Unas cañas productivas

Antes de ayer estuve de cañas por el barrio y en un bar me topé con un chaval majete que, sin más, se unió a mí. Debimos de caernos bien, porque, sin mayores preámbulos, nos liamos a hablar. Resultó ser, según me dijo, sobrino de Pedro Arriola. Sí, el que está a la verita de Mariano. Y resultó también que, a la cuarta caña, se le fue aflojando la lengua. “¿Que si me interesa lo que está pasando en Cataluña? Claro, mucho”. Y fue ahí cuando empezó a irse de la mojarra.

Me fue contando que Mariano ha tenido y tiene un plan, por supuesto; que bueno es su tío para eso; que no vaya a pensar que improvisa, que lo de Berlanga que dicen es solo cine. Y siguió con que el presi siempre ha tenido claro que, en algún momento, tendría que negociar con los indepes, pero que para eso, es un maestro él; que la regla de oro de toda negociación es sentarse a la mesa en la mejor posición previa; o sea, en posición de fuerza y no de debilidad. Que todo lo que ha hecho, hace y hará, está encaminado a ese fin y que, por eso, no movió ficha en los meses previos al 1-O para dialogar o negociar; que la cosa pintaba chunga para él, porque Puigdemont y su tropa estaban muy fuertes y él no las tenía todas consigo ni en su propia casa, ni con los partidos que, teóricamente, deberían apoyarle. En fin, que eso explica por qué esperó a que se acercara la fecha clave.

Como la quinta birra le continuaba inspirando, me informó de que, poco antes del día D, Mariano inició sus movimientos (aparte de lo del Tribunal Constitucional y la Fiscalía, claro). Que para entenderlo bien, repare en estos tres hitos: a) Primero suelta el presi aquello de “no me obliguen a hacer lo que no quiero hacer”, lo cual todo el mundo interpreta como lo que es, es decir, una amenaza. b) Después sacamos a la poli el día del referéndum para dar unas cuantas hostias a la gente corriente y moliente, que es la que apoya y sustenta el movimiento independentista, claro, para que vean cómo las gastamos y, sobre todo – y aquí está la clave del asunto – cómo podemos llegar a gastarlas si llegara el caso. Que mucha gente pensó que lo que quería el gobierno era impedir que la gente votara, ja. Eso nos importaba un carajo. Lo importante eran la leña, el clima de intimidación y el vértigo. Y c) rematamos poniendo al Rey a gesticular con la mano, en modo porra de autoridad, de manera que todo el mundo entiende a la perfección lo que hay – y lo que va a haber – si alguien no lo remedia. Que, por cierto, lo del Rey serviría también para quitar de la cabeza al socialista este cualquier tentación de embarcarse en aventuras extrañas con esa bazofia de comunistas, trotskistas e independentistas de todo pelaje.

 

 

Trago va, trago viene, el amigo continuó: Que si después de todo eso, la gente no tiene canguelo es para hacérselo mirar. Y que ha salido todo bastante bien, porque seguirán siendo tanto o más indepes y estando incluso más cabreados con nosotros, pero tienen ya inoculado el virus del miedo. Que si las empresas cambian de sede social y se van de Cataluña; que si mucha gente  corre a poner los ahorros en oficinas bancarias de territorios fronterizos, que si…Y el miedo se extiende con facilidad. Y el miedo, amigo mío, te hace débil.

Me preguntó si no había visto el cartel de “sopitas” que llevaba grabado Puigdemont en el trocillo de frente que se le ve, el otro día, en su comparecencia televisiva a modo de réplica de la del Rey; que ahora habla de aceptar mediación y tal y cual; que se le ve en el bolsillo la puntita del pañuelo blanco que empieza a querer sacar. Y a Mariano ya solo le queda apretar un poquito más para que el asunto esté al pil-pil y ya pueda abrir la mano y preparar la mesa donde se sentará como un pánzer frente a un mosquito. Que entonces ya vendrá, si es que ha de venir, eso de la magnanimidad del vencedor y lo de no humillar y tal y cual. Pero que, muy probablemente, en esa mesa se pueda ventilar el asunto con poca cosa, o séase, con lo que los catalanes rechazaron hace unos años: el asunto de los dineros de los impuestos y el blindaje de las competencias en materia de cultura y educación. Pero España unida, oye, como dios manda. Y que los indepes volverán a ese porcentaje del 25%, más o menos, que siempre han sido. Y las aguas a su cauce en cosa de dos o tres años.

Terminó diciéndome que la gente cree que Mariano es tonto y está muy equivocada; que es un estratega de primera, con subida de ceja o sin ella.

La locuacidad de mi compañero de barra me dejó perplejo, sin capacidad de reacción en ese momento “¿De quién has dicho que eras sobrino?” Pero desapareció con la misma velocidad con la que se acercó a mí unas jarras antes.

Ayer volví a la ruta de cañas de nuevo. Un día duro de trabajo bien se merecía refrescar un poco el gaznate con esa maravilla de mahou que tan bien tiran en Madrid. El bar me gusta, así que volví al mismo donde el día anterior había hecho mi nueva amistad. Y, ¡oh, cielos!,  allí estaba de nuevo. Acompañado, en esta ocasión, de otro tipo con el que parecía mantener una apasionada conversación. Me acerqué, pero no pareció reconocerme. Pegue la oreja un momento. Lo justo para oírle decirle a su nuevo acompañante “¿Qué, te gusta el tenis? Pues ya ves, yo soy primo de Rafa Nadal. Te voy a contar el secreto de Rafa para haber regresado al primer nivel del tenis mundial”.

Giré rápido mi cabeza, levanté el vaso que sostenía en mi mano y, de volquete, apuré la media caña que me quedaba. Luego pagué y abandoné el local con cara de perfecto gilipollas.

7.10.17

 

¿Para quién y para qué el referéndum?

En Extremadura nadie reivindica el derecho de autodeterminación ni el llamado derecho a decidir. Lógico, nadie plantea separarse del resto de España y no parece muy razonable pretender una consulta para ratificar que quiere seguir como está. Los referéndum los plantean quienes quieren cambiar su actual estatus. O sea, en Cataluña, los independentistas, que plantean un referéndum para conseguir la independencia. Su objetivo no es votar, como pretenden vender algunos; su objetivo es la independencia de España. Votar, sí, pero como medio o herramienta para conseguir el fin pretendido.

Hay otros, sin embargo, que conciben el derecho a decidir y el referéndum como un objetivo en sí mismo, en tanto en cuanto, creen que habría de permitir resolver (mejor diríamos gestionar, pero eso es otro problema) el conflicto político planteado en Cataluña por el déficit de apoyo social al actual marco jurídico político. Para éstos, el objetivo sí es votar. Porque creen que solo así, se puede avanzar democráticamente en la gestión/solución del problema.

Estos últimos hace tiempo que comprobaron que el camino emprendido por el Govern y los dirigentes sociales del procés no iba a servir para mejorar la situación o resolver el problema. La unilateralidad, la falta de mayorías sociales suficientes, la ausencia de garantías en todo el proceso, la clandestinidad obligada del mismo, que repercute directamente en los mínimos democráticos exigibles, etc. conferían al referéndum del 1 de octubre un marchamo de ineficacia inadmisible. Intuyeron que ese camino no llevaba a nada bueno y no lo apoyaron, a pesar de que, insisto, defiendan el derecho a decidir y la necesidad de un referéndum, pero con otras condiciones y bajo otros parámetros.

Los primeros, sin embargo, los partidarios de la independencia a cualquier precio, siguieron adelante con su iniciativa, probablemente conscientes (al menos, sus dirigentes) de que no la conseguirán en este envite, pero sabedores de que habrán dado una gran paso hacia ella de cara a un futuro mediato.

En éstas, empieza moverse el Gobierno del PP, con don Tancredo Rajoy a la cabeza. Un gobierno y un partido que en siete años no han considerado como tal lo que constituye un grave problema político: el hecho de que un 48% de los catalanes quiera irse de España y constituir un estado independiente. Un gobierno que ha dejado pudrir el problema con su obstinada cerrazón al diálogo y su tendencia a declinar las responsabilidades que le corresponden en la gestión propia del gobierno de todos los españoles. Su movimiento ha sido aferrarse a la Ley y azuzar a jueces, fiscales y policías, para garantizar su cumplimiento. Con brocha bien gorda, estirando las costuras del estado de derecho hasta que crujan sin pudor. Con una parte de la constitución por bandera (su artículo 2, la unidad de España) y menospreciando otra bien importante (el artículo 10 y siguientes, de los derechos y libertades fundamentales). Toma porra o Maza, lo que sea.

Esta actitud del gobierno ha provocado una reacción en amplios sectores sociales de toda España en contra del ataque a las libertades. Ha conseguido unir a una importante mayoría contra esa política retrógrada y, lo que es peor, ha conseguido que se diluyan incluso las responsabilidades que, en la generación de todo este lío tienen los propios dirigentes del procés y el Govern catalán.

Y es aquí donde, a mi juicio, se comete un importante error estratégico. Sumarse a las movilizaciones contra la política de Rajoy y el Gobierno central, asumiendo lemas del tipo “No es independencia, es democracia”, parece razonable, puesto que es imprescindible la movilización contra esa visión cicatera de los derechos y libertades e incluso contra la torpeza política a la hora de encarar el problema que supone la convocatoria del referéndum de este domingo. Pero no podemos dejar de lado que existe el riesgo de que estas movilizaciones supongan, de facto, una legitimación de la iniciativa del 1-O.

Es imprescindible distinguir y diferenciar con nitidez que una cosa es protestar contra la política de Rajoy, y otra, bien distinta, amparar la promovida por Puigdemont y sus socios. Las exageraciones que estamos viendo en la represión del referéndum del domingo no blanquean ni disuelven los errores de bulto existentes en la iniciativa del Gobierno de la Generalitat y los dirigentes independentistas.

El referéndum del 1 de octubre es el referéndum de los independentistas. No será nunca el referéndum de quienes creen (creemos) que el paso por las urnas en una consulta debe contribuir a solucionar o gestionar democráticamente el problema de Cataluña. Y que nadie dude de que toda la movilización de estos días, especialmente la del domingo, será utilizada por los dirigentes del procés en beneficio propio y en defensa de sus intereses.

No aclarar esto antes del 1-O hace muy complicado explicarlo después, cuando alguien crea que es el momento de dar un paso más y llevar a cabo una declaración unilateral de independencia u otra maniobra similar.

Equidistancia lo llaman algunos. Y tienen razón. No es la misma exactamente entre una y otra, pero hay distancia respecto a ambas partes.

30.9.17

 

El fracaso de la política

Hace unas semanas, Aiaraldea, medio de comunicación cuyo ámbito territorial es Laudio y su comarca, me pidió una reflexión sobre el referéndum catalán del 1 de octubre. Como todas las colaboraciones con este medio, la mayor complicación, para mí, consiste en ajustarme a los 1.300 caracteres de que dispongo. Lo de siempre. Expresar una idea en poco espacio. Lo escribí el 11 de septiembre. Probablemente hoy no lo modificaría. Han ocurrido muchas cosas y muy relevantes desde entonces: la torpeza de un gobierno central socavando derechos y libertades fundamentales; el incremento de la crispación social; la ceguera política de unos y otros; la constatación de que no habrá siquiera simulacro de referéndum; el imprevisible impacto en la sociedad catalana de cuanto está sucediendo, en términos de posicionamiento a favor de la independencia, de cara a un futuro más que incierto, con la difícil gestión de la frustración; la imperiosa necesidad de nuevos liderazgos políticos que renueven el viciado aire del asunto Catalunya, etc. Pero todo esto queda, si acaso, para otra ocasión.

Así dice el artículo publicado.

En los últimos años, se ha acentuado (promovido) intensamente el sentimiento anti-español en Catalunya y el anti-catalán en España. Se puede hablar sin ambages de desprecio y odio mutuo en amplios sectores de las dos sociedades.

La grave irresponsabilidad de dirigentes del PP y algunos del PSOE, por un lado, y de buena parte del independentismo catalán por otro, ha contribuido decisivamente a traducir estos sentimientos en políticas concretas. Han vendido que querían y ofrecían diálogo cuando aceptaban y alentaban una confrontación que les convenía. Y así hemos llegado hasta hoy.

“Ustedes ponen tricornios y nosotros ponemos urnas”. Este es el nivel del debate político actual. Penoso, demagógico, carente de didáctica y alentador de la crispación y la tensión social por ambas partes, que irán “in crescendo” lamentablemente.

Catalunya es hoy el fracaso de la política y el fracaso de la democracia. Sufre la libertad. Solo queda desear que la campaña previa de estos días y la frustración que provoque el fiasco del referéndum no traiga consigo otras cosas peores. Habiendo dado los vascos motivos más que suficientes para que nos valoren mal en el resto de España, aún consideran mucho peor a los catalanes. Extraña paradoja. La esperanza está en el 2-O.

Publicado en Aiaraldea, Laudio, 24 de septiembre de 2015.

Divagaciones sobre el nacionalismo y el independentismo. Euskadi y Catalunya.

Vivir en Euskadi implica conocer el nacionalismo. En sus dos versiones, aunque una tenga mucha mayor presencia social, política y cultural que la otra: La que defiende la vigencia del Estado sobre la base de una única nación, la española y la que aspira a modificar el estado actual de cosas, entendiendo que el pueblo vasco tiene derecho a tener su propio Estado. Lejana ya la época del romanticismo que los vio crecer y los impulsó, como el exponente máximo de su manera de ver la colectividad, la exaltación de la nación como valor central de la cosmovisión política subsiste entre nosotros sin aparentes síntomas de debilidad o decadencia.

Ninguno de ellos – ni el vasco, ni el español – ha conseguido atraparme entre sus redes, pese a los influyentes contextos en los que me ha tocado vivir. La cuestión de las identidades y el sentimiento de pertenencia, sin embargo, me apasiona y he sentido siempre una irrefrenable curiosidad por conocer y, sobre todo, entender, los entresijos de una forma de pensar cuya traducción política es asumida por muchas de las personas con las que trato habitualmente. Singularmente he buscado y busco con ahínco la razón por la cual se vincula la defensa de los elementos que definen una identidad colectiva, con la creación de una estructura política propia de estado. Hace tiempo que desmonté la respuesta de que ésta fuera la única vía para garantizar aquélla. El sistema de autogobierno del que nos dotamos y llevamos disfrutando los vascos desde hace 35 años refuta por completo esta tesis y no merece que me extienda más en ello. No es la independencia a través de la creación de un estado propio el único camino, ni el camino necesario para defender la identidad nacional. Entiendo pues, el nacionalismo o el patriotismo cultural, pero no la inevitabilidad de su traducción política en términos de aspiración estatal. Por eso, siempre acudo a las dos grandes preguntas: ¿Porqué la independencia? ¿Para qué la independencia?.

De las respuestas que voy obteniendo, entiendo a quienes, sosteniendo que el vasco es un pueblo – sea este el concepto técnico jurídico que sea -, tiene, en cuanto tal, derecho a constituir un estado. Aunque tal afirmación es más que discutible desde el punto de vista jurídico, lo entiendo. Las razones que mueven esta manera de ser nacionalista no son tanto racionales o pragmáticas, cuanto emocionales. Uno quiere que Euskadi sea independiente de España porque no se siente español, porque está convencido de formar parte de un pueblo distinto, de una nación distinta, equiparable conceptualmente  a la española y, por tanto, más allá de que sea bueno o malo, desde una perspectiva de progreso, de bienestar o de otro tipo de parámetros racionales y susceptibles de medición o evaluación, quiere que su DNI no refleje la española como nacionalidad, sino la vasca. También querrá que su selección de fútbol sea la vasca y no la roja. Es el independentismo nacionalista. La aspiración a la independencia a partir de la defensa del concepto de nación, derivada de la existencia de un pueblo con derecho a ello. No hay en juego necesariamente ventajas tangibles o materiales; es solo cuestión de sentimiento. Contra este planteamiento poco o nada se puede argumentar. No se puede discutir el sentimiento de pertenencia o de identidad de nadie y solo se le podrá pedir que no se atribuya el monopolio de dicha identidad y que no imponga un modo canónico de ser vasco o de español, aceptando esta pluralidad elemental en cualquier sociedad moderna. Tomaré una cerveza con quien así piense y seguiremos hablando tal vez, de otra cosa.

Por otra parte, hay un aserto que se repite con frecuencia en el ámbito político y que ha llegado a convertirse en dogma: El autogobierno es sinónimo de bienestar, conformando ambos términos un binomio inseparable, que yo no cuestionaré. Pero es que hay un paso más. En tanto la independencia puede considerarse el grado superior extremo del autogobierno, muchos son los que aplican una sencilla regla de tres y concluyen que la independencia conllevaría aún más bienestar y progreso.  Y es al abrigo de este axioma – que también se ha convertido en mantra – donde crece el número de adeptos a la independencia. Pero, curiosamente…no en Euskadi, sino en Catalunya.

untitled

Frecuentar Catalunya como lo estoy haciendo últimamente, me está permitiendo conocer una realidad igualmente apasionante en lo tocante a la voluntad de independencia de una parte muy importante de su ciudadanía. Y mi descubrimiento más notable ha sido el del independentismo no nacionalista, al que hacía referencia hace un momento. Personas que, sin hacer casus belli de la existencia de la nación catalana, incluso sin siquiera preocuparles tal cuestión en exceso, abrazan la causa de la independencia por motivos estrictamente racionales, lejos de las proclamas predominantemente emocionales de los nacionalistas. Este subgénero es inexistente en Euskadi, donde la identificación entre independentistas y nacionalistas es prácticamente absoluta.

Ocurre que el planteamiento de este sector de defensores de la independencia sí permite el debate y la discusión en términos racionales, ya que se ponen en juego los supuestos beneficios que la realización de su proyecto conllevaría para la ciudadanía catalana. No se trata de que estas personas no defiendan la idea de una nación propia cuyas señas de identidad podrían estar en peligro, sino que ésta no es la cuestión prioritaria para ellos. Su seña de identidad es la expresión “La independencia como vía para conseguir una Catalunya mejor”, con el inevitable añadido de “un futuro mejor para nuestro hijos”. Es su respuesta al porqué y al para qué de la independencia. Y es aquí, al escuchar esto, cuando aparece mi expresión ojoplática y se excita aún más mi curiosidad. Mi amigo catalán, con el que comparto la cerveza, me mira un poso asustado.

images

Porque la expresión una Catalunya mejor – o una Euskadi mejor, me da igual – me parece tan vaga que no alcanzo a llenarla de contenido y me siento acuciado a preguntar a mi amable interlocutor qué es o qué significa para él una Catalunya mejor. Doy por supuesto que si habla de Catalunya es porque espera que las supuestas mejoras alcancen al conjunto de la población del territorio, es decir, que sean globales. Pero el término “mejor” precisa relleno. ¿Más justicia en la redistribución de los recursos públicos?, ¿Mejor sanidad pública?, ¿Mejor enseñanza pública?, ¿Mejores condiciones para el desarrollo y realización de la cultura y la lengua específicamente catalanas?, ¿Mejores carreteras y trenes ? ¿Más justicia social? ¿Más o menos solidaridad con los inmigrantes y refugiados? ¿Menos corrupción?

Es obvio que yo, ante tanta pregunta cuyas respuestas se escapan por completo de mi conocimiento, callo. Solo me atrevo a formularlas,. pero creo, además, que debo hacerlo. Y, por respeto, no me atrevo a cuestionar la ciencia de mis contertulios si él hace aflorar argumentos y datos concretos al respecto. ¿Quién soy yo para insinuar siquiera nada acerca de las eventuales repercusiones económicas que la independencia tendría para la ciudadanía catalana?

Por eso, cuando mi amable acompañante se da cuenta de que enfrente no tiene a alguien que quiera rebatirle por llevarle la contraria sin más, o que quiera menospreciarle o ridiculizarle desde la defensa de otro concepto nacionalista, o cuestionar su derecho a expresarse y a ser lo que quiera, sino simplemente entenderle hasta el final, hasta el fondo de su planteamiento, de su idea, de su impulso vital más íntimo, el porqué y para qué profundos que le hacen abrazar una idea como la independencia, tan traumática para una sociedad plural y heterogénea como es la catalana, y además lo hace desde el respeto más exquisito, entonces, en la mente de mi amigo comienza a anidar la duda. Duda, que no aparece cuando se siente agredido por tanta actitud visceral de oídos sordos y mentes cerradas, pero que germina ahora y crece con la escucha respetuosa e incluso comprensiva. No cambia de opinión. Sigue creyendo en la independencia como el mejor camino para el futuro de su tierra y sus gentes, pero abre los ojos al contexto y repiensa tiempos y modos de actuar. Valora la importancia de evitar enfrentamientos estériles (o incluso negativos, porque tal vez sean perjudiciales para su proyecto) y de analizar bien y explicar mejor las ventajas y los inconvenientes que la independencia supondría para él y el resto de los catalanes.

Pensará que lo “mejor”, referido al futuro de Catalunya, es un concepto muy relativo porque la independencia solo cambiará el marco en el que se toman algunas (no demasiadas) decisiones, pero el contenido de éstas seguirá dependiendo de la correlación de fuerzas políticas existentes en el territorio. Y será como antes: si ganan los míos, estupendo, pero si ganan los otros ¿qué habremos mejorado? Y tal vez concluya que, realmente, la independencia no es en sí misma y de manera ineluctable el camino para un mejor futuro para sus hijos, sino solo una posibilidad más, no muy diferente, en el fondo, a un cambio de color político en los centros de poder donde se toman las grandes decisiones que realmente afectan a la vida de los ciudadanos catalanes.

Si acaso alcanzare esta última conclusión, tal vez mi amigo llegue incluso a pensar que su entusiasmo con la independencia tiene que ver más con una reacción lógica y natural ante tanta torpeza política, tanta agresión injustificada, tanto nacionalismo español visceral beligerante, tanta falta de respeto, en suma, a esa hermosa tierra, sus gentes y su cultura.

Pero todo eso será tal vez; o tal vez no.

Pese a todo, en ambos casos, mi amigo y yo habremos vuelto a realizar un fantástico ejercicio de aproximación y comprensión, desde el respeto y la discrepancia. Y empujaremos ambos, brindando de nuevo, el último trago de cerveza. Yo habré dado un paso más en el buen entendimiento de una manera de pensar que tan importante resulta a mi alrededor, aunque no la comparta.

15.9.15