción de antes). Es decir, la única vía para darme de baja era la llamada a ese número de servicio especial. “A por él”, me dije, después de lamentar que hubiera coincidido el momento de mi gestión con la reconstrucción del sistema de comunicaciones de una compañía, que, por objeto empresarial, a buen seguro lo tendría solucionado en muy poco tiempo.

Tras la marcación correspondiente, un contestador automático me ofreció varias opciones en función del motivo de mi llamada, indicando un número determinado para cada una de ellas. En concreto, la voz decía que pulsara el 3 en caso de baja como abonado. No tuve suerte, pues todos los operadores estaban ocupados y no me apetecía esperar. Repetí la acción con el mismo resultado y, por fin, lo dejé para el día siguiente por la mañana, durante la cual, aún hube de realizar varias llamadas hasta conseguir que una voz femenina me atendiera al otro lado. Le expuse el motivo de mi llamada y, tras realizarme algunas preguntas relacionadas con los motivos de la baja, me comunicó que me iba a pasar con el departamento correspondiente donde me la habían de tramitar. Sorprendido, le hice partícipe de mi perplejidad, pues había pulsado el número 3, en el menú de voz del principio, que era precisamente el que respondía, en exclusiva, a la tramitación de baja como abonado y esperaba que ella misma diera satisfacción a mi demanda. Amablemente me dijo que no, que eso era en el departamento con el que estaba intentando comunicarme. Pero al cabo de cierto tiempo de espera, también resultó imposible dicha comunicación, sin explicarme la amable señorita cuál era el motivo y me invitó a que lo volviera a intentar pasado un rato. A esas alturas, hurgaba ya en mi interior en busca de alguna reserva de paciencia, pues notaba perfectamente todos los síntomas de su pérdida. Colgar y mandar al carajo la gestión fue todo lo que conseguí hacer.

El berrinche me duró unos días, al cabo de los cuales, algo me hizo ver que no debía ser borrico y que las cosas deben funcionar así, que para eso están los sistemas, los mecanismos y los protocolos y tal y cual, de manera que volví a coger el teléfono y a marcar el 902 que ya sabía de memoria.

Era el 27 de julio. El proceso siguió siendo el mismo: seguían sin funcionar, por supuesto, las otras vías de contacto con la compañía; ni el buzón de correo, ni el chat, de manera que no quedaba otra que pasar por el aro del 902. Les ahorraré los detalles de las varias llamadas que tuve que hacer y las discusiones – alguna de ellas acalorada, lo confieso – que mantuve con alguno de los amables y no tan amables operadores que me atendieron. Lo sustancial fue que, cuando una de estas señoritas pretendía infructuosamente de nuevo intentar pasarme con el departamento fantasma que tramita las bajas de los abonados, le pregunté si la conversación que manteníamos ella y yo estaba siendo grabada, tal y como se advertía al comienzo de la comunicación. Me respondió que sí y entonces el pedí el número del registro de la llamada con el que Movistar Plus identifica la misma. Se quedó un poco sorprendida, pero ante mi insistencia, educada pero enérgica, acabó comprobando la referencia e informándome de la misma. Tomé nota de la numeración que me daba y de inmediato me identifiqué debidamente con nombre, apellidos y número de DNI haciendo explícita mi voluntad de darme de baja como abonado de Movistar Plus y dando por resuelto el contrato de suministro de programación televisiva de pago que me ligaba a dicha entidad, finalizando con la fecha de efectos de dicha resolución (31.7.15). No atendí las protestas de la joven, que pretendía comunicarme que eso no servía porque lo tenía que hacer el departamento correspondiente, pero, de nuevo educadamente, le dije que estaba hablando con una operaria de Movistar Plus, según creía, y que confiaba plenamente en que ella notificaría mi voluntad manifestada de forma harto fehaciente y, sobre todo, clara, a quien correspondiera. Le deseé una buena tarde y me despedí amablemente.

Aquí, el resumen de llamadas realizadas aquellos días al citado 902, copiado de mi factura de teléfono:

 

llamadas a números especiales

servicios avanzados novecientos

fecha número destino destino/operador franja inicio duración

21 jul 902110010 Servicio 902 R 22:41:04 48s

21 jul 902110010 Servicio 902 R 23:08:11 35s

22 jul 902110010 Servicio 902 N 10:03:58 17s

22 jul 902110010 Servicio 902 N 10:04:31 15s

22 jul 902110010 Servicio 902 N 11:47:31 38s

22 jul 902110010 Servicio 902 N 11:48:26 6m 10s

27 jul 902110010 Servicio 902 N 13:51:21 49s

27 jul 902110010 Servicio 902 N 16:43:23 5m 24s

27 jul 900200585 Servicio 900 17:24:59 10m 25s

27 jul 900310040 Servicio 900 17:36:12 9s

27 jul 902110010 Servicio 902 N 17:41:17 1m 8s

27 jul 902110010 Servicio 902 N 17:42:44 12m 52s

total Servicios Avanzados Novecientos 39m 30s

En mi ánimo estaba obviamente devolver cualquier recibo que Movistar Plus pudiera cargarme en mi cuenta bancaria. Efectivamente eso es lo que hice a primeros del mes de agosto, cuando comprobé el cargo correspondiente.

Pues bien, unos días después, recibo una llamada de otra operaria de Movistar Plus quien, muy amablemente, y tras comprobar mi identidad, me informó de que el recibo del mes de agosto había sido devuelto, preguntándome si conocía los motivos. Confieso que estuve tentado a pedirle que esperara un momento, que le pasaba con la sección familiar que lleva los asuntos de entretenimiento del hogar, imitando aquel viejo sketch tan ocurrente que circuló hace ya unos años por la red, pero lo cierto es que la propia llamada había subido mis niveles de adrenalina a una altura que hacía imposible mantener el temple necesario para sostener tal broma el tiempo prudencial. Así pues, le informé a la señorita de que la citada devolución del recibo era el acto consecuente a la baja que había tramitado hacía unos días como abonado de su compañía. Aproveché para poner en su conocimiento todos los vericuetos que había tenido que recorrer para llegar a tal objetivo, junto a la opinión que me merecía tal proceder por parte de su empresa. Mi protesta fue especialmente enérgica ante lo que consideraba el embudo existente para la comunicación con la compañía, cuando de tramitar una baja se trataba, aludiendo al buzón del correo y al chat inoperantes que acababan por remitir al interesado a la siempre penosa vía telefónica. Mi interlocutora balbuceaba, entre medias de mi perorata, alegando que ya estaban solucionados esos problemas (lo juro que lo dijo), aunque lo cierto es que, hoy mismo, todo sigue igual, como pueden ver en el pantallazo siguiente:

Contacto movistar plus

Me llamó la atención que, en un momento concreto, la operaria reconoció que tenían constancia de una llamada mía el día 27 de julio, solicitando tramitar la baja como abonado, insistiendo en que debía hacerlo de nuevo, pero con el departamento correspondiente.

Ni qué decir tiene que le reiteré, con tono amable, contenido y contundente (los que me conocen bien ya saben a qué me refiero) que no tenía la más mínima intención de hacer nada más y que ya había hecho más que suficiente para algo tan sencillo como es comunicar fehacientemente a la compañía que me suministraba un servicio determinado, mi voluntad de dar por resuelto el contrato que nos ligaba.

La pobre Viviana – éste era su nombre – no pudo hacer otra cosa que insistir en que ella ya me había informado de cuanto tenía que informarme, pero escuchó también mi respuesta, lamentando que Movistar Plus no reclame judicialmente mi deuda, porque sería una magnífica oportunidad para poner al descubierto y denunciar públicamente, una vez más, este tipo de prácticas abusivas que, mediante el entorpecimiento en la comunicación, intentan hacer desistir al consumidor de su voluntad de tramitar la baja como abonado de una gran compañía de suministro de servicios.

Llueve sobre mojado y, pese a las denuncias que ha habido, que han sido muchísimas y muchas de ellas con gran publicidad, la situación varía muy poco. Es obvio que les trae a cuenta a las grandes compañías asumir el coste de imagen que estos lamentables ejemplos constituyen y no hay visos de que vaya a cambiar el estado de cosas. No quiero imaginar la impotencia que tienen que acumular las personas que trabajan en las oficinas de atención al consumidor.

No sé en qué acabará esta historia. Por mi parte, Movistar, Plus y no Plus y cuanto tenga que ver con ella, ya pueden despedirse de mí. Y, ojalá, de todos mis compañeros, como cuando jugábamos al escondite de críos.

13.8.15