Carácter: una seña de identidad

Corría el año 1972 y el Colegio La Salle, los “frailes” de Llodio, dejaba de ofertar la recién implantada EGB para centrarse en la Formación Profesional, así que quienes estudiábamos allí tuvimos que emigrar a los colegios entonces llamados “nacionales”. Lamuza, en concreto, nos acogió a todos durante unos meses, hasta que terminaron las obras de los nuevos “Gregorio Marañón”, en Ugarte y “Ortega y Gasset” y Menéndez Pidal” en Lateorro. Al comienzo de aquel curso, nos plantearon en el colegio la posibilidad de apuntarnos a algún deporte y, claro, todos al fútbol, única práctica deportiva conocida en el patio de los frailes, aparte de pelota en el frontón. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no había opción a fútbol en Lamuza, solo baloncesto, balonmano y balonvolea. ¡Toma ya!. De los dos últimos apenas sabíamos nada, así que la familiaridad que el inolvidable Torneo de Navidad nos brindaba con el primero, hizo que la cuadrilla de amigos nos apuntáramos al deporte de la canasta. De esta curiosa circunstancia nació mi pasión por el basket.

LAMUZA BALONCESTO 7º 8º EGB

El paso del torneo inter-escolar al equipo juvenil del Llodio BC, la edición veraniega de los partidos en La Plaza, con equipos de primera división (Kas, Águilas, Caja de Álava, Askatuak…), los años del sénior en categoría provincial, el fin de mi etapa como jugador y el inicio de la de entrenador, el ascenso a Tercera, mi alejamiento del Llodio, BC, las primeras visitas a Mendizorroza a ver al Baskonia, la cuadrilla de Amurrio con las gabardinas como embrión de peña, el primer título del club en Villanueva de la Serena, el espectáculo de “superbeltza” Hollis …

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Todos ellos fueron eslabones de una cadena que fue consolidando mi afición a este hermoso deporte. Cierto es que, poco a poco, mi relación con el baloncesto fue circunscribiéndose al seguimiento del Baskonia. El crecimiento de este Club era evidente. El traslado de Mendizorroza a Zurbano, la llegada de Herb Brown, siempre de pie en los partidos, con su canuto de papel en la mano, la era del inolvidable y entrañable Sheriff Manel Comas, con su peculiar forma de ser… Mis visitas al pabellón se hicieron cada vez más frecuentes.

Un hito inolvidable para mí fue la primera final europea del Baskonia, en Lausanne, año 1994. El desplazamiento de unos tres mil seguidores baskonistas el 15 de marzo a la ciudad suiza constituyó un acontecimiento espectacular, con un carácter festivo y una manera de animar que caló entre todos quienes tuvieron la fortuna de estar presentes en el pabellón e incluso en las calles, incluida expresamente la policía suiza, que aplaudió a la afición por su magnífico comportamiento, al término del partido. Rubén Gazapo recoge en su estupendo blog baskonistas.com, entre otras cosas, lo siguiente: “Un apoyo que tuvo mayor  mérito cuando tras el final del partido y el resultado desfavorable (91-81) que indicaba que la Recopa se iba a Eslovenia, todos los seguidores vitorianos nos quedamos durante una hora animando, cantando y apoyando a nuestros equipo pese a la derrota. Está final comenzó a colocar al Baskonia y sus aficionados en el escaparate del basket FIBA y marcar las bases para aspiraciones mayores en Europa.”

Llegaron después más finales y, por fin, el título de la Recopa 1996. El Baskonia seguía creciendo y su afición comenzaba a mostrar algunas características con las que se hizo acreedora del reconocimiento y la admiración de una gran parte del mundillo baloncestístico español y europeo: incansables en la animación, fieles al equipo en la victoria y en la derrota, respeto y reconocimiento al rival y espíritu lúdico y musical. Las copas del Rey fueron el mejor escaparate para lucir esta manera de ser baskonista. En pabellones y calles de varias ciudades españolas aún recuerdan el paso de la marea azulgrana, especialmente a los sones de la incansable txaranga.

Tras el susto que nos brindó Scariolo “casiganando” aquella primera liga, que finalmente se fue a Manresa, y tras algunos sobresaltos en el banquillo, llegó la época Dusko Ivanovic. Para entonces, a finales de siglo, yo me había hecho ya abonado del Baskonia, por supuesto sin la más mínima intención de transmitir mi afición a este deporte a Markel y muy lejos de pretender influencia paternal alguna, claro, claro. Bueno, que fuimos los dos abonados.

Con Dusko se inició la década prodigiosa. Seguía con el club un patrocinador importante y comprometido como pocos en el mundo empresarial, TAULELL, de Castellón, frente a cuya fidelidad, 22 años, por mucho que respondiera a motivos comerciales y económicos, hay que quitarse el sombrero. Su apoyo económico permitió a Saski Baskonia disfrutar de un potente estatus económico y ello le permitió competir con dignidad en el mercado de fichajes, aunque es verdad también que el acierto en el mercado de futuros ayudó lo suyo en la cuestión económica, al tiempo que contribuía al crecimiento deportivo, toda vez que se inició una dinámica de inversión rentable con el desarrollo de jugadores fichados muy jóvenes cuya madurez baloncestística permitió una salida ventajosa para el club.

La presencia en las finales de las competiciones que se disputaban comenzó a ser casi una costumbre. Grato recuerdo de aquella final de la primera edición de la euroliga, en 2001, el play off contra el mejor Virtus de Bolonia de la historia.

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Y, con las finales, los trofeos. Ligas y copas engrosaron la vitrina del club y convirtieron en familiar la imagen de la Plaza de la Virgen Blanca abarrotada de seguidores celebrando los logros del equipo con sus componentes. La primera Final-four para el equipo, en mayo de 2005 también fue un acontecimiento que viví personalmente y de manera muy intensa. Inolvidable la perplejidad de los seguidores macabeos cuando, tras recibir ellos el trofeo de campeón y celebrarlo debidamente, observan que los seiscientos baskonistas presentes seguíamos incansables con nuestros gritos, canciones y bailes, apoyando a nuestro equipo. Más de uno pensaría que si así celebrábamos la derrota, qué habríamos hecho en caso de haber ganado.

Tales eran los éxitos, que la afición creció. El Buesa Arena se llenaba varias veces a lo largo de cada temporada y, entre la idea de continuar con el crecimiento del club y la de organizar algún día una Final-four, Querejeta se marcó como objetivo – y consiguió – ampliar el pabellón hasta las 15.500 plazas con que cuenta actualmente.

Pero llegó la crisis y sus consecuencias se hicieron notar en la capacidad económica de un club que, a diferencia del Real Madrid y el FC Barcelona, no tenía el paraguas de una estructura futbolera y dependía de los patrocinios públicos y privados, ambos claramente menguantes. Baskonia volvió a vestir sus ropajes más modestos a la hora de fichar jugadores y, para más desgracia, tampoco ayudó mucho el resultado de los realizados como inversión, donde llevamos unos años de sequía. Y con esa disminución de capacidad económica también llegó el bajón en los resultados deportivos. Y ahí andamos hoy en día.

Este fin de semana comienza una nueva edición de la Liga ACB y este es el motivo de esta reflexión. A nadie se le escapa que el ambiente en el Buesa Arena ha cambiado mucho en los últimos años. Es probable que la llegada de nuevos aficionados, muchos de ellos atraídos por el calor de los triunfos, haya provocado incorporaciones que desconocen la historia, la trayectoria y, sobre todo, el espíritu originario y original de este club y de su afición. Crecer es imprescindible y hacerlo en masa social es uno de los pilares básicos del futuro, pero tan importante como lo cuantitativo es, en este caso, lo cualitativo. Hay que crecer bien y eso implica mantener la filosofía de marca Baskonia.

Por encima de todo, hay que valorar en su justa dimensión la década que vivimos a comienzos de siglo. Algo que muchos llegaron a considerar como normal, a base de repetirse, pero que constituyó un auténtico milagro, aunque obraran manos terrenales en su materialización, como el propio Querejeta, Alfredo Salazar o Dusko Ivanovic. Codearse con lo más granado, florido y poderoso del baloncesto continental durante diez años no está a la altura de cualquiera. Y menos de un club de ciudad pequeña, como Vitoria, con un radio de influencia poblacional tampoco excesivamente grande. Nuestra historia nos dice que Baskonia era un club modesto. Con aspiraciones de ser grande, pero siempre modesto por posibilidades y capacidad. Llegó a la cumbre con sacrificio, trabajo y su correspondiente dosis de suerte y allí se mantuvo durante años. Un auténtico lujazo. Pero eso acabó. Ahora es ya historia y volvemos, en cierto modo, a otro momento pasado, el de la lucha por estar entre los mejores, aspirando a ganar a los grandes pero, sobre todo, a no perder nuestra seña de identidad: competir siempre con carácter.

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La afición tiene que recuperar ese espíritu de apoyo incansable al equipo, donde no caben murmullos desaprobatorios durante los partidos, referidos a nuestros jugadores (de los pitos ya ni hablo). Hemos de resituar nuestros objetivos y ser capaces de volver a ilusionarnos con metas más asequibles y al alcance del equipo confeccionado para esta temporada: entrar en la copa y pelear en ella, llegar a semifinales de liga, al Top 16 en la Euroliga….Y digo ilusionarnos, que no conformarnos. Aspirar a lo más no es incompatible con volver a sentir ilusión y valorar otros logros que tiene su enorme mérito para un club como es el Baskonia.

La exigencia para los Causeur, Adams, James, Hanga, Corbacho, Tillie, Bourousis, Planinic, Blazic, Bertans, los Diop y el propio Perasovic, debe ser una: preservar la identidad de la que hablaba antes. La demostración de ese carácter indomable que debe aportar al equipo un plus de competitividad. Las ganas, la pelea, el coraje, la moral irreductible, la comunión con la grada. Estar en competición con hambre siempre, aunque vengan mal dadas. Los jugadores y los aficionados. Carácter Baskonia. Todo eso, y no los títulos, constituye nuestra identidad. Con ella lucharemos por todo, pero sobre todo, con ella, disfrutaremos más con nuestro equipo y con nuestro deporte.

Son, como ves, amable lector, unas líneas muy personales y hasta emotivas. Por ello, tal vez de interés muy relativo. Pero reflejo de esa parte tan importante para mí, como es la pasión. En este caso, la pasión por el deporte de la canasta y por un equipo singular: el Baskonia.

8.10.15

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2 comentarios en “Carácter: una seña de identidad

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