Montejurra, 40 años después. Mi memoria.

Era un acontecimiento especial para nosotros, niños entonces. Preparativos de víspera, filetes albardados y tortillas en las fiambreras, taxpela roja (cada uno la suya), nervios por el madrugón, el largo viaje con parada en Vitoria para comprar el pan y, por fin, la llegada a Estella y, poco después, a las campas de Iratxe. Con los comienzos de mayo, la cita de Montejurra era sagrada para nosotros, los carlistas.

Recuerdo la subida al monte, por camino pedregoso, duro y serpenteante. Un camino que se convertía en río rojo junto al verde de los arbustos y el sempiterno gris de la roca. Un colorido inolvidable. El descenso era un lento desperdigarse de grupos por los campas, prestos a dar cuenta de las viandas o de las calderetas que los navarros preparaban en el lugar. Sobremesa de anécdotas, jotas y cánticos y, al final, el paseo por Estella y regreso a casa.

Sin embargo, llegó un Montejurra en el que todo aquello cambiaría a los ojos de un chaval que se asomaba a la adolescencia. Ya el año anterior recuerdo una destacada presencia de guardias civiles en la cima del monte, incluso con helicóptero sobrevolando la concentración montañera. Pero aquel día de mayo, a la tradicional misa en la cueva, se unió la intervención pública de un individuo cuyo aspecto me llamó mucho la atención. Con una melena y unas barbas impropias, por su largura, incluso para la época y unas gafas de pasta a las que solo le faltaba la nariz adherida para parecer de nochevieja y subido en algún lugar, con un megáfono, aquel individuo dijo algo que se me quedaría grabado: “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. Solo un tiempo después fui capaz de entender el significado de aquella frase, pronunciada el primer domingo de mayo de 1974, apenas unos días después de la revolución de los claveles en Portugal.

Más tarde vinieron las manifestaciones en Estella, el apedreamiento de la vieja “casa de sindicatos”, gritos cuya comprensión se me quedaba a medias, como “Por fascista y por cabrón, Garicano al paredón”, la aparición de banderas nuevas en las concentraciones carlistas, la presencia de militantes de otras organizaciones políticas…

La conversión del Carlismo en un partido socialista, autogestionario y federal, junto a su participación en plataformas de oposición democrática al régimen de Franco, como la Junta Democrática, primero y la Plataforma de Convergencia Democrática, después, que acabaron fusionadas en la conocida como “Platajunta”, me pilló en los albores de un despertar político real y autónomo.

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Y con 15 años recién cumplidos, aquel 9 de mayo de 1976, repitiendo los rituales de cada año, nos embutimos toda la familia en el R-12, camino de la cita carlista de Montejurra.

Confieso que éramos ajenos a los rumores y noticias que, con posterioridad, supimos que existían acerca de los movimientos extraños protagonizados por grupos de mercenarios y de extrema derecha. Lo cierto es que aquel día llegamos a las campas de Iratxe, como siempre, y nos disponíamos a visitar primero el Monasterio, cuando nos encontramos con gente que volvía de allí, aconsejándonos que no fuéramos, que había habido lío y alguna agresión, con tiros incluidos. Se hablaba de heridos. El ambiente era por momentos más tenso entre la gente y, en medio de la confusión, comenzaban a llegarnos comentarios, rumores y manifestaciones de rabia e indignación. El día estaba nublado y el monte apenas se divisiva entre una espesa neblina.

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Al poco, se extendió la consigna de iniciar la subida y los grupos de carlistas arremolinados en las campas, comenzaron a enfilar el tortuoso camino de la cumbre, sin disimular la incertidumbre y los nervios. No habíamos cubierto aún media ascensión cuando se oyeron aplausos y gritos, evidencia de la presencia de Carlos Hugo, el líder del carlismo y su esposa Irene de Holanda. Los gritos reivindicativos eran constantes. Montejurra se había convertido en un acto político de oposición al régimen franquista.

La verdad es que, entre el nerviosismo, la estrechez del camino de subida y la aglomeración de gente, me vi separado de familia y amigos, ascendiendo junto a otros carlistas, jóvenes y mayores, que no ocultaban su preocupación por el ambiente y lo que ya se daba por hecho: que había habido heridos de bala en las campas de Iratxe.

De pronto, cuando ya no quedaba mucho para la cima, oculta a nuestra vista por la niebla, oí con nitidez unos ruidos similares a los de los petardos, que tan bien conocía. Fueron varios, seguidos, en ráfagas y sueltos. Lejanos, como amortiguados por la humedad, pero reales. Tanto que la gente se detuvo. Se oyeron gritos procedentes de la parte de arriba que pronto se hicieron comprensibles: “¡Abrid paso, por favor! ¡Abrid paso!”. Recuerdo que me encaramé en el costado del camino, agarrándome a unos arbustos, como hizo la gente a mi lado y fue entonces cuando vi que bajaba un grupo todo lo rápido que permitía lo pedregoso y estrecho del camino. Varias personas sujetaban algo parecido a una parihuela gris sobre la que yacía un joven. Su cabeza bamboleando sobre la improvisada camilla, al compás desordenado del paso de sus porteadores, con los ojos vueltos, en blanco, es una imagen que jamás olvidaré. Se enganchó en lo más profundo de mi memoria. Luego supe que aquel joven se llamaba Ricardo García Pellejero, que era de Estella y tenía 20 años, apenas cinco más que yo.

Se decidió no continuar la ascensión hacia la cima y, de hecho, recuerdo que se celebró la tradicional misa allí mismo, en un recodo del camino.

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El posterior descenso del monte lo recuerdo como de una tensión extraordinaria. Ira, indignación, preocupación, entre los carlistas, jóvenes y mayores. En las campas de Iratxe, una nutrida formación – creo recordar que de policía armada – ocupaba el lateral del camino y era duramente increpada por la gente, que les recriminaba su pasividad e inhibición ante la agresión sufrida.

No recuerdo mucho más de aquel día. No, al menos, de lo que hicimos, aunque sí de cómo me sentí. La impresión y el impacto que me produjo lo vivido fueron tremendos. Nunca he olvidado esa sensación y hoy es el día que, escribiendo estas líneas, aún me estremezco emocionado, con una mezcla de tristeza y rabia.

Más tarde supe mucho más de todo. Supe de los dos muertos, el mencionado Ricardo García Pellejero y de Aniano Jiménez Santos, herido en Iratxe que falleció días después; de la existencia de más heridos; de las implicaciones en las agresiones de los mercenarios y fascistas venidos de otras latitudes; de las manipulaciones informativas que pretendieron hacer ver que los sucesos fueron fruto del enfrentamiento entre dos sectores del Carlismo; de las implicaciones de las fuerzas de seguridad y de los servicios secretos españoles; de la nunca asumida responsabilidad de políticos del más alto nivel (Fraga de nuevo, como ministro de Interior, apenas dos meses después de los asesinatos de Vitoria); de la inexistente investigación policial y judicial; de la impunidad para todos los responsables de los asesinatos, por falta de investigación o por beneficiarse de la Ley de Amnistía; de las trabas puestas por el Estado para reconocer a los asesinados como víctimas del terrorismo y de la tenacidad de José Angel Pérez Nievas para conseguirlo, por fin, por vía judicial.

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El año siguiente la autoridad gubernativa prohibió la celebración de Montejurra y derivamos la convocatoria, sobre la marcha, el mismo día, al castillo de Javier. Por fin, en 1978 el partido celebró lo que se denominó el primer Montejurra en libertad. Siempre me he resistido a reconocer las elecciones de junio de 1977 como las primeras democráticas en España, tras la dictadura. El Partido Carlista y algún otro partido más, no fueron legalizados para la ocasión y tuvieron que presentarse como agrupación de electores.

Seguí militando en el Partido Carlista, a través de EKA (Euskadiko Karlista Alderdia). Participé en el Congreso que se celebró en Alcobendas (Madrid) en diciembre de 1979, tras el fracaso electoral y con la marcha de Carlos Hugo y la anterior dirección del partido. Y formé parte de la candidatura de EKA por Alava, en las primeras elecciones al parlamento vasco, en 1980, en el que fue mi último acto de militancia política en el Carlismo.

Con el tiempo he vuelto alguna vez por Estella y Montejurra, sin llegar a subir al monte. Los sentimientos han sido recurrentes. El impacto de lo vivido sigue ahí, fresco e intenso, cada vez que algo me lo trae al recuerdo. Soy consciente de que aquel episodio contribuyó a forjar una parte no desdeñable de mi forma de ser y de pensar en lo que concierne a la política.

Hoy, 40 años después de aquel día, sigo emocionándome al revivir lo sucedido. Y creo de justicia que esa emoción se traduzca en memoria de las dos personas que fueron injustamente asesinadas: Ricardo y Aniano. A su recuerdo les dedico estas líneas.

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P.S. El Partido Carlista sigue existiendo formalmente, aunque sea con carácter meramente residual. El pasado sábado, 7 de mayo, organizó un acto en Iratxe, consistente en una ofrenda floral, en el cual solicitó públicamente al gobierno de España la desclasificación de los documentos oficiales de los episodios de Montejurra 76.

 

9.5.16

La responsabilidad del PSOE. Entre el 20-D y el 26-J.

Sería curioso el resultado de sumar las horas de tertulias televisivas y radiofónicas que, desde la noche del 20 de diciembre pasado, se han ocupado en aventurar, predecir y pronosticar el futuro del próximo gobierno de España. A lo largo de estos meses, decenas de tertulianos, analistas, periodistas, políticos y expertos de toda índole y adscripción se han devanado los sesos en la  tarea de ilustrar y mantener entretenida a la ciudadanía,  ejercitando el arte de la hermenéutica, en relación a los movimientos de los partidos políticos partícipes, por activa o por pasiva, en el proceso de negociación para alcanzar un acuerdo que les permitiera formar gobierno.

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En tal sentido, los protagonistas no han escatimado esfuerzos a la hora de suministrar abundante y variopinto material susceptible de interpretación, facilitando con ello las idas y venidas entre variables y opciones posibles que, cual espejismos intermitentes, tan pronto se daban casi por reales y ciertos, como se esfumaban sin motivo, perdiéndose en el limbo de las quimeras.

Llevamos semanas esclavizados por el abuso de la especulación; con nuestra realidad cotidiana colonizada por suposiciones y acertijos. Un gesto, una palabra, una actitud, una mirada casi, de nuestros líderes políticos han sido elementos suficientes para despertar la voracidad de opinadores profesionales y diletantes a la hora de hacer cábalas, en no pocas ocasiones interesadas y/o voluntaristas, acerca de la marcha y el resultado de las negociaciones o de la ausencia de éstas.

Al final, parece que en la ciudadanía ha quedado como poso una sensación, si no de cansancio y saturación (esto lo veremos en el índice de abstención, si es que se repiten definitivamente los comicios), sí de estar ante una situación de extraordinaria complejidad. Como si esto de alcanzar acuerdos importantes entre partidos políticos fuera un asunto que exigiera, unas dosis fuera de lo común de voluntad, esfuerzo e incluso fortuna, con las que abordar una tarea titánica semejante a la cuadratura del círculo.

Sin embargo, no comparto esta visión que da por buena la complejidad del proceso de conformación de un nuevo gobierno. Y apuesto por un planteamiento tan sencillo como comprensible, a riesgo de ser tildado de iluso o simple.

Parto de la premisa según la cual, el PSOE es el único partido que tiene ante sí varias opciones entre las cuáles elegir, en orden a liderar el intento de formar gobierno. Y ello porque el PP solo tiene la opción de alcanzar un acuerdo con el PSOE, con o sin la inclusión de Ciudadanos en el mismo paquete. Es la llamada “gran coalición”, suponga ello la participación del PSOE en el gobierno, un pacto que sustente un gobierno monocolor del PP o simplemente la abstención en la investidura. Pero esa opción solo tiene una puerta: la del acuerdo con el Partido Socialista. No hay más.

Por contra, los socialistas tienen dos caminos diferentes a seguir, con una tercera opción añadida: pactar con su derecha, pactar con su izquierda o no hacerlo con ninguna de las dos. A la derecha, Ciudadanos y el Partido Popular; y dan los números. Y a la izquierda, Podemos y otros grupos del ámbito de la izquierda y el nacionalismo periférico; y también salen las cuentas.

Disculpen que no me entretenga en divagaciones sobre matices y aritméticas varias, pero, ¿qué quieren?, yo lo veo así de simple. “Dos escrituras a elegir: Bic naranja, Bic cristal”.  El PSOE tiene en su mano elegir entre ambas opciones. Una posibilidad que ya tuvo desde la misma noche electoral, al confirmarse los resultados definitivos. Sin embargo, hete aquí que Pedro Sánchez eligió una alternativa diferente, que yo no he contemplado en mi planteamiento, por considerarla un lío imposible, aunque en pura teoría, ciertamente constituyera otra opción. Se marcó como objetivo llegar a un acuerdo a derecha y a izquierda, al mismo tiempo, colocándose él como el fiel de la balanza, imagen centrada y moderada, a modo de escudo protector contra las eventuales críticas que pudieran surgirle por pactar con unos o con otros.

Que a mí me pareciera inviable no significa, claro está, que no lo fuera, pero los hechos han venido a confirmar su condición utópica y lo cierto es que ahora mismo se ha revelado imposible el pacto del PSOE con Ciudadanos y Podemos.

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Y en este punto surge inevitable la pregunta: ¿Implica este fracaso que estamos abocados a celebrara unas nuevas elecciones? Pues a mi juicio, no. Es más, creo que, cual flores en primavera, ante los socialistas se abren de nuevo, con más fuerza incluso que antes, las dos opciones señaladas. Constatada la inviabilidad del pacto con derecha e izquierda a la vez, toca elegir: o los unos o los otros.

A buen seguro que este emplazamiento resuena con fuerza en los oídos de los socialistas, porque no es verdad que no haya solución al galimatías en el que nos encontramos y que estemos irremediablemente condenados a pasar de nuevo por las urnas. Ahí están, vírgenes, las dos vías indicadas. Cabe, claro está, que el PSOE no quiera decantarse por ninguna de las dos y que desista de su intento por formar gobierno a partir de alguna de ellas, pero eso, amigos, es también una elección; y esa elección también corresponde a Pedro Sánchez y a su partido.

GRA094. MADRID, 01/09/2014.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa posterior a la reunión de la Ejecutiva socialista, donde ha anunciado que propondrá al Comité Federal que las primarias para elegir al candidato para las elecciones generales se celebren tras los comicios municipales y autonómicos, en julio del próximo año. EFE/Emilio Naranjo

Lo cruel del resultado electoral del 20-D para el PSOE no fue marcar el nivel mínimo de apoyo electoral obtenido en unas elecciones generales desde el advenimiento de la democracia, sino la diabólica situación en la que los números le colocaron, al ser el único partido que puede y tiene que decidir entre varias opciones y, por tanto, el que mayor responsabilidad tiene en el resultado final de todo el proceso.

Así pues, que haya gran coalición, gobierno de izquierdas o nuevas elecciones, depende, en su mayor y más compleja medida, del Partidos Socialista Obrero Español. De cómo ejerza esta enorme responsabilidad, puede derivarse que salga fortalecido del trance o que avance aún más por ese camino cuyo punto final es la irrelevancia política en la izquierda.

Y todo lo demás, a  mayor gloria de una fatigada ciudadanía, no será sino una reiterada y aburrida pirotecnia.

12.4.16

El valor de los gestos

Publicado en Aiaraldea, Laudio, abril de 2016

 

Las banderas son símbolos. Por eso, se utilizan con frecuencia para realizar gestos con significados diversos. Desde su flameo orgulloso para la exaltación de la identidad colectiva en el ámbito político o el apoyo a un equipo o deportista de la tierra, hasta su quema pública para denigrar a otras colectividades.

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Hace unos días, el parlamento de Navarra acordó retirar de su fachada la enseña de la Unión Europea, como gesto de protesta y repulsa ante el acuerdo alcanzado con Turquía en el dramático asunto de los refugiados. Comprendo bien este gesto, porque comparto el sentimiento de indignación y vergüenza ante la decisión de la UE, colectividad política de la que formo parte.

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De hecho, se asemeja a la indignación y vergüenza que sentía hace no demasiado tiempo, cuando en Euskadi un pequeño grupo de personas asesinaba a sus semejantes “en nombre del pueblo vasco” al que yo también pertenezco.

Sin embargo, durante aquella época aposté por otro tipo de gestos y no pasó por mi cabeza el rechazo a la ikurriña. Creía que, como símbolo, ésta pertenecía a toda la comunidad a la que representa y no solo a aquellos que la mancillaban vertiendo sangre inocente. Eso que acertó a expresar mucha gente en Madrid tras el asesinato de Tomás y Valiente: “Vascos sí, ETA no”.

De la misma manera, creo que la bandera azul de las estrellas representa a una Europa que trasciende de la indignidad mostrada por sus actuales dirigentes.

Conviene sopesar bien el valor de los gestos.

 31.3.16

Otegui: de la política a la cárcel, ida y vuelta.

Escribí este artículo para “Agenda Pública”, que lo ha publicado el 5 de marzo.

No ha sido Arnaldo Otegui la primera persona encarcelada por la comisión de delitos relacionados con la violencia política que sale de prisión con la intención de hacer o seguir haciendo política. En Euskadi, sin ir más lejos, fueron no pocos los polimilis que, después de haber pasado un tiempo encarcelados y tras abandonar la estrategia político-militar, abrazaron los modos pacíficos de la política tradicional. Kepa Aulestia, Teo Uriarte o Mario Onaindia son, tal vez los nombres más significativos, aunque no los únicos.

Pero sus tiempos fueron otros y los réditos electorales que pudieron obtener, a través de aquella recordada y admirada Euskadiko Eskerra, se derivaron fundamentalmente del proyecto político que defendían, mucho más que de sus peripecias vitales personales, especialmente cuanto tuviera que ver con su condición de “represaliados” por la dictadura o el estado opresor. Nunca su “injusto sufrimiento” formó parte del capital político sobre el que buscaron apoyo electoral.

Muy al contrario, la izquierda abertzale está sabiendo aprovechar bien la conjunción de factores que concurren en el caso de Arnaldo Otegui.

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Por un lado, Sortu ha sabido colocar el foco principal en la dimensión política de dicha condena, subrayando la contradicción que supuso encarcelar por colaboración con banda armada a quien apostaba en ese mismo momento con vehemencia por las vías pacíficas y democráticas, y postulando el final del ciclo de la lucha armada. La percepción de injusticia se extendió entre amplios sectores de la sociedad vasca – y también de la española -, con voces políticamente plurales que contribuyeron a fortalecer la legitimidad de su denuncia.

Por otra parte, el gobierno español, que no ha movido un solo dedo para propiciar el avance del proceso de final de la violencia en Euskadi (más allá de las detenciones policiales practicadas, cuyo valor no niego en absoluto), tampoco ha demostrado voluntad de suavizar el cumplimiento de la condena, forzando la integridad del mismo, hasta el último día. Una vuelta de tuerca más a la hora de acrecentar la percepción de injusticia.

Al mismo tiempo, la atención sobre el caso Otegui se ha centrado en su papel en el proceso de cambio de estrategia de la izquierda abertzale, ensalzando su liderazgo en el impulso del mismo hacia las vías exclusivamente pacíficas y democráticas. Su calificación como “hombre de paz” olvidaba interesadamente su condición de responsable de una formación política que aplaudió, justificó y legitimó la acción terrorista de ETA. Por ejemplo, cuando esta organización asesinó a quien fuera compañero de escaño suyo en el Parlamento Vasco, y exvicelehendakari del gobierno vasco, el socialista Fernando Buesa.

Esta conjunción de factores no ha sido desaprovechada por una izquierda abertzale atribulada con los últimos resultados electorales, en los que perdió mucho gas y contempló, perpleja, la deslumbrante aparición de la izquierda podemita.

La teatralidad de la política y la deriva hacia su dimensión más próxima al espectáculo es uno de los signos de nuestro tiempo. Y también la izquierda abertzale tiene derecho a aprovecharse de los beneficios que tal deriva proporciona. Así que, superando a marchas forzadas las dudas y vacilaciones surgidas en el tránsito desde la épica revolucionaria hacia el aburrimiento de la normalidad democrática moderna, sus dirigentes se han aplicado a explotar los perfiles más rentables del caso Otegui, con la vista puesta en venideros compromisos electorales; singularmente el asalto a la Lehendakaritza.

Una inteligente campaña de comunicación e imagen ha presentado a Arnaldo Otegui como víctima de la represión política injusta del Estado: El hombre que abanderó el camino hacia la Paz en Euskadi encarcelado por ello. Nuestro particular Mandela, como muchos se atrevieron a proclamar, aceptando un nivel de protagonismo personal y culto al líder desconocido hasta ahora en ese mundo político.

Sin embargo, está por ver el efecto real que la presencia pública de Otegui genere en el comportamiento del electorado vasco y, con ello, en el juego político que se inicie tras las elecciones autonómicas a celebrar este mismo año.

Los impactos provocados por factores emocionales tienden a ser efímeros. Y a la profusión y velocidad de los sucesos informativos en el mundo de hoy se une la voracidad con que los medios y la propia opinión pública devoran y desechan cuanto sucede, por importante que sea, urgidos por la siguiente noticia que atropella con su frescura.

A juzgar por algunos detalles, diríase que Otegui ha tomado nota de los nuevos modos y estilos incorporados a la política en sus años de ausencia. Con ellos ha de intentar devolver la ilusión a sus huestes y recuperar el terreno perdido. No lo tiene fácil. Un destacado miembro de Podemos afirmaba que la presencia de Otegui no les perjudicará, pues representa esa política vieja en Euskadi, la que nos vincula a ETA, a los presos, al conflicto…y ese tiempo ha pasado ya para mucha gente.

La izquierda abertzale y el mismo Otegui lo saben y pondrán todo su empeño en conseguir la cuadratura del círculo: contentar a quienes aún respiran por la herida del conflicto y atraer a otros sectores progresistas que viven ya en una sociedad diferente y cuyas aspiraciones principales distan mucho de las reivindicaciones históricas de ETA.

Veremos.

5.3.16

El necesario reconocimiento de todas las víctimas.

El 30 de junio de 2009, la Directora de Atención a Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco, Maixabel Lasa, comparecía ante la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco, para presentar las líneas básicas de su actuación en la legislatura que entonces se iniciaba, bajo el mandato del Lehendakari Patix López con gobierno del PSE. En dicha comparecencia y entre otras muchas cuestiones, Maixabel Lasa,  planteó una reflexión sobre lo que ella consideraba que constituía, en aquel momento, un problema pendiente de un abordaje inaplazable. Dijo literalmente lo siguiente:

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Hoy estamos en condiciones de abrir otra etapa caracterizada por un nuevo contexto sociopolítico y por una voluntad que pretendemos sea incluyente en la política de víctimas que vayamos a desarrollar.

(…) Pero, igualmente, sabemos y constatamos la existencia de otros casos de victimización derivados de otras vulneraciones de derechos humanos producidas en el contexto de la situación de violencia que ha aquejado a la sociedad vasca. Frente a esta realidad incuestionable, tenemos dos opciones. Pasar página como si no hubieran existido o como si fueran una anomalía meteorológica pasajera o abordar esta cuestión desde el rigor, caso por caso, uno por uno. De forma exhaustiva. Acordando un método y un procedimiento de trabajo.

Nosotros no creemos en la teoría del conflicto político como causa justificante del crimen organizado y mucho menos en la ficción de dos violencias simétricas enfrentadas entre sí. Pensamos que tanto la una como la otra forman parte del relato perverso del verdugo que pretende legitimar su coartada criminal a la luz de una lectura retrospectiva y fraudulenta de la historia. Pues bien, en ese relato el sufrimiento es instrumental, es un mal menor con el que traficar. Más que la memoria o la atención o la asistencia al sufrimiento existente, a los terroristas les interesa, infinitamente más, el férreo control ideológico y social sobre “sus” víctimas.

A nuestro juicio, sin embargo, el desarrollo de la idea de la deslegitimación de la violencia terrorista requiere, para ser creíble y completa, una respuesta de los poderes públicos a todas las situaciones de victimización injusta provocadas en el marco del contexto violento vivido en Euskadi en las últimas décadas. Una respuesta que no equipare lo que no es equiparable, que prevea tratamientos diferenciados, no miméticos. Cierto. Pero que responda a parámetros de justicia, de la que son acreedoras todas aquellas personas que sufrieron un mal que no se merecían. Acrecentar la legitimidad del Estado a través de la revisión crítica de sus actuaciones es una singular contribución a la deslegitimación de una violencia terrorista que hunde una parte importante de sus razones, precisamente, en la alegación de los errores cometidos por el Estado.

Alguno dirá que esta reflexión no toca o que es inoportuna en estos momentos. Por una u otra circunstancia, siempre será inoportuna. Se trata, sin duda, de material muy inflamable que no se puede controlar con más combustible. Por ello, para afrontar esta cuestión son indispensables dos condiciones básicas: la responsabilidad y el consenso. A falta de cualquiera de ellas, el empeño naufraga y pierde su sentido.

Tenemos una legislatura por delante para hincarle el diente a un asunto complejo y complicado de gestionar. Les invito que lo hagamos sin prisa, pero sin pausa. No sería de recibo que al cabo de estos cuatro años nos encontráramos en la misma situación. Es algo que no nos podemos permitir como sociedad que pretenda suturar, algún día, heridas que aun condicionan nuestra convivencia.

Pues bien, aquel guante lanzado por la Directora de Atención a Víctimas del Terrorismo fue recogido por quien correspondía y, aceptado el reto, el gobierno fue capaz de tejer las complicidades y acuerdos necesarios con la mayoría de los grupos parlamentarios, para poner en marcha un procedimiento de reconocimiento y reparación de las víctimas aludidas por Maixabel en su intervención.

Casi siete años después, este sábado 21 de febrero, el Kursaal de Donosti fue testigo del último hito habido hasta la fecha en este proceso. En el mismo participó José Antonio Pérez Pérez, historiador y miembro de la Comisión de Valoración responsable, con su trabajo, del resultado final. En su muro de Facebook ha colgado el amigo Josean unas líneas cuya reproducción me parece obligada, para el buen entendimiento de la trascendencia y relevancia de todo este asunto.

El pasado sábado participamos en un acto de reconocimiento a las víctimas de los terribles abusos policiales cometidos entre 1960 y 1978 en el País Vasco. El acto supuso la culminación del decreto promulgado en julio de 2012 por el gobierno del Lehendakari Patxi López.

Han sido tres años y medio de intenso trabajo donde hemos estudiado 240 solicitudes presentadas por otras tantas personas. Tras el análisis de todos estos casos, la búsqueda de documentación y las entrevistas realizadas se ha reconocido su condición de víctimas a 187 personas. Se trata de hombres y mujeres (algunos de ellos eran apenas unos niños entonces) que vivieron unos hechos dramáticos. Algunos fueron tiroteados en controles de carretera por miembros de las Fuerzas del Orden Público sin ningún motivo, en medio de un contexto marcado por la violencia política y el terrorismo. En otros casos resultaron heridos o muertos en manifestaciones laborales o en todas aquellas movilizaciones que exigían la amnistía de los últimos presos políticos del franquismo. Victimas en manifestaciones que protestaban contra las emanaciones de gas de las empresas próximas, como ocurrió en Erandio en octubre de 1969, víctimas como las del 3 de marzo de 1976, donde resultaron muertos cinco trabajadores y más de cien heridos, muchos de ellos de bala, víctimas que presenciaban una manifestación desde su ventana y fueron tiroteadas, víctimas que perdieron ojos, brazos, víctimas sobre las que también cayó la sombra de una duda y que en muchos casos fueron tachadas de terroristas, víctimas, a pesar de todo, que nunca perdieron la dignidad. También hemos reconocido a un importante grupo de personas que sufrieron torturas en cuarteles y comisarías, especialmente crueles durante los duros estados de excepción que se vivieron en aquella época. La mayor parte de todos estos casos quedaron impunes.

Como tuve oportunidad de expresar el sábado, en un acto que contó con la presencia del Lehendakari Urkullu, ni la dura conflictividad laboral de aquellos años ni la aparición de ETA y sus terribles acciones terroristas justifican la tremenda violencia que desplegó la policía. Sus abusos fueron intolerables. Del mismo modo, esta durísima represión tampoco puede servir en ningún caso para justificar el terrorismo de ETA.

Han sido unos años intensos de duro trabajo. Gracias a todos los miembros de la Comisión de abusos policiales: a Inés Ibáñez de Maeztu y a Monika Hernando, las dos directoras de DDHH del Gobierno Vasco en las últimas legislaturas, a Carlos Beristain, a Álvaro Gil-Robles, a Manuela Carmena, a Txema Urkijo, a Sabino Ormazábal, a Aintzane Ezenarro, a José, a Marian (sin tu ayuda nada de esto hubiera sido posible) y a todo el equipo de la Dirección de Derechos Humanos del Gobierno Vasco.

Hace unos pocos meses lo expresé con claridad ante algunas importantes personalidades del actual Gobierno central y ante numerosas víctimas del terrorismo: la labor realizada en el marco del decreto de reconocimiento de abusos policiales no constituye un ataque al Estado de Derecho ni el reconocimiento de ningún terrorista. Todo lo contrario, reconocer a todas estas víctimas fortalece y engrandece al Estado de Derecho.

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No puedo estar más de acuerdo con todas y cada una de las palabras de la cita, al tiempo que valoro la enorme trascendencia de cuanto se menciona, en el proceso de reconstrucción de relaciones sociales en una Euskadi dolorida por tantos años de violencia y terror. Y no puedo dejar de sentirme orgulloso por haber tenido la oportunidad y el privilegio de colaborar modestamente con el impulso de la iniciativa, primero, y parcialmente en su desarrollo, después.

Como en otro momento desarrollaré con más extensión y profundidad, este proceso supone además la constatación de que es factible suplir desde la iniciativa de una Comunidad Autónoma, la inacción del Estado en asuntos que son de su responsabilidad, sin que ello vaya en detrimento de la satisfacción obtenida por el cumplimiento de los objetivos perseguidos en lo tocante a reconocimiento y reparación de las víctimas de vulneraciones de derechos humanos. En definitiva, parte de una política pública de memoria.

22.2.16

A vueltas con el arrepentimiento y la política penitenciaria

“Sentir haber hecho o dejado de hacer cierta cosa, bien por no encontrarla conveniente después de hecha, bien por ser una mala acción, o por el daño causado”. Esta es la primera entrada que el diccionario de uso del español, María Moliner, recoge para el vocablo “arrepentirse”.

La semana pasada, el colectivo de presos de ETA que siguen fieles a la organización, agrupados bajo las siglas EPPK, emitía un comunicado en el que, entre otros recados, venía a afirmar que “no se arrepentirán”, añadiendo que “estamos agradecidos porque hemos tenido la oportunidad de poner nuestro granito de arena en el camino de la libertad de Euskal Herria. Y ahí seguiremos: dispuestos para lo que sea”.

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Parece que los redactores del comunicado conocían sobradamente el significado del término arrepentimiento, dado que, tras anunciar su falta de contrición actual y futura, pasan a reafirmar la bondad y conveniencia de sus actos, demostrando con ello su total rechazo y oposición a cualquier atisbo de reflexión autocrítica respecto al uso de la violencia como medio para conseguir su proyecto político. (“Se nos pide que nos arrepintamos, sabiendo que no nos vamos a arrepentir”).

Cabe preguntarse qué significación y alcance tienen estas afirmaciones, procediendo de quienes proceden. En primer lugar, tratándose de personas que están cumpliendo penas privativas de libertad y sujetas, por tanto, a la legislación penitenciaria, no es difícil pronosticar una muy complicada evolución en procesos de auténtica reinserción. Por muy individualizadas que puedan llegar a ser sus conductas, si todas tienen en común la ratificación de la validez del asesinato y la percepción de que sus actos criminales constituyeron una “oportunidad para poner un granito de arena en la liberación de Euskal Herria”, pudiera ser no tengan precisamente un reflejo positivo en el tratamiento penitenciario.

Y ello porque dicha valoración tiene una suerte de caducidad: en tanto que la organización ha decretado el cese definitivo de su actividad, ya no es adecuada la estrategia de la violencia y hay una apuesta exclusiva por las vías políticas y pacíficas. Es decir, EN ESTE MOMENTO no resulta adecuada la estrategia de la violencia, y así es valorado, pero claro que lo fue en el pasado. (“No nos arrepentiremos”). La pregunta es: ¿Volvería a ser adecuada la apuesta por la violencia si cambiaran las circunstancias en el futuro?. También cabe preguntarse: ¿Quién y cómo valoraría esos eventuales cambios de coyuntura que podrían justificar el retorno a la violencia? Todo apunta a que sería la propia organización ETA, a la que siguen perteneciendo los miembros del EPPK. (“Ahí seguiremos, dispuestos para lo que sea”). Doy por supuesta la constante invariable de la vigencia de la democracia; todo lo mejorable que se quiera, pero democracia.

Tratándose de delitos de terrorismo, en los cuáles lo característico es atentar contra derechos fundamentales de terceras personas, supeditados a un móvil de naturaleza política que es considerado bien superior, el objetivo de la reinserción solo puede girar en torno a la renuncia de los medios empleados para conseguir esos fines. El objetivo del tratamiento penitenciario solo puede ser llevar al interno a la convicción de que los medios violentos no son válidos ni aceptables para defender ideas políticas; la renuncia a los medios, que no a las ideas.

Incorporar un elemento coyuntural en este proceso puede implicar su falseamiento. Una renuncia a los medios violentos marcada por su carácter estratégico puede resultar de dudosa consistencia para su ponderación a efectos de reinserción. Téngase en cuenta que no estamos en el presente ante un silencio brumoso que permita albergar la duda respecto a las convicciones íntimas de los internos del EPPK. Los miembros del colectivo han decidido pronunciarse comprometiendo su voluntad futura, con el riesgo que conlleva, al disminuir el grado de incertidumbre respecto a la valoración que realizan sobre los actos criminales que les han conducido a prisión. En definitiva, la radical aversión a un arrepentimiento genuino manifestada por los miembros del EPPK podría, tal vez, dificultar la determinación de un pronóstico favorable a efectos de su reinserción.

Lo que resulta evidente es que no parece que el comunicado aludido al comienzo de esta reflexión, vaya a contribuir positivamente a ninguna “solución” al problema de los presos que implique prontas excarcelaciones. En tal sentido, no puedo sino reiterar una obviedad legal: la reinserción es un derecho de la persona privada de libertad, no un deber. La obligación incumbe a la administración penitenciaria, que debería velar por poner todos los medios necesarios en orden a posibilitar que el interno ejerza, en su caso,  el derecho reconocido.

Pero la cuestión penitenciaria tiene otros motivos de actualidad más allá del comunicado del EPPK comentado.

Transcurridos cuatro años de absoluto inmovilismo en este área por parte del gobierno del PP, coincidentes con el tiempo sin actividad terrorista de ETA, se extiende, en el conjunto de la sociedad vasca, la convicción de que es el momento de cambios. Ya no se pueden interpretar estos cambios como cesiones o como material de intercambio en negociaciones inconfesables. Existe así una predisposición a que se adopten algunas medidas que modifiquen, al menos, las aristas más indigestas de la actual política penitenciaria, entre las cuales destaca sobremanera el alejamiento generalizado de los presos.

Quiero dejar claro que no me parece en absoluto descabellado que el Estado, en el desarrollo de su tarea de proteger y garantizar el ejercicio de los derechos y libertades de sus ciudadanos, adopte determinadas medidas en el ámbito de la política penitenciaria que puedan contribuir al cumplimiento de dicho objetivo. En el caso concreto de delitos cometidos por personas que pertenecen a organizaciones cuya finalidad es justamente la de delinquir, parece más que razonable una intervención que, salvaguardando los derechos individuales de sus miembros, impida o dificulte la continuidad o el favorecimiento de la actividad delictiva a cargo de la organización a la que pertenecen dichas personas presas. Eso puede traducirse en lo que todo el mundo conoce como dispersión, medida contra la que, en el caso de los presos de ETA, nunca he estado – ni estoy – por considerarla perfectamente legal y legítima, en el ámbito competencial penitenciario.

Ocurre, sin embargo, que cuando se adoptó este criterio de distribución de los presos de ETA en distintos centros penitenciarios, se coló por la banda un efecto colateral inconfesable: el alejamiento. Al socaire de separar a los miembros de la organización, fueron alejados de sus lugares de residencia y de sus familiares, a quienes se les impuso el duro trance de tener que recorrer largas distancias para poder ejercer su derecho de visita y comunicación con los internos. Con ello se provocó un injustificado sufrimiento que se prolonga de manera increíble hasta la actualidad. Un castigo adicional carente de toda justificación. Para separar no hay porqué alejar. Las infraestructuras penitenciarias españolas permiten sobradamente cumplir el primer objetivo sin caer en el castigo que implica el segundo.

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Es esta una reivindicación antigua, una exigencia ya reiterada en innumerables ocasiones (Para muestra dejo dos propias; bien distantes en el tiempo, como puede comprobarse). Es una demanda cuya desatención ha provocado graves consecuencias en términos de sufrimiento al entorno de las personas privadas de libertad pertenecientes a ETA. Una realidad que no se puede obviar y que hay que reconocer.

http://www.gesto.org/archivos/201403/1c.-19941215-el-correo-rp-acercamiento.pdf?1

http://www.elcorreo.com/vizcaya/20081212/politica/oficina-victimas-respalda-acercamiento-20081212.html

Se impone pues que los nuevos responsables del gobierno central – cuando quiera que éste se constituya – aborden con urgencia esta cuestión y pongan fin al alejamiento de los presos.

Pero volviendo al comunicado del EPPK de la semana pasada, para ir más allá de su alcance estrictamente jurídico y analizar, siquiera someramente, su significación política, veremos que la perspectiva tampoco es muy halagüeña.

Acto de presentación de las conclusiones del debate interno de EPPK. En la imagen, una de las secuencias del video que se ha proyectado durante el acto.

Llama la atención, en primer lugar, la deliberada y reiterativa vinculación que en el comunicado se establece entre arrepentimiento y delación (“no se arrepentirá ni denunciará a su miembros”), en un intento claro y evidente de superponer ambos hasta identificarlos y confundirlos, evitando así la consideración aislada de un arrepentimiento que no conlleve en modo alguno esa delación “traidora” respecto a los compañeros que, tan mala prensa tiene en ese mundo.

En el fondo, se trata con ello de arrojar una oscura sombra de desprestigio sobre aquellos excompañeros que sí han llevado a efecto reflexiones individuales autocríticas que han desembocado en el cuestionamiento radical del uso de la violencia (Vía Nanclares) deslegitimando con ello la actividad de ETA, al margen de contextualizaciones que solo esconden pretendidas justificaciones. Es tildándolos de traidores al sembrar la sospecha de infundadas denuncias a compañeros, y fomentando su desprestigio de esa manera, como creen poder conseguir frenar el impulso de la tan necesaria autocrítica deslegitimadora de la violencia.

Por otra parte, la negativa del colectivo de presos de ETA al arrepentimiento y a una reflexión crítica del uso de la violencia en el pasado supone un factor más que relevante de presión  para Sortu y el conjunto de la izquierda abertzale, pues se convierte en una boya de posición que delatará la magnitud de las diferencias que puedan darse en su ámbito en el proceso de reconocimiento del daño injusto causado por la violencia de ETA. El momento de la verdad, cuando se ponga en serio sobre el tapete la legitimidad de ETA y su actuación criminal. Cuando diriman preponderancia quienes acepten la naturaleza injusta de la violencia de ETA y quienes sostengan lo encomiable de su trayectoria en el camino de la liberación nacional, esta afirmación actuará como vara de medir distancias. En plena efervescencia por conformar la memoria colectiva de la sociedad vasca en lo que al trauma de la violencia de motivación política se refiere.

Realmente es una difícil papeleta para quienes acaban de comprender la necesidad de desprenderse cuanto antes de ciertos lastres del pasado, si quieren conectar con las nuevas corrientes políticas por las que navega una buena parte de la juventud vasca. Esa es, a mi juicio, una de las significaciones políticas más relevantes de lo manifestado por el autodenominado Colectivo de Presos Políticos Vascos.

16.2.16

 

Aún colea el GAL en los Tribunales

Hace unos días se conocía una noticia que a mí personalmente me produjo una gran satisfacción: la Audiencia Nacional procedía a la reapertura de la causa por el asesinato de Juan Carlos García Goena, gracias al tenaz e incansable esfuerzo de su viuda, Laura Martín, firmemente empeñada en obtener la Justicia que corresponde a toda víctima de una vulneración grave de los derechos humanos.

http://www.elespanol.com/espana/20160121/96240440_0.html

Al mismo tiempo, la televisión pública vasca, ETB, emitía un documental sobre el atentado contra el Bar Aldana, de la localidad vizcaína de Alonsotegui, ocurrido hace ahora 36 años, en el que murieron cuatro personas y fueron heridas muchas más, a consecuencia de la explosión de un potente artefacto colocado por un grupo autodenominado GAE (Grupos Armados Españoles).

La coincidencia en el tiempo de ambas noticias me ha traído a la cabeza el informe que la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco elaboró en el año 2008, bajo el título “Informe sobre víctimas del terrorismo practicado por grupos incontrolados, de extrema derecha y GAL” y me parece oportuno revisar la situación de este colectivo específico de víctimas del terrorismo.

Es por ello que, amparándome en consideraciones ya recogidas en mi aportación al libro ““CON LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO”, coordinado por Antonio Duplá y Javier Villanueva y publicado por GAKOA Liburuak, en 2009, llevo a cabo un somero repaso a las deficiencias y carencias que aún presenta el colectivo mencionado, sin otro ánimo que constatar dicha realidad y permitir los análisis comparativos que puedan considerarse convenientes.

En primer lugar, precisaré que el colectivo analizado comprende a las víctimas ocasionadas por un terrorismo que, pese a ser difuso, desorganizado y desigual en sus formas de actuación, presenta algún elemento común. Me limitaré a destacar ahora dos que me parecen relevantes.

El primero son los destinatarios de los actos violentos. Habitualmente eran personas vinculadas al mundo nacionalista (en no pocas ocasiones con eso bastaba) y, dentro de él, también de manera específica, al de los refugiados en Francia y gentes que pudieran pertenecer a ETA. Y el segundo, los autores, entre los que citaremos grupos que se presentaban bajo denominaciones y siglas diversas, como Batallón Vasco Español (BVE), Triple A, Grupos Anti Eta (GAE), ATE o el más significativo y sanguinario de todos ellos, Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Todos ellos pasaron por tener, en mayor o menor medida, conexión con los aparatos policiales – y en algunos casos políticos – del Estado, lo cual tuvo algunas consecuencias importantes, de las cuales destacaré la que hace referencia a la impunidad.

El informe antes citado del Gobierno Vasco, analiza como primer caso el asesinato de Iñaki Etxabe Orobengoa, el día 5 de octubre de 1976. Este informe recoge 74 actos terroristas cometidos por distintos grupos criminales, bajo las siglas y denominaciones que hemos mencionado anteriormente, así como algunos otros que no fueron identificados ni reivindicados y que se atribuyeron a grupos de “incontrolados”. En estos 74 actos fueron asesinadas 65 personas y heridas de distinta consideración otras 64. Hubo así mismo un secuestro. El último caso que recoge el informe es el atentado ocurrido en el Hotel Alcalá, de Madrid, el 20 de noviembre de 1989, en el que resultó asesinado el diputado de Herri Batasuna en el Parlamento español, Josu Muguruza Guarrotxena y herido el abogado Iñaki Esnaola Etxeberri.

La distribución de los actos objeto de reseña y sus resultados por años es la siguiente:

  AÑO             ATENTADOS                        MUERTOS                               HERIDOS
1975                      2                                        2                                             –
1976                      2                                        1                                             1
1977                      2                                        1                                             2
1978                      4                                        3                                             2
1979                      8                                        5                                             5
1980                    16                                      22                                           21
1981                      3                                        1                                             2
1982                      1                                        1                                             –
1983                      4                                        4                                             –
1984                    11                                        9                                             9
1985                    15                                       11                                          15
1986                      3                                         2                                            6
1987                      1                                         1                                            –
1988                      –                                          –                                             –
1989                      2                                         2                                            1

Llama la atención a simple vista en esta distribución cronológica la intensidad de la actividad terrorista de estos grupos en dos momentos concretos, correspondiendo con circunstancias específicas en cada uno de ellos.

Por un lado los años 1979 y 1980, coincidentes con la mayor presencia del terrorismo de ETA, que alcanza niveles de mortalidad nunca conocidos hasta ese momento y no repetidos después. Podría interpretarse la intervención de estos grupos en clave de “respuesta” a la acción de ETA.

El número de atentados se reduce, sin embargo, drásticamente en el año 1981, siendo así que, tras el asesinato de Francisco Javier Ansa Zinkunegi, cometido el día 3 de marzo de 1981, fueron detenidos Ladislao Zabala Solchaga e Ignacio Iturbide Alcain, quienes ingresaron en prisión y fueron condenados por nueve asesinatos. Ambos personajes fueron protagonistas destacados del autodenominado Batallón Vasco Español, que después de la detención de sus dos miembros citados no volvió a aparecer ni a reivindicar ningún atentado, excepción hecha de unos disparos que hirieron en París a Xavier Aguirre Unamuno el 23 de abril de 1981, si bien numerosas fuentes atribuyen la autoría de esta acción al conocido mercenario Jean Pierre Cherid.

La retirada de la circulación de Iturbide y Zabala tuvo sin duda una notable influencia en el número de acciones terroristas del signo de las estudiadas y explica, a buen seguro, el descenso en el número de atentados habido a partir de aquel momento y hasta el siguiente pico, que se produce en los años 1984 y 1985 y que corresponde a los años de intensa actividad de los Grupos Antiterroristas de Liberación.

Poco hay que explicar en cuanto a la actuación del GAL. Constituyeron el epílogo de la actividad terrorista proveniente de las cloacas del Estado. Su objetivo fundamental quiso estar centrado en miembros de ETA, pero fue notoria la frecuencia de sus errores en relación con la identidad de las personas elegidas como destinatarias de sus criminales intenciones.

Amedo y Domínguez

El cese de la actividad del GAL supuso la práctica desaparición de este tipo de violencia terrorista, con alguna excepción como fue el caso de un cartero de Rentería, José Antonio Cardosa Morales, fallecido el 20 de septiembre de 1989, cuando le explotó una carta bomba dirigida a un militante de HB de dicha localidad, así como el atentado ya citado del Hotel Alcalá de Madrid en el mismo año 1989.

El GAL asesinó a 24 personas e hirió a 27. El Batallón Vasco Español cometió 18 asesinatos y causó heridas a otras 18 personas. La Triple A cuenta, por su parte, con ocho asesinatos en su haber, por otros seis del GAE, como los grupos más relevantes en su acción criminal.

Repasados los fríos datos, conviene analizar los derechos de las víctimas y el grado de materialización de los mismos.

El derecho a la verdad es un aspecto esencial para aliviar su sufrimiento. Supone el derecho a tener un conocimiento pleno y completo de los actos que se produjeron y constituyeron la causa de su victimización, las personas que participaron en ellos y las circunstancias específicas de las violaciones que se perpetraron y su motivación.

No es preciso profundizar demasiado en la revisión de nuestro pasado reciente para constatar que las actuaciones de los grupos terroristas de extrema derecha, grupos de incontrolados y del propio GAL, conforman un conjunto de episodios con un escasísimo nivel de conocimiento en todos los aspectos que resultan relevantes para la satisfacción del derecho a la verdad.

Una nota común de este tipo de actuaciones violentas es la vinculación, en mayor o menor grado, pero vinculación o conexión en todo caso, con estructuras policiales del estado. En ocasiones se produjo una participación directa de miembros de sus cuerpos de seguridad (acreditada en resoluciones judiciales firmes); en otros casos hubo grados de colaboración o actuaciones de protección, cobertura o tolerancia; y siempre, notable desinterés o dejación de obligaciones profesionales a la hora de realizar una investigación suficiente para permitir la intervención de los Tribunales de Justicia.

En este sentido, son numerosos los testimonios de familiares de asesinados por grupos como el Batallón Vasco Español y similares, a finales de la década de los setenta y comienzos de los ochenta, que relatan la manera en que se impedía o dificultaba la realización de actos simples de investigación que permitiera el esclarecimiento de los hechos acontecidos.

En segundo lugar, y en lógica consecuencia con lo anterior, el espejo de la actuación judicial refleja la realidad de las cosas con crudeza y nos muestra el alto nivel de impunidad existente para este tipo de terrorismo. Hablamos, por tanto, del derecho a la Justicia.

En España, fundamentalmente a través de la Audiencia Nacional, se han incoado y tramitado hasta donde ha sido posible a tenor de la información obrante en las diligencias, fruto de las investigaciones policiales, un total de 33 causas judiciales, de las cuales tan solo 17 han culminado con sentencia firme. En 16 de éstas ha habido un pronunciamiento condenatorio, con establecimiento de penas privativas de libertad cuyo cumplimiento, de una forma u otra (ésta es otra cuestión relevante), se ha materializado. Compárense estas cifras con el total de actos violentos con víctimas habido.

Cierto es que en los datos ofrecidos no se incluyen los correspondientes a la actuación de la Justicia francesa, en tanto en cuanto un número importante de estos actos terroristas fueron cometidos en suelo francés y, por tanto, bajo jurisdicción del país vecino. Pero ello no invalida en modo alguno la valoración realizada: de las cifras ofrecidas en cuanto al número de procedimientos judiciales habidos en España, así como del correspondiente a las sentencias condenatorias, solo se puede afirmar la existencia de un alto nivel de impunidad global.

Por otro lado, es preciso afirmar que la escasa y deficiente investigación policial llevada a cabo en una parte muy importante de estas acciones violentas impidió – e impide – el esclarecimiento de un dato de especial relevancia en esta cuestión, cual es el grado exacto de autoría, complicidad, colaboración o inhibición que pudo existir por parte de determinadas instancias policiales con dichos actos criminales y al que ya hemos aludido.

Y ello no solo por el valor en sí que tiene tal información en orden al establecimiento de las correspondientes responsabilidades penales, sino de manera singular, por las implicaciones de naturaleza política que pudieron existir y que pondrían sobre la mesa una perspectiva novedosa con indudable repercusión en el discurso del reconocimiento social y especialmente político que también se merecen estas víctimas.

En este sentido conviene traer a colación una opinión tan autorizada y poco sospechosa de sembrar dudas infundadas en relación al Estado o sus fuerzas de seguridad como es la de los propios tribunales de justicia españoles y, en particular, la manifestada en la sentencia 24/99 de 4 de junio de 1999 dictada por la Sección 3ª de la Audiencia Nacional en relación al asesinato de Christophe Matxikote y Catherine Brion, sucedido en Bidarrai (Francia), el día 17 de febrero de 1986 y en la que se considera al GAL como banda armada.

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Uno de los fragmentos de dicha resolución judicial reza como sigue: “Fue el Ministerio del Interior el organismo desde el que finalmente se pudo atajar, en colaboración con el Ministerio del Interior francés, la lucha ilícita contra ETA. Si eso fue así, significaría que ambos departamentos tenían información sobre personas involucradas y que solo a partir de un momento dado lograron neutralizar. Ello conduce a la convicción de que existen responsabilidades de diversa naturaleza que estarían aún por deducir”.

Por último, el derecho a la reparación, analizado ahora solo en su dimensión material, obliga a dejar constancia de la lamentable actuación del gobierno del PP a la hora de aplicar la Ley 29/2011 de Reconocimiento y Protección Integral de las Víctimas del Terrorismo.

Al amparo de la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo de 1999, las personas afectadas, bien heridos supervivientes o bien familiares directos de las personas asesinadas, en 44 de los 74 actos terroristas cometidos por los grupos de extrema derecha, incontrolados y el GAL, solicitaron el reconocimiento de su condición de víctimas del terrorismo, con aplicación de los derechos legales correspondientes; básicamente el de la percepción de las indemnizaciones fijadas en la referida norma. En 35 casos la respuesta de la Administración del Estado fue estimatoria, mientras que en los otros nueve les fue denegado el reconocimiento de la condición de víctimas del terrorismo por diversos motivos. En definitiva, las víctimas de 39 atentados quedaron sin amparo, por una causa u otra.

Con la entrada en vigor de la nueva Ley en 2011, se presentaron numerosas solicitudes por parte de este grupo de víctimas, unas para el reconocimiento ex-novo de su condición de tales y otras para solicitar el complemento de indemnización que les correspondía, pues ya habían sido previamente reconocidas como víctimas con la Ley del 99. Ante esta realidad, el Ministerio del Interior reaccionó modificando la Ley 29/2011, con los votos exclusivamente del grupo político que sustentaba el gobierno, y a través de una norma legal completamente ajena a la materia de víctimas. Tal modificación tenía como único objetivo el de impedir que familiares de personas que, habiendo sido víctimas de un acto terrorista, pudieran haber pertenecido a una organización que practicara la violencia, percibieran dinero alguno por parte del Estado.

Modificada la Ley, su aplicación ha resultado demoledora para el colectivo de víctimas al que me estoy refiriendo, puesto que las resoluciones gubernamentales han sido denegatorias en su inmensa mayoría, amparándose para ello en simples informes policiales que sostenían la vinculación de los fallecidos o heridos no solo con ETA sino con cualquier organización del entorno de la izquierda abertzale. Con ello, se ha obligado a todos ellos a acudir a la vía judicial, a fin de que sean los Tribunales los que restituyan el principio de igualdad y permita la materialización del derecho a la reparación que corresponde a toda víctima de vulneración de derechos humanos, por el hecho de serlo. Parece obvio que la reparación material debe estar vinculada al hecho de la victimización, que es, en sí mismo, injusto, y no a la valoración moral de los actos que en vida pudo desarrollar la víctima.

Omito el apartado de conclusiones, dejando que sea el lector quien lo elabore, apelando a que impere en tal tarea un ánimo constructivo.

Hablamos mucho – y con razón – de los asesinatos de ETA sin esclarecer aún y hablamos, justificadamente también, del proceso pendiente de reconocimiento y reparación de las víctimas de los excesos policiales, pero, con demasiada frecuencia olvidamos la problemática específica de estas víctimas que legalmente lo son del terrorismo, pero cuya voz no es tan escuchada como las de ETA.

Es evidente que el proceso de reconocimiento y reparación de todas las víctimas relacionadas de una forma u otra con la situación de violencia de motivación política que ha vivido Euskadi en las últimas décadas, es un camino largo y tortuoso y aún quedan trechos por delante que exigen esfuerzo, dedicación, convicción y ecuanimidad. La noticia de que aún es posible avanzar en los Tribunales no solo ha de alegrar a Laura Martín, sino a todos quienes deseamos un final, aunque desordenado e imperfecto, lo más justo posible para todas las víctimas.

24.1.16

La Viña

Atribuyen a Rilke, el poeta, la expresión “Mi patria es mi infancia”, que causó después fortuna entre otras mucha gentes. Yo ampliaré la mía a la adolescencia y primera juventud, tiempos de flores abiertas a la vida, descubrimientos, ilusiones y torbellinos emocionales. En medio de todo ello, hubo espacios que cobraron una trascendencia singular en nuestras vidas. Uno de ellos se me va ahora. Se va, como se fueron y se van otros trocitos de corazón, con el transcurrir de los años: los edificios, los lugares, las personas…La nostalgia se abre paso con andar poderoso.

Nuestros primeros vinos (antes que la cerveza), las partidas de cartas, el refugio de las piras de clase, el lugar de reunión y, sobre todo, la música. La emoción intensa a través de la jukebox de la esquina, junto a la ventana, entre humos de tabaco y sabores etílicos. Descubriendo la vida al son de Lou Reed, Dylan, Chicago, Cat Stevens, Pynk Floyd o Benito Lertxundi. Fue un espacio mágico durante los años del gran vértigo individual, grupal y social. Más adelante, siguió siendo el remanso tranquilo para la charla, la buena música o la juerga con el baile, cuando la ocasión era propicia.

lavina

La sombra del abnegado trabajo, a lo largo de más de cuarenta años, de Fernando, de Edurne, de Pantxi, de MariLuz, de Sara y de Nandi desaparece físicamente de la esquina donde lucía para los demás. Ahora me queda el consuelo de que jamás se borrará del corazón de tantos llodianos como hemos tenido el privilegio y el placer de incorporarlo a nuestra pequeña patria vital.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 21 de octubre de 2015.

Jerusalén: una ciudad dividida por la derecha que la quería indivisible

Por su gran interés, me permito reproducir un artículo escrito por mi amigo Meir Margalit,de quien ya he hablado en alguna ocasión en este blog. Judío de origen argentino, que lleva viviendo décadas en Israel, donde primero combatió en el ejército hebreo y posteriormente, tras resultar herido y precisamente durante su periodo de convalecencia, abrazó con entusiasmo la causa pacifista. Un hombre comprometido con la política de su país, Israel, desde una perspectiva netamente de izquierdas, en franca minoría, lo que le lleva a experimentar de manera permanente el ejemplo del predicador en el desierto. Meir convive con las dudas que, el sinsentido de la política israelí y las injusticias que la misma provoca, le generan permanentemente en su conciencia de paz. La tentación de otras respuestas diferentes siempre está ahí y esa tensión sin fin brinda una mayor autenticidad y honestidad a sus pensamientos y sus actitudes. Un grandísimo tipo, que con esta reflexión nos ayuda a comprender mejor lo que está sucediendo en este mismo momento en Jerusalén. El artículo ha sido publicado en http://www.sinpermiso.info

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Como un deja vu angustiante, como una tormenta que no deja de azotarnos, vuelve a estallar esta nueva ola de violencia. Y nos deja perplejos y avergonzados por la impotencia kafkiana de quien sabe lo que habría que hacer para acabar, de una vez por todas, con esta violencia endémica, pero nadie lo escucha.  Esto era de esperar, en particular en épocas de festividades judías, cuando religiosos derechistas se empecinan en subir a la Explanada de las Mezquitas, exasperando los nervios palestinos, que ya están tensos al máximo sin necesidad de estas provocaciones. Era de esperar, pero, por obra del diablo, estas irrupciones de violencia siempre nos toman por sorpresa, nunca se está lo suficientemente preparado para enfrentarlas.   

Sin embargo, a pesar de esa sensación de haber ya presenciado la misma película, podemos notar algunos rasgos propios de esta revuelta.  Por primera vez en muchos años, se produce un acontecimiento perturbador en el que los jóvenes palestinos de Jerusalén se vuelcan a las calles en forma masiva, espontánea, sin apoyo de ningún movimiento organizado, apedreando todo símbolo israelí que se cruza en su camino, atropellando civiles israelíes y atacando con cuchillos de cocina, hasta llegar a su máxima expresión la semana pasada cuando un niño palestino de 13 años atacó a cuchillazos a otro niño israelí de la misma edad, lo que convirtió automáticamente a cada niño palestino en “terrorista activo” a ojos israelíes. 

Este modelo de rebelión ha dejado a la policía israelí perpleja, ya que este estilo de  ataques son imprevisibles e imposibles de prevenir. Mucho mas fácil para los servicios de seguridad israelí es combatir células terroristas organizadas que enfrentarse a civiles armados con cuchillos caseros  que, en un momento de ira, deciden acuchillar al primer israelí que se cruza en su camino. Esta nueva estrategia popular palestina ha producido un cambio sumamente significativo en el desarrollo del conflicto. Hasta tal punto, que por primera vez en muchos años podemos declarar que la calle palestina en Jerusalén oriental ha logrado un triunfo contundente, aunque no sea más que como un “gol en contra” del gobierno israelí.

La imposición de un estado de sitio en Jerusalén oriental -o lo que Giorgio Agamben denomina “un estado de excepción“-, que incluye la utilización por primera vez desde 1967 de fuerzas militares como refuerzo a la policía local y de bloques de cemento que separan los barrios palestinos de los israelíes, es sin duda alguna uno de los triunfos mas contundentes de los jóvenes rebeldes de Jerusalén oriental. Ello requiere una lectura atenta de los significados simbólicos que representa, ya que a primera vista pasan desapercibidos.

Lo primero que resalta es, por encima de todo, el estado de pánico en que esta sumergida la sociedad israelí, la incapacidad para controlar la situación, y el grado de cinismo con que el gobierno manipula la opinión publica israelí, apoyándose en que nadie conoce la geografía del lugar: da igual cuantas vallas instale la policía en Jerusalén oriental, siempre habrá un hueco por el que unos terroristas dispuestos a todo podrán infiltrarse a la parte occidental de la ciudad. Pero lo mas significativo es que al declarar el “estado de sitio”, el gobierno israelí ha dividido de facto la ciudad de Jerusalén.  

La izquierda israelí aduce desde hace 46 años, sin mayor éxito, que el modelo de ciudad unificada no tiene futuro y es necesario dividirla: ahora lo ha llevado a la práctica la derecha israelí sin mayor remordimiento de conciencia. El despliegue de soldados y bloques de cemento en las rutas que conectan a los barrios palestinos con la parte israeli es sumamente simbólico porque nos remiten a los Territorios Ocupados de Cisjordania. Los transforma en un claro significante de la anulación de distinciones entre Jerusalén y los Territorios Ocupados, o lo que  podría denominarse la “Cisjordanización de Jerusalén”.  Nunca Jerusalén oriental ha estado tan cerca de los territorios ocupados y tan lejos de Jerusalén occidental.

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Y este “gol en contra” llega a tiempo. Durante los últimos años, y a medida que la situación económica ha ido mejorando, la población adulta de Jerusalén oriental comenzó a acomodarse o a resignarse a la ocupación. A partir de ahora esta percepción colapsa y la gente vuelve a recordar que están bajo una ocupación militar que, por mas beneficios económicos que pueda conllevar, es y será insoportable.  Durante los últimos años, gracias a una política de gestos implementada por el actual alcalde israelí de la ciudad, la ocupación perdió su fachada opresora y su imagen se volvió mas light, hasta tal punto que los últimos sondeos demuestran que mas de la mitad estarían dispuestos a adquirir la ciudadanía israelí.    Este proceso de doblegamiento a la ocupación ha colapsado estruendosamente, ha sido literalmente quebrado por los jóvenes. La dosis de relativa prosperidad que el alcalde Barkat  suministro a sus padres, no les atañe: están en esa edad en la que la dignidad y el orgullo son factores decisivos en la consolidación de su identidad, mucho más importantes que la prosperidad económica que persiguen sus padres. 

La idea de tranquilizar al publico israelí gracias a las barreras no es nueva en nuestra región.  Durante la segunda Intifada, fue Ariel Sharon el primero en promover en 2002 la construcción de la muralla de separación a fin de calmar a la población israelí.  Siguiendo esta lógica escapista, Netanyahu introduce vallas de cemento armado con el mismo objetivo. Construir otra muralla seria demasiado exagerado pero, salvando las diferencias, en ambos casos el resultado es el mismo: Sharon y Netanyahu dividen la ciudad de facto.

Diez años después de construida la muralla de separación, que dejó fuera a extensas partes de la ciudad y a más de 50.000 residentes palestinos, el gobierno actual separa Jerusalén oriental en una serie de enclaves cerrados que, mas que afectar la vida cotidiana, producen un cambio total en la mentalidad palestina respecto a la ocupación.  Netanyahu les ha vuelto a recordar que viven bajo ocupación militar, y ha reavivado de esa manera el ansia palestina de liberación.

La tensión generada por estos disturbios ha corroborado que el modelo de la “Jerusalén unificada” es insostenible, que por debajo de la tierra ruge un volcán. La tenacidad con la que la población joven desafía al sistema israelí es la prueba contundente de que este régimen de ocupación esta destinado a enfrentar periódicamente alzamientos violentos que, a largo plazo, acabaran desmoronándolo. Toda represión es temporal por definición y la actual represión policial esta sembrando las semillas de la próxima rebelión. Los jóvenes palestinos arrestados, cuyo numero ronda los 2.500, llevarán en sus venas por siempre el ansia de revancha. Y el folklore local ya esta fertilizando la próxima generación de jóvenes que aspira imitarlos, porque en el imaginario local esos son los pequeños guerrilleros que, poniendo en jaque a la policía,  salvaron la dignidad nacional.

Todavía es prematuro saber si estamos ante la tercera Intifada. Sea cual fuere el futuro,  el valor intrínsico del levantamiento juvenil  consiste en haber puesto de relieve la patología del sistema municipal de Jerusalén y, más allá de sus logros a corto plazo, los acontecimientos han dejado claro que una estructura de esta índole podría perdurar, pero no tiene derecho a existir. 

Un proverbio hebreo dice que la labor de los santos es realizada por gente común.  No se si será cierto. Pero lo que esta claro es que el objetivo de la izquierda lo está llevando a cabo, a su brutal manera, la derecha.   

www.sinpermiso.info, 17 de octubre 2015

Carácter: una seña de identidad

Corría el año 1972 y el Colegio La Salle, los “frailes” de Llodio, dejaba de ofertar la recién implantada EGB para centrarse en la Formación Profesional, así que quienes estudiábamos allí tuvimos que emigrar a los colegios entonces llamados “nacionales”. Lamuza, en concreto, nos acogió a todos durante unos meses, hasta que terminaron las obras de los nuevos “Gregorio Marañón”, en Ugarte y “Ortega y Gasset” y Menéndez Pidal” en Lateorro. Al comienzo de aquel curso, nos plantearon en el colegio la posibilidad de apuntarnos a algún deporte y, claro, todos al fútbol, única práctica deportiva conocida en el patio de los frailes, aparte de pelota en el frontón. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no había opción a fútbol en Lamuza, solo baloncesto, balonmano y balonvolea. ¡Toma ya!. De los dos últimos apenas sabíamos nada, así que la familiaridad que el inolvidable Torneo de Navidad nos brindaba con el primero, hizo que la cuadrilla de amigos nos apuntáramos al deporte de la canasta. De esta curiosa circunstancia nació mi pasión por el basket.

LAMUZA BALONCESTO 7º 8º EGB

El paso del torneo inter-escolar al equipo juvenil del Llodio BC, la edición veraniega de los partidos en La Plaza, con equipos de primera división (Kas, Águilas, Caja de Álava, Askatuak…), los años del sénior en categoría provincial, el fin de mi etapa como jugador y el inicio de la de entrenador, el ascenso a Tercera, mi alejamiento del Llodio, BC, las primeras visitas a Mendizorroza a ver al Baskonia, la cuadrilla de Amurrio con las gabardinas como embrión de peña, el primer título del club en Villanueva de la Serena, el espectáculo de “superbeltza” Hollis …

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Todos ellos fueron eslabones de una cadena que fue consolidando mi afición a este hermoso deporte. Cierto es que, poco a poco, mi relación con el baloncesto fue circunscribiéndose al seguimiento del Baskonia. El crecimiento de este Club era evidente. El traslado de Mendizorroza a Zurbano, la llegada de Herb Brown, siempre de pie en los partidos, con su canuto de papel en la mano, la era del inolvidable y entrañable Sheriff Manel Comas, con su peculiar forma de ser… Mis visitas al pabellón se hicieron cada vez más frecuentes.

Un hito inolvidable para mí fue la primera final europea del Baskonia, en Lausanne, año 1994. El desplazamiento de unos tres mil seguidores baskonistas el 15 de marzo a la ciudad suiza constituyó un acontecimiento espectacular, con un carácter festivo y una manera de animar que caló entre todos quienes tuvieron la fortuna de estar presentes en el pabellón e incluso en las calles, incluida expresamente la policía suiza, que aplaudió a la afición por su magnífico comportamiento, al término del partido. Rubén Gazapo recoge en su estupendo blog baskonistas.com, entre otras cosas, lo siguiente: “Un apoyo que tuvo mayor  mérito cuando tras el final del partido y el resultado desfavorable (91-81) que indicaba que la Recopa se iba a Eslovenia, todos los seguidores vitorianos nos quedamos durante una hora animando, cantando y apoyando a nuestros equipo pese a la derrota. Está final comenzó a colocar al Baskonia y sus aficionados en el escaparate del basket FIBA y marcar las bases para aspiraciones mayores en Europa.”

Llegaron después más finales y, por fin, el título de la Recopa 1996. El Baskonia seguía creciendo y su afición comenzaba a mostrar algunas características con las que se hizo acreedora del reconocimiento y la admiración de una gran parte del mundillo baloncestístico español y europeo: incansables en la animación, fieles al equipo en la victoria y en la derrota, respeto y reconocimiento al rival y espíritu lúdico y musical. Las copas del Rey fueron el mejor escaparate para lucir esta manera de ser baskonista. En pabellones y calles de varias ciudades españolas aún recuerdan el paso de la marea azulgrana, especialmente a los sones de la incansable txaranga.

Tras el susto que nos brindó Scariolo “casiganando” aquella primera liga, que finalmente se fue a Manresa, y tras algunos sobresaltos en el banquillo, llegó la época Dusko Ivanovic. Para entonces, a finales de siglo, yo me había hecho ya abonado del Baskonia, por supuesto sin la más mínima intención de transmitir mi afición a este deporte a Markel y muy lejos de pretender influencia paternal alguna, claro, claro. Bueno, que fuimos los dos abonados.

Con Dusko se inició la década prodigiosa. Seguía con el club un patrocinador importante y comprometido como pocos en el mundo empresarial, TAULELL, de Castellón, frente a cuya fidelidad, 22 años, por mucho que respondiera a motivos comerciales y económicos, hay que quitarse el sombrero. Su apoyo económico permitió a Saski Baskonia disfrutar de un potente estatus económico y ello le permitió competir con dignidad en el mercado de fichajes, aunque es verdad también que el acierto en el mercado de futuros ayudó lo suyo en la cuestión económica, al tiempo que contribuía al crecimiento deportivo, toda vez que se inició una dinámica de inversión rentable con el desarrollo de jugadores fichados muy jóvenes cuya madurez baloncestística permitió una salida ventajosa para el club.

La presencia en las finales de las competiciones que se disputaban comenzó a ser casi una costumbre. Grato recuerdo de aquella final de la primera edición de la euroliga, en 2001, el play off contra el mejor Virtus de Bolonia de la historia.

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Y, con las finales, los trofeos. Ligas y copas engrosaron la vitrina del club y convirtieron en familiar la imagen de la Plaza de la Virgen Blanca abarrotada de seguidores celebrando los logros del equipo con sus componentes. La primera Final-four para el equipo, en mayo de 2005 también fue un acontecimiento que viví personalmente y de manera muy intensa. Inolvidable la perplejidad de los seguidores macabeos cuando, tras recibir ellos el trofeo de campeón y celebrarlo debidamente, observan que los seiscientos baskonistas presentes seguíamos incansables con nuestros gritos, canciones y bailes, apoyando a nuestro equipo. Más de uno pensaría que si así celebrábamos la derrota, qué habríamos hecho en caso de haber ganado.

Tales eran los éxitos, que la afición creció. El Buesa Arena se llenaba varias veces a lo largo de cada temporada y, entre la idea de continuar con el crecimiento del club y la de organizar algún día una Final-four, Querejeta se marcó como objetivo – y consiguió – ampliar el pabellón hasta las 15.500 plazas con que cuenta actualmente.

Pero llegó la crisis y sus consecuencias se hicieron notar en la capacidad económica de un club que, a diferencia del Real Madrid y el FC Barcelona, no tenía el paraguas de una estructura futbolera y dependía de los patrocinios públicos y privados, ambos claramente menguantes. Baskonia volvió a vestir sus ropajes más modestos a la hora de fichar jugadores y, para más desgracia, tampoco ayudó mucho el resultado de los realizados como inversión, donde llevamos unos años de sequía. Y con esa disminución de capacidad económica también llegó el bajón en los resultados deportivos. Y ahí andamos hoy en día.

Este fin de semana comienza una nueva edición de la Liga ACB y este es el motivo de esta reflexión. A nadie se le escapa que el ambiente en el Buesa Arena ha cambiado mucho en los últimos años. Es probable que la llegada de nuevos aficionados, muchos de ellos atraídos por el calor de los triunfos, haya provocado incorporaciones que desconocen la historia, la trayectoria y, sobre todo, el espíritu originario y original de este club y de su afición. Crecer es imprescindible y hacerlo en masa social es uno de los pilares básicos del futuro, pero tan importante como lo cuantitativo es, en este caso, lo cualitativo. Hay que crecer bien y eso implica mantener la filosofía de marca Baskonia.

Por encima de todo, hay que valorar en su justa dimensión la década que vivimos a comienzos de siglo. Algo que muchos llegaron a considerar como normal, a base de repetirse, pero que constituyó un auténtico milagro, aunque obraran manos terrenales en su materialización, como el propio Querejeta, Alfredo Salazar o Dusko Ivanovic. Codearse con lo más granado, florido y poderoso del baloncesto continental durante diez años no está a la altura de cualquiera. Y menos de un club de ciudad pequeña, como Vitoria, con un radio de influencia poblacional tampoco excesivamente grande. Nuestra historia nos dice que Baskonia era un club modesto. Con aspiraciones de ser grande, pero siempre modesto por posibilidades y capacidad. Llegó a la cumbre con sacrificio, trabajo y su correspondiente dosis de suerte y allí se mantuvo durante años. Un auténtico lujazo. Pero eso acabó. Ahora es ya historia y volvemos, en cierto modo, a otro momento pasado, el de la lucha por estar entre los mejores, aspirando a ganar a los grandes pero, sobre todo, a no perder nuestra seña de identidad: competir siempre con carácter.

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La afición tiene que recuperar ese espíritu de apoyo incansable al equipo, donde no caben murmullos desaprobatorios durante los partidos, referidos a nuestros jugadores (de los pitos ya ni hablo). Hemos de resituar nuestros objetivos y ser capaces de volver a ilusionarnos con metas más asequibles y al alcance del equipo confeccionado para esta temporada: entrar en la copa y pelear en ella, llegar a semifinales de liga, al Top 16 en la Euroliga….Y digo ilusionarnos, que no conformarnos. Aspirar a lo más no es incompatible con volver a sentir ilusión y valorar otros logros que tiene su enorme mérito para un club como es el Baskonia.

La exigencia para los Causeur, Adams, James, Hanga, Corbacho, Tillie, Bourousis, Planinic, Blazic, Bertans, los Diop y el propio Perasovic, debe ser una: preservar la identidad de la que hablaba antes. La demostración de ese carácter indomable que debe aportar al equipo un plus de competitividad. Las ganas, la pelea, el coraje, la moral irreductible, la comunión con la grada. Estar en competición con hambre siempre, aunque vengan mal dadas. Los jugadores y los aficionados. Carácter Baskonia. Todo eso, y no los títulos, constituye nuestra identidad. Con ella lucharemos por todo, pero sobre todo, con ella, disfrutaremos más con nuestro equipo y con nuestro deporte.

Son, como ves, amable lector, unas líneas muy personales y hasta emotivas. Por ello, tal vez de interés muy relativo. Pero reflejo de esa parte tan importante para mí, como es la pasión. En este caso, la pasión por el deporte de la canasta y por un equipo singular: el Baskonia.

8.10.15